La serpiente y el miedo



La serpiente y el miedoUn estudio reciente muestra que no todos los primates temen tanto a las serpientes como los chimpancés o como nosotros, los humanos. Ese pánico ancestral ha sido clave para desarrollar nuestra agudeza visual.

Y pondré eterna discordia entre tu linaje y el suyo?, le dice el Dios terrible del Génesis a la serpiente tentadora por cuya mediación fueron Adán y Eva expulsados del Paraíso. La serpiente es uno de los animales simbólicos más decisivos en nuestra tradición religiosa y más profundamente aún, en nuestro inconsciente colectivo, pero ahora resulta que puede serlo también en nuestra evolución como especie. ¿Por qué tantos de nosotros sentimos un rechazo tan instintivo hacia las serpientes, un miedo tan irracional y poderoso? En un estudio reciente, la antropóloga Lynn Isbell relata el experimento casual que un par de biólogos británicos observaron a principios del siglo XX: en una sala de un zoológico en la que había jaulas con las tres variedades de monos que existen en el mundo -los de África y Asia, los monos de América y los lemures de la isla de Madagascar- fue depositado temporalmente un terrario con serpientes venenosas. Lo que ocurrió entonces fue tan llamativo que los biólogos lo consignaron en un informe: los lemures de Madagascar mostraron una perfecta indiferencia hacia las serpientes; los monos de América del Sur las observaron con curiosidad, pero sin mucho nerviosismo; pero los monos africanos y asiáticos parecieron enloquecer de pánico: chillaban, se encogían buscando refugio en los rincones de las jaulas, se golpeaban las cabezas contra los barrotes.

En Madagascar, observa Lynn Isbell, no hay serpientes venenosas. Pero es que además, de todos los primates, los lemures de Madagascar son los que tienen el sistema visual menos desarrollado. Los primates con una capacidad de visión más aguda -nosotros, entre ellos- son también, somos, los que han vivido más cerca de las serpientes venenosas. ¿Y si nuestros ojos hubieran evolucionado tanto precisamente para distinguirlas? Nada nos despierta tanto la atención como el miedo al peligro; pero resulta que entre los primates los mecanismos cerebrales de reacción ante el peligro están más estrechamente vinculados al sentido de la vista que entre ningún otro grupo no ya de mamíferos, sino incluso de vertebrados. Tenemos un oído mediocre y un olfato rudimentario, pero nuestras pupilas y nuestro cerebro nos permiten ver el mundo con un lujo inaccesible para la mayor parte del reino animal: los colores más vibrantes, los detalles más perfilados y sutiles, los grados más diversos de profundidad.

Durante mucho tiempo se argumentó que esa agudeza era necesaria para nuestros antepasados y nuestros primos que debían moverse entre las densas copas de los árboles: pero así se mueven también las ardillas y su visión es mucho más pobre que la nuestra. Necesitábamos unos ojos capaces de guiar las manos en la tarea de recolectar frutos y de agarrar ramas; pero resulta, según estudios recientes, que la parte del cerebro de los primates relacionada con el sistema visual que más se ha expandido a lo largo de la evolución no es la especializada en recoger y agarrar, sino la que sirve para distinguir más agudamente entre las cosas cercanas y el fondo y para encontrar objetos o presencias camufladas.

Dejo un momento de escribir y miro a mi alrededor, me asomo a la ventana por la que entra una luz matinal teñida suavemente por los verdes de la vegetación. En la rama curva y delgada de un magnolio se mece una tórtola. El peso de un gorrión apenas dobla un tallo joven de bambú que oscila movido por una brisa tenue. Contra el fondo de las hojas anchas de una higuera, y a unos diez metros de distancia, distingo perfectamente la forma móvil y menuda de otro gorrión. La belleza cotidiana del mundo "entra por los ojos", según el dicho común. Pero el mundo no es como los ojos me lo muestran: el que ve mi perro es visualmente mucho más borroso, pero su riqueza de sonidos y olores a mí me resulta inaccesible. Pero si sobre la tierra umbría, oscura por el riego, cubierta de hierba y de hojas caídas, se moviera una serpiente venenosa, mis ojos la verían instantáneamente, con una agudeza excitada por una señal de alarma mucho más antigua que la memoria de mi especie, provocando en mí una reac ción de miedo idéntica a la de un chimpancé: un miedo tan poderoso que durante decenas de millones de años fue modelando el cerebro, los globos oculares, las conexiones nerviosas de generaciones de primates, habitantes de bosques y sabanas en los que la serpiente insinuaba su presencia igual que en el paraíso terrenal del Génesis.

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