Los héroes discretos

Los héroes discretosHace poco, paseando por Londres, una mañana invernal de niebla y llovizna, encontré en la fachada de una casa una de esas placas circulares y azules, tan civilizadas, tan discretas, en las que se celebra un hecho memorable o el nombre de alguien célebre que tuvo allí su vivienda. Pero lo que se recordaba en ella no era la vida de un escritor, o de un político, sino una fecha probablemente ignorada por casi todo el mundo y que sin embargo tiene una relevancia crucial en lo mas privado y verdadero de las vidas humanas: esa placa azul celebraba que en aquella misma casa, un día de diciembre de 1846, se había aplicado por primera vez en Inglaterra una anestesia, quizás usando el gas hilarante con el que desde un poco tiempo atrás se experimentaba en Estados Unidos. Era una placa austera, y estaba en una de esas calles londinenses de casas idénticas que se extienden hacia el horizonte bajo y nublado de la ciudad con una sugestión de monotonía y de sosiego, y a mi me emocionó tanto como si hubiera descubierto la huella de los pasos de alguno de los escritores que más me gustan, o como cuando veo en la Abadía de Westminster una losa del todo normal en la que está escrito el nombre de Charles Dickens. Alguien, en esa casa igual a casi cualquier otra, en un día que no viene en los libros de Historia, logró por primera vez salvarse del dolor horrendo, que nosotros no podemos imaginar, de sufrir una amputación o simplemente la extracción de una muela. Como sería el miedo de ver acercarse al cirujano con un cuchillo o una sierra, qué gritos se escucharían cuando la hoja de acero sajara la carne y cuando llegara al hueso, cuando las tenazas del barbero se cerraran sobre una muela dañada.

En plazas de ciudades innumerables se alzan sobre pedestales, sobre corceles de bronce, estatuas grandilocuentes de carniceros cuyo único mérito en este mundo fue conducir a la muerte a un cierto numero de sus semejantes. Los himnos, las efemérides, las leyendas patrióticas, celebran batallas que provocaron calamidades de hambre y enfermedad, actos insensatos o ficticios sobre los que se erigen formas de orgullo generalmente vigorizadas por el odio. Pero en el calendario de fiestas inglesas no creo que esté incluida esa fecha que yo vi en una placa azul, del mismo modo que en la Historia de España que yo estudié en la escuela, tan llena de descubrimientos y batallas, no figuraba una hazaña de la que muchos sólo estamos teniendo noticias estos últimos meses, a raíz de la celebración de su segundo centenario: la expedición capitaneada desde 1803 por los doctores Balmis y Salvany, que se hicieron al mar, no para conquistar reinos ni descubrir tesoros, ni para combatir a flotas enemigas, sino con el propósito de difundir por las colonias ultramarinas de España la vacuna de la viruela, inventada tan solo unos pocos años antes por Edward Jenner.

A Jenner, por cierto, está dedicada una calle noble y tranquila de Madrid, pero no creo que mucha gente asocie ese nombre raro con su propio estado de salud, o con la tranquilidad de saber que sus hijos no van a contraer una enfermedad atroz, que durante mucho tiempo fue uno de los azotes mas letales de la humanidad. Jenner era un hombre sabio, de origen modesto, que no aprendió Medicina en la universidad, cerrada entonces para las personas de su clase, sino trabajando desde niño como aprendiz de barbero y cirujano. Era más partidario de los experimentos que de las teorías, y tenía una gran afición por observar a los pájaros: sus costumbres, el modo diverso en que construían sus nidos o alimentaban a sus crías, los ritmos de sus migraciones.

Con su carácter apacible y sus aficiones de naturalista Jenner no tenía muchas posibilidades de brillar bajo las luces más espectaculares de la historia, en la que resaltan más los gestores de grandes matanzas que los héroes discretos gracias a los cuales se salvan vidas anónimas y se alivian las mordeduras del dolor. Los doctores Balmis y Salvany, que recorrieron océanos y selvas difundiendo el prodigioso don de la inmunidad contra la viruela, padecen además el infortunio añadido de ser españoles, y no británicos, de haber nacido en un país donde el saber científico ha contado mucho menos que las altas fiebres del fanatismo religioso y político, y donde además, la historia ha desaparecido de las escuelas, sustituida por diversas variantes de leyendas vernáculas: leyendas, por cierto, tan pobladas de batallas, patriotismos ineptos y héroes brutales como las que me enseñaban a mi en las aulas franquistas. Mejor nos iría si olvidáramos ciertos nombres y nos acordáramos mas de Francisco Javier de Balmis y de José Salvany y Lleopart, si les contáramos a nuestros hijos las aventuras de la nave María Pita y de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar