La fuerza del destino

Pocas actitudes nos parecen más propias de la condición moderna que el rechazo de la predestinación. La propia modernidad es un gran acto de rebeldía contra el destino obligatorio, contra la sumisión a los designios o los caprichos de los dioses, contra el fatalismo que llevaba a nuestros mayores a decir suspirando cuando ocurría una desgracia: "Se ve que estaba escrito". Nos negamos a aceptar que nada en nuestra vida esté escrito de antemano, inaccesible a la soberanía de nuestra voluntad. En el fondo, las tragedias griegas nos dejaban un sentimiento ilimitado de extrañeza: ¿por qué Edipo está destinado a matar a su padre y a cometer incesto, por qué Orestes debe fatalmente regresar a Argos y vengar, quiera o no quiera, el asesinato de su padre, y sufrir luego la tortura del remordimiento por haber matado a su madre Clitemnestra, si ese crimen no dependía de su voluntad, sino que había sido prescrito por los dioses?

El mundo moderno ha sido hecho por quienes se negaron a aceptar la predestinación, a obedecer lo establecido: por quienes se atrevieron a decir lo que estaba prohibido y a romper con lo que se esperaba de ellos,por los impíos y los iconoclastas, los que no aceptaron que las desigualdades y las injusticas formaban parte del orden natural de las cosas, que la pobreza era un castigo de Dios y la monarquía un designio divino, que los negros habían nacido para ser esclavos y las mujeres para servir al varón y criar a sus hijos. El mundo moderno ha sido hecho en parte también por la literatura, y en ella el héroe es casi siempre un rebelde que actúa contracorriente, un inadaptado que pone en cuestión las reglas sagradas para otros, que rompe con su vida obligatoria y se empeña en construirse otra. El extremo de nuestro rechazo de toda determinación es la teoría de la mente como una pizarra en blanco: seríamos lo que la sociedad, la cultura, hiciesen en cada momento de nosotros, podríamos darnos la identidad que libremente eligiéramos, o la que nuestros dirigentes quisieran benévolamente imprimirnos.

Parece , sin embargo, que las cosas son un poco más complejas, y que después de todo había una profunda intuición de verdad en la idea inmemorial del destino. No elegimos a nuestros padres, ni elegimos tampoco la época en la que nos ha tocado vivir, ni algo tan decisivo como nuestro sexo. Es verdad que la llamada conjunción de los astros en el instante de nuestro nacimiento sólo va a influir en nuestra vida en caso de que demos crédito a los embustes del horóscopo, pero ahora sabemos que una parte muy sustancial de lo que somos depende de un azar no menos inaccesible a la razón y a la voluntad, el de la forma que adquiere nuestra herencia genética. Nuestra propensión a la risa o a la melancolía, nuestras tentativas de felicidad, están cifradas en un número asombrosamente pequeño de genes, de modo que el hecho más crucial de nuestra biografía habrá ocurrido no en la primera infancia freudiana sino mucho más atrás, en el instante en que la herencia paterna y la materna se mezclan en el óvulo recién fecundado.

Pero hay destinos más peculiares que otros. Hay personas -todos nos las hemos cruzado alguna vez en la vida- que parecen siempre abocadas a buscar la simpatía de los demás y a ser rechazadas, a ofrecer afecto y recibir hostilidad a cambio, a no desanimarse nunca y a no aprender del desengaño, personas inocentes y frágiles que por algún motivo misterioso sólo despiertan incomodidad en los demás, y casi nunca ternura, y ni siquiera compasión. Son habladoras, pero inoportunas; simpáticas, pero muy propensas a crear situaciones vidriosas. Las rehuimos porque no nos gusta la gente que atrae la desgracia. Un gesto de rechazo no las disuade de su empeño de caer bien, de modo que cuanto más amables son reciben más antipatía.

Ese raro destino afecta plenamente a una de cada 7.500 personas, y se llama el síndrome de Williams. Está producido por la ausencia de unos veinte genes, de los cuales no más de cinco o seis parece que gobiernan nuestras destrezas sociales. Los afectados por el síndrome de Williams se pierden con facilidad, tienden a no entender los mapas y carecen de talento matemático. Pero en cambio disfrutan apasionadamente de la música y son infatigables habladores. Suelen vivir hasta los cincuenta años y carecen de la capacidad de distinguir entre una cara amistosa y otra hostil. La amígdala, la glándula del miedo, no les avisa de las malas intenciones o de las actitudes sutiles de rechazo. Están condenados por igual a la ilusión y a la infelicidad. Son muy pocos, pero su destino nos suena melancólicamente familiar. Quizás nos provocan rechazo porque en las ocasiones amargas nos hemos parecido a ellos.

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