¡¡Al abordajeee!!

Los piratas -pata de palo, garfio, parche en el ojo- forman parte del imaginario de cualquier niño y también de sus más inconfesables pesadillas.Porque aunque la literatura se ha encargado de mostrar su lado más romántico, durante siglos pusieron en peligro con sus sanguinarios ataques las rutas comerciales prácticamente en todos los mares. Como sinónimos de pirata suelen utilizarse los términos corsario, filibustero y bucanero, aunque en realidad significan cosas distintas. José Hernández, en su libro Piratas y corsarios, explica alguna de esas diferencias.

Por ejemplo, pirata es la palabra que define a un delincuente, un proscrito, que se dedica al robo y asalto de barcos, al secuestro y la extorsión, cuando no al asesinato, para conseguir un botín. Algunos de los más famosos de la historia fueron Barbarroja, así conocido por el color de su pelo; el temible Barbanegra, que medía casi dos metros y entraba en combate armado con, al menos, seis pistolas; o Mary Reed, la mujer que asaltó decenas de barcos disfrazada de hombre sin que durante años fuera descubierta.

El corsario es el civil que en tiempo de guerra y con autorización de su gobierno -la llamada patente de corso- se dedica a asaltar únicamente barcos enemigos, respetando las reglas y convenciones de la guerra. Las acciones de corso eran a veces operaciones mercantiles que producían enormes beneficios, en las que intervenían banqueros e inversores que financiaban barcos y tripulaciones. Uno de los más famosos corsarios fue Francis Drake, considerado un pirata por los españoles, cuyos barcos atacaba sin compasión, pero nombrado Sir en Inglaterra, gracias a los servicios prestados a su gobierno.

La palabra bucanero viene de bucán, que es la manera que en Santo Domingo se llamaba la carne ahumada. Los bucaneros eran cazadores ilegales y contrabandistas que sólo ocasionalmente atacaban algún barco. Los filibusteros, finalmente, fueron los piratas de la isla de Tortuga, una auténtica hermandad, con sus propias normas y leyes que se aplicaban con rigor. Por ejemplo, se consideraban delitos graves el abandono del combate o la traición, mientras que eran muy condescendientes con el abuso del alcohol, el tabaco o el maltrato a los prisioneros. Uno de los delitos más graves, por cierto, era hacer trampas en el juego.

Jesús Marchamalo

Etiquetas: historia

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar