De regreso al espacio


De regreso al espacioEn una noche fría y serena, lejos de Madrid y de la inútil inundación lumínica que no permite ver nada en el cielo, alzo los ojos y distingo en la remota lejanía ese punto anaranjado o rojizo que es el planeta Marte. Voy caminando por un sendero despoblado, con olor a jara y a resina, con una tenue niebla húmeda en el aire: ahora mismo, imagino, en un desierto pedregoso y de color de herrumbre, a unos 200 millones de kilómetros de aquí, un pequeño vehículo con ruedas anchas, antenas y cámaras futuristas estará moviéndose y enviando imágenes, recibiendo órdenes precisas que tardan diez minutos en llegarle desde la Tierra, a la velocidad de la luz. En un paisaje de rocas, guijarros y polvo, el robot Spirit se mueve con lentitud y decisión, gira sus lentes, sus antenas y sus paneles solares, elude obstáculos, se detiene para que un brazo articulado se extienda y tome del suelo una muestra de arena, examine una esquirla de roca y envíe ondas sonoras al subsuelo en busca de indicios de agua o de hielo subterráneo.

Nadie, nada más se mueve en toda la superficie del planeta. En otro lugar perdido yacerá como un montón de chatarra la sonda europea Beagle 2, que quedó averiada en su descenso y no ha enviado ninguna señal. La azotará el viento marciano, la sacudirán los remolinos de las tormentas de polvo. En el cielo oscuro, denso de estrellas, aparecerán siguiendo una trayectoria fija pequeñas naves satélites, la Mars Global Surveyor, la Mars Express, la Mars Odissey, una escuadrilla de naves viajeras que llegaron desde la Tierra para quedarse atrapadas en el campo de gravitación de Marte: es raro pensar que nadie ve esos bellos artefactos espaciales, que giran en sus órbitas de exactitud matemática igual que tantos otros cuerpos celestes, como asteroides iluminados por la luz del Sol en medio de una negrura absoluta, en un vacío sin fondo.

Otras naves han viajado mucho más lejos, se han perdido para siempre más allá de los últimos límites del Sistema Solar. Y sería inútil que yo escudriñara el cielo buscando el rastro de una de las más audaces, esa sonda que voló durante años al encuentro de un cometa, que atravesó su cola y recogió muestras de hielo y polvo estelar, y ahora mismo viaja de regreso a la Tierra, como un bumerán de trayectoria galáctica, trayendo consigo un tesoro infinitesimal y precioso, algo de esa materia originada en confines lejanos del universo que hasta ahora no ha tocado ninguna mano humana.

Volvemos a mirar al cielo nocturno imaginando odiseas espaciales, y para muchos de nosotros las noticias sobre las naves que llegan a la órbita de Marte y los módulos que se desprenden de ellas para posarse en la superficie torturada de un cráter tienen una dulzura de antiguas emociones recobradas, de aventuras que no llegamos a vivir, pero que nos influyeron tan decisivamente como los viajes que sólo podíamos llevar a cabo en la irrealidad gozosa, en el sedentarismo confortable de los libros. La tecnología más puntera nos alimenta la nostalgia, y el futuro se convierte en una cosa del pasado, como esas películas de ciencia-ficción que transcurren en fechas míticas -1984, 1991, 2001- que se han ido quedando muy atrás en los calendarios.

En 1969 vivíamos pendientes de los viajes a la Luna, hasta entonces materia exclusiva de la literatura fantástica, y nos daba vértigo imaginar cómo serían los primeros años del siglo XXI. El mundo, a ras de tierra, podía ser áspero y tedioso, torvo, clerical, incluso cuartelario, pero un poco más lejos, más allá, más alto, un resplandeciente porvenir se estaba desplegando, con la urgencia de la cuenta atrás de los lanzamientos espaciales, con la belleza heroica de los cohetes que despegaban en Cabo Kennedy, seguidos por una estela de fuego, envueltos en una magnífica deflagración de gases. No había armaduras de caballeros medievales que fuesen tan espectaculares como los trajes blancos de los astronautas, ni buques de novela de aventuras que tuvieran nombres tan poéticos como los de las naves y cápsulas que volaban hacia el espacio exterior: las cápsulas Géminis, las naves Apolo, una de las cuales, la Apolo XI, llevó a los primeros astronautas que pisaron la Luna.

Veo en Internet los matices de rojo y de naranja en las fotos de Marte y me acuerdo del blanco y negro de la superficie de la Luna en las imágenes que dio en directo la televisión una madrugada de julio de hace treinta y cinco años: era el principio del porvenir, y ahora es un recuerdo dulce y lejano del pasado. Pero la ilusión vuelve, intacta, igual que vuelve el hábito de mirar hacia el cielo y la avidez por encontrar noticias, por saber si al fin se encontrarán en esas llanuras áridas huellas de océanos, signos mineralizados de una vida indudable, primitiva, extinguida. Mirando el cielo, se acuerda uno de que el tiempo de las rocas y los astros es una eternidad en comparación con la medida fugaz de nuestras existencias. Las huellas de pasos que sin duda permanecen en la Luna desde el verano de 1969 parecerán ya fósiles de organismos milenarios.

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