De soslayo



Steven Baker, en su magnífico libro Mind wide open -en español, La mente de par en par-, explica que una de las principales tareas para las que la evolución ha adiestrado nuestro cerebro de primates superiores es para imaginar certeramente lo que está sucediendo en los cerebros de los otros, para ponernos en su lugar, según la expresión común. Esa capacidad es la base de la literatura y del arte, pero también la de la vida social de los chimpancés, por abarcar dos extremos de experiencia que parecerían remotos entre sí: podemos emocionarnos con sobresaltos amorosos de un desconocido que vivió hace varios siglos porque estamos dotados con un impulso de empatía que nos lleva a reconocer nuestros sentimientos en los suyos; miramos los duros rasgos de un retrato romano del siglo I y desciframos en ellos la angustia, el recelo, la arrogancia, con la misma seguridad con que interpretamos el estado de ánimo de un desconocido que viaja a nuestro lado en el vagón del metro.

Somos el espejo en el que se miran otros: podemos comprender a otros porque nos reconocemos en ellos igual que en un espejo. Y uno de los recientes hallazgos más intrigantes de la neurociencia es el de esas neuronas que se activan igual cuando realizamos una determinada acción que cuando la vemos en otros.


Hay 220 especies de primates aparte de la nuestra, pero en ninguna de ellas el blanco de los ojos es tan amplio ni tan visible

En el autismo ese espejo no existe, o está roto. Para el autista las expresiones y los gestos de los otros son un idioma extranjero que sólo con mucha dificultad aprenden a descifrar parcialmente. Pero la mayor parte de nosotros lo hablamos y lo entendemos con tanta fluidez que jamás pensamos en la riqueza de su vocabulario o en la complejidad de su gramática.

Uno de los elementos más inesperados de ese idioma lo acaba de analizar el profesor Michael Tomasello, director del Centro Max Planck de Antropología Evolutiva. Se trata del blanco de los ojos. Hay doscientas veinte especies de primates aparte de la nuestra, pero en ninguna de ellas el blanco de los ojos es tan amplio, ni mucho menos tan visible. La idea es tan simple que parece asombroso que no hayamos reparado antes en ella: gracias al blanco de los ojos podemos seguir con claridad la dirección de la mirada de otro aunque no esté moviendo la cabeza, y eso nos ofrece posibilidades de información y de comunicación inaccesibles para cualquier otra especie, incluso para la más próxima de todas, los chimpancés.

En experimentos ideados por el profesor Tomasello, se comprueba que un chimpancé puede distinguir el objeto en el que un ser humano está centrando su atención sólo si la cabeza de éste apunta al mismo lugar que su mirada. Mirar algo de soslayo, como si no estuviéramos mirándolo, resulta ser uno de esos gestos mínimos en los que reside lo específico de nuestra humanidad. Se dice de las personas muy expresivas que "hablan con los ojos", pero en esa metáfora parece que está contenida una profunda verdad evolutiva: gracias al blanco de los ojos nuestra especie desarrolló posibilidades de comunicación muy sofisticadas que eran todavía más cruciales cuando el lenguaje aún no existía, o cuando estaba en una fase demasiado rudimentaria como para permitir informaciones muy precisas: indicar silenciosamente un peligro, o la posición exacta de un alimento. Sin el juego de las miradas no habría seducción, ni se habrían escrito una gran parte de los mejores y de los peores poemas, ni el cine nos gustaría tanto: sin el talento para mirar de soslayo estaríamos todavía más cerca de esos grandes monos a los que nos inquieta tanto parecernos.


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