Las gafas del profesor Ehrsson


Literatura no es contar la valiosa experiencia que sólo uno ha vivido, mostrar a corazón abierto lo que sólo uno ha sabido sentir, como cree la imaginación adolescente, que perdura cada vez más en tantos adultos: literatura es contar lo que siente el lector y ponerse en el lugar de cualquiera, para que así cualquiera pueda ponerse en nuestro lugar y se conmueva con lo que hemos escrito. El adolescente ególatra -no es cuestión de edad: los hay que se mueren siéndolo- cree que nadie lo puede comprender porque nadie comparte la agudeza de su percepción ni la profundidad de su sufrimiento. Y una industria cultural desorientada y demagógica se esfuerza en ofrecerle aquello que lo halague y que por lo tanto lo anime a gastar en productos de diverso tipo especialmente pensados para él, o para ella, que es tan especial.

Los comerciantes y los políticos han descubierto que los seres humanos son más manejables y se les engaña mejor si se les alimenta el narcisismo convenciéndolos de que pertenecen a un grupo distinto de todos los demás: religioso, étnico, nacional, de edad, lingüístico, de vestuario, de acento, de lo que sea. A los del grupo de al lado, si no tienen nada que ver con nosotros, se les desprecia mejor y en caso necesario se les expulsa, o se les ejecuta, si no hay más remedio. Somos primates sociales, parientes muy cercanos de los chimpancés, y como ellos tendemos a la defensa celosa y hasta violenta del territorio que nos parece nuestro y al rechazo del desconocido en el que vemos un intruso. Pero, a diferencia de nuestros primos, somos una especie viajera, y quizás ese sea el secreto de nuestro éxito, tan desmedido que ahora amenaza con romper irreparablemente el equilibrio natural que nos permitió prosperar. Somos territoriales, pero también somos apátridas. Lo somos unos más que otros, y somos las dos cosas cada uno en mayor o menor grado, tal vez por una lotería genética destinada a asegurar que, si un hábitat se agota o se vuelve demasiado hostil, algunos, los más aventureros, se hayan marchado a tiempo de aprender a sobrevivir en otro.

También somos capaces, aunque en España cada vez lo parezca menos, de romper las fronteras de parentesco de la tribu y descubrir nuestra semejanza con quien no es idéntico, empezando con el otro que tenemos más cerca, y al que nos puede volver remoto nuestra egolatría, reforzada físicamente por la pantalla del ordenador o del iPod o del teléfono móvil que nos permite vivir en contacto sólo con lo que nosotros hemos elegido, por los auriculares que en medio de la gente cierran herméticamente la cápsula de nuestro capricho. Claro que cada uno es distinto y es único: cada mezcla de material genético en un embrión es irrepetible, y se relacionará de manera diversa con el medio en el que le toque vivir. Y claro también que necesitamos grupos y territorios, y que nacemos en el interior de una cultura y no de otra y aprendemos en la primera infancia una lengua o dos como máximo que serán nuestras para siempre. Pero los grupos, por fortuna, son fluidos y cambiantes, y podemos pertenecer a varios a la vez, en grados diversos, y aunque el lugar en el que fuimos niños tendrá siempre una resonancia especial en nosotros podemos adaptarnos a vivir felizmente en otros, y amar una lengua que nunca dominaremos del todo porque empezamos a aprenderla siendo ya adultos. Y nuestra diferencia personal, irreductible, genética, no tiene por qué ser un obstáculo para identificarnos plenamente con otros, conocidos y desconocidos. Eso hace la literatura: nos saca de la cavidad del yo haciéndonos sentir lo que no hemos vivido; vuelve común la experiencia que parecía incomunicable; nos enseña humildad al descubrirnos que lo que creíamos poseer en exclusiva ha sido y es patrimonio de muchas otras personas; nos da consuelo porque nos muestra que nuestro dolor lo han padecido otros que por lo tanto pueden comprendernos. Si el desconocido se nos parece tanto quizás nos sea más difícil tenerle miedo o hacerle daño.

Lo que ha practicado desde hace milenios la literatura -la oral primero y luego la escrita- lo confirma ahora la neurociencia gracias a un experimento que acaba de presentar el doctor Henrik Ehrsson, del Karolinska Institut de Estocolmo: un terapeuta y su paciente se sientan el uno frente al otro, los dos con unas gafas especiales, parecidas a las de buceo, conectadas a una cámara. Mediante otra conexión, el paciente ve en sus gafas lo que está viendo en realidad el doctor. Cuando el médico toca su mano, el espejismo del paciente es completo: llega a creer que está en el cuerpo del otro, a sentir que él es el que toca, no el tocado. Gracias a la literatura hemos aprendido a ver el mundo desde los ojos de Ulises o los de Madame Bovary o los de Tom Sawyer o Anna Karenina, y esa experiencia nos ha civilizado al hacernos descubrir que hay otras miradas posibles. ¿Aprenderá algo un violador si gracias a las gafas del doctor Ehrsson se ve a sí mismo en el cuerpo de la mujer a la que ha causado tanto sufrimiento? Tengo mis dudas de que los pistoleros vascos y quienes los celebran pudieran aprender algo si se las pusieran.

Antonio Muñoz Molina

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