Dos sabios



Dos sabiosLos autores científicos Richard Dawkins y Edward O. Wilson hablan en sus últimos libros sobre la escalada de dos terrorismos que amenazan la vida sobre la Tierra: el ecológico y el de los fanáticos religiosos.

Dos de los más grandes escritores científicos publican en este otoño libros que tratan de la religión y la ciencia. Uno es Richard Dawkins, autor de obras maestras como El gen egoísta, Destejiendo el arco iris y El relojero ciego; el otro, el más especializado pero no menos insigne Edward O. Wilson, que ha escrito sobre las hormigas libros de una riqueza argumental y de un poderío narrativo no inferior al de Balzac o el de Tolstoi. Si la literatura consiste en mirar con atención la realidad del mundo y aprender a contarla, pocos maestros me parecen tan dignos de imitar como Dawkins o Wilson, y estoy seguro de que no hay una novela tan desmedida y fantástica como cualquiera de las que este último ha descubierto en los laberintos sin luz del más común de los hormigueros. El libro de Dawkins se titula, provocadoramente, The God Delusion. Wilson le ha dado al suyo el mismo título que al gran oratorio de Haydn sobre el origen del mundo, La Creación, quizás para sugerir su voluntad de encontrar un espacio común entre las personas de vocación científica y las de creencias religiosas. El libro, de hecho, tiene la forma de una larga carta dirigida a un pastor baptista del Sur, una carta respetuosa pero también sin concesiones al creacionismo, al llamado Diseño Inteligente y a la irracionalidad.

Los dos autores escriben impulsados por la urgencia de resistir a dos de las desgracias más amenazadoras del presente: Dawkins, la monstruosa proliferación del fanatismo religioso, que está en el origen de los ataques terroristas que vienen ensangrentando desde el 11 de septiembre tantos lugares del mundo, y también en la gran sombra de chantaje y de miedo que se cierne en Europa sobre la libertad de expresión; Wilson, la escalada de los desastres ecológicos que pueden conducir en un plazo no muy largo al colapso irreparable de la biosfera. Dawkins se declara abiertamente ateo. Wilson, con más cautela, se define a sí mismo como un humanista laico. Para Richard Dawkins, la religión es un engaño rigurosamente incompatible con la racionalidad científica, y ni siquiera puede cumplir de verdad las cuatro formas de utilidad benéfica que suelen atribuírsele: ni explica nada, ni consuela, ni inspira, ni exhorta a hacer el bien y actuar con justicia, y si tiene algún valor positivo o bien se lo ha usurpado a un movimiento filosófico o bien puede ser alcanzado por otro medio con menos efectos dañinos. Si la religión fuera una fuente legítima y exclusiva de moralidad, dice Dawkins, los judíos aún ejecutarían a quien fuera sorprendido trabajando en sábado, del mismo modo que una parte nada minoritaria de los fieles de otra conocida tendencia religiosa considera razonable que se lapide a las adúlteras o se les corte la cabeza a los culpables de apostasía. Por no hablar del Dios temible del Antiguo Testamento (todos los adjetivos de la siguiente lista son traducción de los que usa Dawkins): misógino, homofóbico, racista, infanticida, genocida, megalómano, sadomasoquista, caprichoso, malévolo, capaz de arrasar el mundo para vengarse de los seres humanos y de ordenarle a un padre que degüelle a su hijo.

Richard Dawkins, examinando las barbaridades que se han cometido y se siguen cometiendo en el mundo en nombre de las versiones más extremas de la religión, desearía que el progreso de la ciencia y de la sensatez humana nos fueran liberando de tantas fantasmagorías. Ernest O. Wilson tiene una actitud más templada, o al menos de mayor sutileza estratégica: es urgente detener la destrucción de la naturaleza, y para lograrlo no basta la ciencia, y menos aún la política, tantas veces cómplice del desastre; hace falta movilizar al máximo número de conciencias y de voluntades, y eso sólo se consigue si la multitud inmensa de los creyentes se une a los científicos y a los activistas de la ecología, resaltando no lo que separa a los unos de los otros sino lo que pueden tener en común, el sobrecogimiento ante la belleza y la complejidad del mundo natural. En una situación de angustiosa emergencia no importa que los unos encuentren en la naturaleza la obra perfecta de Dios y otros el resultado de una evolución que abarca varios miles de millones de años. Existe un Edén, que es la delgadísima corteza en la que es posible la vida sobre la Tierra, el único Edén del que tenemos noticia en toda la extensión del Sistema Solar: que los creyentes se comprometan en la conservación de la obra de Dios, uniendo fuerzas con los incrédulos para los que el único prodigio es la existencia misma de la vida. Al fin y al cabo, si nos separan las ideas sobre el Paraíso, unos y otros tenemos en común la proximidad de un doble apocalipsis, el que siembran los fanáticos y el que provocarán a corto plazo, si no se les detiene, los depredadores de la naturaleza.

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