Noticias del fin del mundo


Lo que aquella mujer agorera venía a contarle a mi madre era que el mundo se iba a acabar muy pronto, por una causa que yo no llegaba a entender, pero que me hacía pensar en los Apocalipsis de la religión y del cine. Se desbordaría el mar, ardería el mundo entero en una gran bola de fuego, a causa tal vez de una estrella errante que iba a chocar contra la Tierra.

Cuando los augurios arcaicos del milenarismo religioso quedaron temporalmente desacreditados ocuparon su lugar los vaticinios de la ciencia ficción. En vez de las trompetas del Apocalipsis el fin del mundo lo anunciaría la cuenta atrás del lanzamiento de las bombas atómicas, pero ese maquillaje tecnológico ocultaba en el fondo la misma clase de miedo primitivo, igual que las invasiones de extraterrestres repetían la vieja pesadilla del extranjero amenazante que aguarda al otro lado de las fronteras. Los terrores humanos son muy antiguos y poco variables, porque están inscritos en la memoria genética de la especie: lo único que cambia son los accesorios, los detalles circunstanciales de un mismo relato.

Nunca estuvo más de moda la ciencia ficción que en los años difíciles de la Guerra Fría; acabada ésta, hubo un tiempo confuso en el que las imaginaciones apocalípticas se inclinaron por desastres de origen cósmico, e incluso en una temporada se estrenaron casi simultáneamente dos películas en las que el fin del mundo era anunciado por la colisión de un asteroide gigante contra la Tierra. Pasó muy poco tiempo antes de que la realidad se encargara de superar las ficciones más desaforadas. Lo que habían fingido con tanto éxito los especialistas en efectos especiales lo ofrecieron con pavorosa verosimilitud los noticiarios de la televisión el 11 de septiembre de hace seis años. Nos costaba tanto creer en la realidad de lo que sucedía en Nueva York esa mañana no sólo porque fuese increíble, sino porque se parecía demasiado a lo que nuestros ojos estaban hastiados de ver en el cine.

Al Sur le espera un futuro amargo. El Norte gozará de prosperidad agrícola

Entonces empezamos a intuir que no hay peores apocalipsis que los de la realidad ni profecías más temibles que las del sentido común. Los profetas lunáticos que a veces pasan por las calles de Nueva York esgrimiendo una Biblia y llamando al arrepentimiento porque se acerca el Juicio Final son ya tan inocuos como los expertos en descifrar los acertijos polvorientos de Nostradamus. Lo que da miedo de verdad, lo que le encoge a uno el corazón, es abrir el periódico y leer las conclusiones del equipo de científicos que han redactado el informe de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Plagas más temibles que las que azotaron Egipto en un pasado fabuloso nos pueden sobrevenir en el futuro próximo, y el mar Rojo que se tragó a los ejércitos del Faraón fue menos cruel de lo que serán muy pronto las crecidas oceánicas sobre las regiones costeras. Las sequías extremas, la ruina de la agricultura, las muchedumbres desesperadas huyendo del desastre, el azote de la sed y del hambre, nos aguardan en el plazo de unos pocos decenios, y, como es costumbre, se cebarán en los más pobres de los países más pobres: pero también dice la Biblia que a quien tiene le será añadido y a quien no tiene le será negado.

Cumpliendo ese principio cruel, los países ricos del norte gozarán de temperaturas más benévolas y de mayor prosperidad agrícola: a nuestra Europa del sur los estudios científicos le aseguran un porvenir amargo. Mientras tanto, nuestros gobernantes dedican toda su atención a crear fronteras, a favorecer la especulación inmobiliaria, el despilfarro del agua, el egoísmo insensato del privilegiado que por no privarse del capricho más idiota -campos de golf en el secano, coches enormes como blindados para ir al kiosco o llevar los niños al colegio- están arruinándole el mundo a las generaciones futuras. Lo más triste no es pensar en las cosas que ya no tienen remedio; es saber que la insensatez humana no va a dejarnos hacer las que todavía están en nuestra mano para aliviar el desastre.



 Por Antonio Muñoz Molina
Escritor, director del Instituto Cervantes de Nueva York  


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