La Isla de los Cuentos


Un eco de algo íntimo y remoto se despierta en nosotros cuando leemos la noticia de que unos seres humanos de menos de un metro de altura vivieron hasta no hace demasiado tiempo -en 18.000 años se ha fechado la antigüedad de uno de sus esqueletos- en esa isla de Indonesia cuyo nombre también tiene una resonancia de aventura, la isla de Flores. Seres diminutos y furtivos que habitan en un bosque, tan raros de ver que parecen criaturas de leyenda: hombres idénticos a nosotros, pero no mayores en su edad adulta que un niño de tres años, capaces de tejer cestos, de afilar puntas de flechas, doblemente perdidos en una isla de los mares del trópico y en el interior de las selvas, en un tiempo que en los términos de la evolución es casi el de nuestro mismo presente, y que pudo haberse prolongado mucho más de lo que atestiguan los restos por ahora conocidos. El mundo en el que habitaron no es menos mitológico: esa isla en la que las proporciones de los seres vivos están trastocadas, y en la que había elefantes enanos, ratas de un metro de longitud y lagartos gigantes como caimanes. Leyendo la noticia asombrosa uno recuerda tantas islas de los libros que leyó en su adolescencia, tantos territorios inaccesibles a los que llegan exploradores o náufragos, mundos perdidos como el que situó Conan Doyle en una meseta de las selvas amazónicas o Henry Ridder Haggard en algún lugar del centro de África, o como aquella isla en medio de un océano de niebla en la que habitaba y era venerado el Rey Kong, el gorila gigante que lucha con tiranosaurios y megaterios y acaba muerto de amor por una starlet rubia.

Hasta ahora, los descubrimientos de la paleoantropología nos han dejado vislumbrar a simios casi o ya del todo humanos pero siempre muy alejados de nosotros: herméticos en su lejanía, en sus rudas osamentas y utensilios de piedra, aterrados por una oscuridad en la que rondaban depredadores mucho más peligrosos que ellos, tiritando en cuevas, partiendo los huesos de la carroña de la que se alimentaban para aprovechar el tesoro proteínico de las médulas. Sabemos que venimos de esos linajes sombríos, pero no los sentimos próximos a nosotros, y sus huesos, sus fragmentos de cráneo, cuando los vemos en un museo, no nos despiertan mucha más familiaridad que el esqueleto fósil de un pájaro extinguido.

Pero los hombrecillos de Flores están más cerca: a la distancia, tal vez, del tiempo en el que se inventaron los cuentos primitivos que seguimos contando a nuestros hijos, de las historias de enanos que nos deberían parecer más débiles pero que nos dan miedo, en parte porque nunca llegamos a verlos, en parte por los saberes recónditos que se les atribuyen, por los rasgos de una crueldad a medio camino entre lo animal y lo humano que se vislumbra en unas pupilas que brillan en la oscuridad. En Indonesia circulaban leyendas de hombres diminutos que robaban a los niños de los poblados para comérselos, y que se parecen mucho a las historias de enanos y elfos de las mitologías europeas. Los nibelungos maléficos parece que hubieran habitado en las selvas de Indonesia más que en los bosques de las orillas del Rhin, y los héroes que combaten a dragones y monstruos sin duda guardan un parentesco cercano con los cazadores diminutos de la isla de Flores: un hombre de noventa centímetros se enfrenta a cuerpo limpio, con una lanza de punta muy afilada, a una rata que mide más de un metro de longitud, a un lagarto más temible y pesado que el dragón Fafner al que le atravesó el corazón con su espada el joven Sigfrido.

Las aventuras de la ciencia son más novelescas que las de la literatura, más fantásticas que los barrocos efectos especiales del cine. En las islas Galápagos el joven Charles Darwin tuvo los primeros indicios de la teoría de la evolución admirando tortugas gigantes y bandadas de pinzones con picos peculiarmente distintos entre sí. La isla de Flores se ha convertido de pronto en la isla del tesoro y la isla misteriosa para los paleontólogos, y los seres fantásticos que la habitaron hace miles de años pertenecen a la vez al reino de la investigación científica y al de los sueños y los cuentos de miedo. Quizá, entre la espesura, sigiloso y furtivo, algún hombre diminuto, superviviente de una especie casi extinguida, ha estado espiando las excavaciones de los investigadores.

Antonio Muñoz Molina

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar