Ir corriendo



Iba corriendo por una zona de enormes robles y arces cuando vi delante de mí, a un lado del sendero, un grupo de gente que miraba algo en silencio. Me acerqué y alguien me hizo un gesto para que no me moviera: delante de nosotros, junto al tronco de un arce, parado sobre la hierba de un verde deslumbrante, había un gran pájaro, un ave de presa, un gran halcón de cola roja. Lo mirábamos y él nos miraba. Fijó un momento en mí su perfil afilado y la centella de sus ojos porque habría oído mi respiración agitada por la carrera. Con movimientos secos de la cabeza nos examinó uno a uno, como un mariscal o un príncipe que pasara revista a tropas desalentadoras. Y entonces abrió las alas y al mismo tiempo que las desplegaba de un golpe en toda su anchura levantó el vuelo, no porque se hubiera asustado, sino porque había decidido que no tenía ningún interés en seguir mirándonos y siendo observado. Trazó un arco limpio en la penumbra húmeda formada por las copas altas y densas de los árboles y fue a posarse en lo más alto del más colosal de todos.

Encuentros así no son frecuentes, pero uno ha de tener los ojos abiertos a todo mientras va corriendo. Los ojos y los oídos, el olfato. Hace ahora catorce años que empecé a correr con regularidad, en los tiempos en que todavía era moderno el walkman, pero nunca me he acostumbrado a llevar auriculares, y la música, que me gusta tanto, me distrae y me aturde cuando estoy corriendo. He corrido por sitios asombrosos: por un sendero a la orilla del mar en Palma de Mallorca, por la playa ilimitada de Zahara de los Atunes, entre los encinares de la Sierra de Madrid, por el bosque de la Alhambra en Granada, por un bosque de las cercanías de Breda, en Holanda, que se parecía a los bosques de los cuentos, con hongos enormes en torno a los troncos de los árboles, con senderos en los que me internaba sabiendo que no era difícil que me perdiera, y en los que me perdí. Me sé de memoria cada uno de los caminos capilares que cruzan el Retiro, y he corrido por ellos en otoño pisando las hojas anchas y amarillas de los castaños. He corrido junto a los antiguos muelles de los trans atlánticos a la orilla del río Hudson, en una época en la que aún se veían al fondo, brillando con resplandores de cobre al sol del atardecer, las Torres Gemelas. He corrido en torno al lago grande de Central Park a esa hora en la que las luces empiezan a encenderse en los rascacielos reflejados en el agua. Por el sendero en torno al lago me he cruzado con un hombre muy viejo, vestido de chándal y apoyado en un andador, que fue uno de los primeros corredores que hubo en la ciudad, hacia los años setenta. Ahora, desde hace dos años, corro de nuevo a lo largo de la orilla del Hudson, por Riverside Park, que parece en algunos tramos un bosque primitivo pero que es una invención humana del todo artificiosa: a veces voy corriendo y el suelo tiembla bajo mis pies porque está pasando un tren, uno de esos trenes que van hacia el norte y que afloran a la luz del día a la altura de Harlem.

En otras épocas tendía a correr más metido en mí mismo: ahora me fijo cada vez más en las cosas que voy viendo, como un naturalista aficionado que quisiera observarlo todo, las plantas y los pájaros, la extensión de las raíces de los árboles, el modo en que la corriente del río va en una dirección o en otra, según las mareas. La gente piensa a veces que correr es una manía de lunáticos obsesionados con la forma física: para muchos de nosotros, los que corremos por nuestra cuenta y sin competir, la carrera es un ejercicio que vigoriza el cuerpo entero, la mente incluida, que al oxigenar el cerebro nos hace más abiertos a las cosas, y que después nos regala con la inundación de serena felicidad de las endorfinas segregadas por el esfuerzo físico. Cuando yo empecé a correr, en Granada, había colegas literatos que se burlaban de mí: si no fumaba y además corría, ¿no me habría convertido en una especie de americano, en un reaccionario? La mala salud era de izquierdas, misteriosamente. Y en esos mundos en apariencia tan alejados de la religión se repetía el inmemorial prejuicio cristiano contra el cuerpo. Beber, fumar, tomar drogas, eran indicios seguros no sólo de progresismo, sino de talento.

Pasan los años y correr cada vez me gusta más. Cada carrera por la orilla del Hudson es una clase de Ciencias Naturales: a veces el viento viene del mar, y huele a algas y a agua salada; a veces hay bochorno y el olor más poderoso es el de los neumáticos recalentados en la autopista próxima; al pasar junto a cada árbol pienso su nombre en español y en inglés; me fijo en que hay una zona que pertenece a los gorriones, y otra a los estorninos, y que nunca se cruzan; también en que las palomas nunca se acercan por aquí. A veces, incluso, se me ocurre una buena idea para la novela que estoy escribiendo.

Antonio Muñoz Molina

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