La máquina del fin del mundo

Debajo de la superficie de la actualidad reconocemos muchas veces las raíces ocultas y poderosas de los mitos. El mito es un relato en el que está cifrado algún rasgo universal de la experiencia humana: por eso perdura a través de las edades y se mantiene casi idéntico sin que importe la época o el idioma o el contexto cultural en el que vuelve a contarse. Durante unos días del pasado septiembre la atención voluble de los periódicos se volcó en la inauguración, en las afueras de Ginebra, del LHC, el más potente acelerador de partículas que se ha construido nunca, pero las tentativas de explicar los pormenores más impenetrables de la Física dejan paso en seguida a sospechas y hasta vaticinios de desastres que devuelven la imaginación al territorio mucho más familiar de los mitos. En los periódicos, y sobre todo en los avisperos demenciales de internet, se especula sobre la posibilidad de que los choques formidables de haces de protones lanzados a velocidades próximas a la de la luz provoquen la aparición de un agujero negro que succionará la Tierra en unos pocos segundos y tal vez el universo entero.

Con sus hipótesis sobre la Materia Oscura y las dimensiones múltiples del espacio-tiempo el lenguaje de la Física se aproxima muchas veces al de la poesía. Al difundir el miedo sobre las consecuencias del experimento puesto en marcha bajo ese túnel de 27 kilómetros excavado bajo la frontera entre Francia y Suiza, los agoreros no saben que están reviviendo el cuento de la caja de Pandora, que debió de ser inventado en Grecia hará unos tres mil años, y al que dio forma literaria por primera vez, que sepamos, el poeta Hesíodo. "Abrir la caja de Pandora" es un cliché verbal que asociamos distraídamente a los peligros provocados por una acción poco reflexiva. Pero comprenderemos mejor el significado del mito si nos fijamos en sus detalles y recordamos su conexión con otra de las narraciones fundamentales de la imaginación humana, la de Prometeo y el fuego.

Que Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo por primera vez a los hombres es una parábola bien conocida del progreso. El control a voluntad del fuego es en sí mismo un avance tecnológico y también un símbolo y un resumen de todas las invenciones que han ido liberando a los seres humanos de la tiranía de la naturaleza. Pero desde muy pronto hubo personas de inteligencia aguda que comprendieron que todo avance, por benéfico que sea, puede traer consigo consecuencias indeseadas, incluso catastróficas, y que cuanto mayor es la capacidad tecnológica mayores son también las posibilidades de desastre. Gracias a la metalurgia del bronce y del hierro -que sólo el control del fuego hace posible- se pudieron hacer herramientas agrícolas más eficaces, pero también espadas que dilataron las posibilidades del crimen y el terror. La crueldad humana alcanzó una escala inaudita hasta entonces cuando en las llanuras habitadas por campesinos y pastores irrumpieron como venidos de ninguna parte ejércitos de carros veloces tirados por caballos. La agricultura, las ciudades, nos parecen signos de progreso en una historia lineal que llegaría inevitablemente a nosotros: pero ahora se sabe que los cazadores y recolectores tenían vidas más saludables y más largas que los primeros campesinos, y que las ciudades, hasta bien avanzado el siglo XIX, eran sobre todo pozos de miseria y de enfermedad para los pobres.

De modo que los griegos celebraron a Prometeo, pero sólo hasta cierto punto. Entre las imágenes más crueles que nos ha legado aquella civilización supuestamente racionalista y equilibrada está la del castigo que le impuso Zeus al ladrón del fuego: atado a una roca, un águila o un buitre le devora las entrañas durante toda la eternidad. Casi nadie repara en que los dioses se tomaron otra venganza por el sacrilegio: para compensar los beneficios que el fuego iba a traer a los hombres, mandaron a la tierra a la primera mujer, Pandora, tan deseable como las malas más letales de las películas, y le hicieron traer no una caja, según las versiones posteriores del mito, sino una jarra sellada, como aquellas en las que se transportaban el aceite y el vino. Y de esa jarra, destapada por la curiosidad insensata de un hombre enamorado, surgieron todas las desgracias, la guerra, la enfermedad, el crimen, la envidia, la locura.

Los cuentos populares de héroes audaces son tan frecuentes como los de seres imprudentes que se dejan llevar por la curiosidad, desobedecen prohibiciones y desencadenan la ruina. El castigo por probar la fruta del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal es la expulsión del Paraíso. No se puede decir que sean advertencias insensatas. La fisión del átomo probablemente fue el salto tecnológico más decisivo después de la invención del fuego: a causa de ella, y desde hace sólo medio siglo, los seres humanos poseen la potestad literal y aterradora de cumplir las profecías más apocalípticas. Dicen que el físico Oppenheimer, cuando la primera bomba atómica estaba a punto de probarse, tuvo miedo de que la reacción en cadena se prolongara hasta destruir el mundo. Pero en el LHC, que es un proyecto civilizado y europeo, la Ciencia está separada de la guerra, de modo que por esta vez, muy probablemente, la curiosidad humana será recompensada por los frutos luminosos del conocimiento.


Antonio Muñoz Molina

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