La ciencia de la felicidad


La ciencia de la felicidadEs uno de los asuntos más relevantes de nuestra vida, pero de la felicidad sabemos poco. Ahora dos libros nos cuentan cosas sorprendentes sobre ella: que se trata de un invento reciente y que no se busca, sino que se encuentra.

Pocos asuntos son más relevantes en la vida de cada uno que el grado de su felicidad, y sin embargo sólo parecen ocuparse intensamente de ella los letristas de canciones baratas y los redactores de los consultorios sentimentales y de los horóscopos en las revistas para quinceañeras. Psicólogos y psiquiatras prestan mucha mayor atención a las diversas formas de la amargura, igual que los novelistas serios, que suelen confundir la felicidad con la cursilería, y se mueven más cómodamente en el retrato de personajes sombríos que de gente dichosa. La diferencia entre la felicidad y la alegría, dice un escritor nada propenso a ninguna de ellas, J. D. Salinger, es que la alegría es un líquido, mientras que la felicidad es un sólido. La comparación es sutil, al relacionar los estados del ánimo con los de la materia, pero Salinger no va mucho más allá. La felicidad, como la salud, es un misterio que quizá sólo se revela en parte al contrastarlo con su ausencia. ¿Necesitaremos estar enfermos para saber algo sobre la salud, y ser desgraciados para reflexionar acertadamente sobre la felicidad? ¿O será cierto que para conseguirla vale más ser un poco tonto?

En los últimos meses se han publicado dos libros serios sobre este tema crucial que parecía condenado como máximo a las estanterías de manuales de autoayuda. El primero es de un historiador, Darrill McMahon, y el segundo de un profesor de Psicología de Harvard especializado en las ciencias del conocimiento, Daniel Gilbert. En su libro Happiness: a History, McMahon rastrea los 2.000 últimos años para demostrar que la felicidad, como tantas cosas que nos parecen inmemoriales, en realidad es un invento muy reciente. Un invento, para ser exactos -como la democracia o el sistema métrico decimal- de los ilustrados europeos de mediados del siglo XVIII, que por primera vez la incluyeron entre las expectativas terrenales de los seres humanos, rescatándola del aplazamiento condicional y más bien hipotético para la otra vida en el que la situaba el cristianismo. El mundo, según la Iglesia, es un Valle de Lágrimas, y los gozos que pueden obtenerse en él son pasajeros y en la mayor parte de los casos censurables. Hizo falta la Declaración de Independencia americana de 1776 para que la búsqueda de la felicidad ?"the pursuit of happiness", en las hermosas palabras de Thomas Jefferson- se convirtiera en uno de los derechos fundamentales de los seres humanos.

Pero la expectativa de la felicidad ocasiona muchas veces una acentuación de la amargura, atestigua McMahon, y podemos corroborar casi todos nosotros. Quien espera demasiado vive en peligro permanente de frustración, a diferencia de quien espera poco o nada, y son las sociedades de mayor bienestar las que garantizan unos ingresos más abundantes a los psicoterapeutas y a los echadores de cartas. No hay un niño más neurótico que el que lo tiene todo y el que recibe satisfacción instantánea de todos sus caprichos. La felicidad p a r e c e q u e huye cuando se la tenía más cerca, que se escapa entre las manos de quien la estaba tocando, como si fuera ese líquido con el que J. D. Salinger identifica a la alegría.

Que la felicidad se convierta en decepción al cumplirse los deseos con los que la asociábamos es otro antiguo misterio muy visitado por la literatura, y explorado desde la perspectiva de la psicología experimental por Daniel Gilbert en su libro recién aparecido, Stumbling on Happiness, cuyo mismo título ya equivale a una conclusión: la felicidad no se busca, ni se persigue, ni se conquista; con la felicidad se tropieza, unas veces para bien y otras para mal.

"Desdichado", dice un oráculo antiguo, "tendrás aquello que deseas". Y Truman Capote obtuvo el título de su último libro, Plegarias atendidas, una apoteosis de la infelicidad, de un dictamen de Santa Teresa: hay más llanto en el mundo por las plegarias atendidas que por las que quedaron sin respuesta. Cambiamos muy rápido, observa Daniel Gilbert, y muchas veces la persona que obtiene una cosa ya no es la misma que la deseó. Pero también es verdad, aunque en sentido opuesto, que lo más temido casi nunca es tan terrible como se imaginaba, y que una mayoría muy considerable de las personas que sufren experiencias pavorosas acabaran recuperándose de ellas. En cada uno de nosotros hay como un termostato emocional que nos mantiene regularmente a salvo de las sensaciones extremas, y eso puede ser tan saludable para las positivas como para las negativas. Necesitamos saber cómo es de verdad la realidad exterior, pero si en nuestra percepción no hubiera una cierta bruma de consuelo o engaño seguramente no podríamos resistir. Nos beneficia asomarnos al mundo con una actitud alentadora, pero si confiamos en exceso no estaremos en guardia contra las agresiones súbitas ni tendríamos recursos cuando llegara el desengaño.

Pero todo esto que ahora nos explican historiadores y científicos ya lo habíamos aprendido en las canciones.

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