Arthur C. Clarke: "Estoy seguro de que ocurrirá casi todo lo que conté en la película 2001"

Aquí no hay batallas épicas al calor de una espada de luz. En los mundos de ciencia-ficción de Arthur C. Clarke no se habla de armas láser ni combates aéreos, interceptadores de fase ni torpedos fotónicos. No sobrevuelan vehículos espaciales con un ruido ensordecedor. El espacio es totalmente silencioso, porque en él no hay aire. Son ciencia y ficción tomadas en su sentido más literal. Según este principio, Clarke creó a mediados de los años sesenta, junto con el director de cine Stanley Kubrick, el esquema sorprendentemente creíble de un futuro entonces todavía lejano: la película y el libro 2001: Una odisea en el espacio.

En la primavera de 1964, Kubrick preguntó al entonces famoso autor de ciencia-ficción si no le gustaría hacer con él ¡ciencia-ficción definitiva! Cuando apareció el libro 2001: Space Odyssey en 1968, la historia era absolutamente diferente a todo lo que se había visto hasta entonces. Planteaba cuestiones básicas filosóficas sobre el origen de la humanidad, sobre su desarrollo y sus destinos, sobre su lugar en el universo. Pero, sobre todo, la novela era una visión que describía de forma realista la evolución de la vida diaria de los años sesenta. En ella se habla de vuelos de las Aerolíneas Pan-Am en la órbita terrestre, en los que la azafata va entregando a los pasajeros bandejas con comida adecuada para el espacio. En la estación espacial próxima a la Tierra hay un Hotel Hilton. Los astronautas conversan con un ordenador inteligente. En la Luna viven seres humanos en una base gigantesca y una expedición despega hacia Júpiter.

En la vida real, hemos llegado al auténtico 2001 y Arthur C. Clarke, que cumplirá 84 años en diciembre, está totalmente satisfecho con su visión de entonces: "Considerando el conjunto de la situación, no nos equivocamos mucho. Realmente estoy sorprendido de la rapidez con la que se ha desarrollado todo". Por ejemplo, el mundo de los ordenadores, gracias a los PC y a Internet, ha evolucionado mucho más rápidamente de lo que se había imaginado Clarke.


"De todos modos -se congratula el autor- se han hecho grandes avances en el campo de la estupidez artificial. De ningún modo se puede hablar de inteligencia artificial y, sobre todo, en el terreno de la navegación espacial. Sólo 15 años después de nuestra película, la sonda Voyager, aunque sin tripulación, llegó a Júpiter. Esto no lo hubiera imaginado yo nunca".


Para Clarke, la exploración del espacio es una misión principal de la humanidad: "estamos condenados a volver a la Luna y posiblemente tendremos que volar hasta Marte. De esto no puede haber ninguna duda". Cree el octogenario escritor que el programa Apolo estuvo impulsado por motivos meramente políticos y militares y achaca el entusiasmo que suscitó a las condiciones históricas del momento: "piense usted en la fecha en la que se escribió 2001. La NASA gastaba entonces cada día tanto dinero como costó la película entera: diez millones de dólares. La película, por cierto, llevaba ya un año en el cine: antes de que un hombre pisara la Luna, así que tuvimos que imaginarnos escenas lunares que luego no resultaran ridículas". En realidad, los efectos especiales son todavía creíbles.

"Estoy seguro de que casi todo lo que se mostraba en 2001 ocurrirá efectivamente en las próximas décadas", dice Clarke, quien sólo duda en hacer un pronóstico en lo referente al encuentro de la humanidad con civilizaciones extraterrestres: "Puede ocurrir mañana, dentro de 1.000 años o nunca..."


Prefiere imaginarse que nuestras señales de TV y de radio han sido ya recibidas hace mucho tiempo por los alienígenas y que, a la vista de este material, la policía cósmica se encuentra ya en camino hacia la Tierra, a toda velocidad, con las luces de alarma encendidas y con las sirenas a toda potencia. "Hablando en serio - dice Clarke sonriendo- estoy seguro de que todavía no hemos recibido visitantes procedentes del Universo, porque todavía no he visto ninguno". Aún así, ya ha preparado un discurso por si un día tuviera un alienígena ante sus propios ojos: "¡Auxilio!"

Al principio, Kubrick y Clarke no lo tuvieron fácil: en 1968 los críticos trataron despiadadamente su obra. Las imágenes eran demasiado raras, faltaba una acción comprensible y continuada. Por ejemplo, el director utiliza una simple escena de transición para hacer que la acción salte cuatro millones de años hacia adelante; es el corte más osado de la historia del cine: un homínido prehistórico lanza hacia el cielo un hueso, que se transforma en un satélite que gira alrededor de la Tierra. Sólo al cabo de 20 minutos se oye por vez primera la voz de un ser humano en la película y dice: "Ya estamos aquí, señor. Al piso principal, por favor". No es que se hable mucho más en el resto del filme. El ser más humano que hay a bordo de la nave espacial Júpiter es el ordenador HAL. El final de la película, con sus efectos luminosos psicodélicos, fue despachado simplemente como una visualización de un viaje bajo los efectos de la droga.

"Ya no sé cuántas veces me han pedido que explique la historia", dice Arthur C. Clarke. "Cuando llegué a los Estados Unidos en 1968, el agente de la aduana tomó mi pasaporte, me miró y dijo: No le dejo pasar si no me explica primero la escena final de la película. Le contesté con mi respuesta habitual: ¡Lea usted el libro!".


Lo rudimentario de la narración tiene una explicación: "Queríamos crear un enigma, un mito. Este mito debe ser insondable. En el libro, que se publicó en paralelo a la película, hay que ser más claro. Algunos incluso me han echado en cara que diera en él demasiadas claves".

Pero, a diferencia de los críticos, el público continúa todavía concediendo sus favores a la película. Las inmensas imágenes, la música penetrante, el espíritu 2001 entusiasman a mucha gente.
Y eso que la Odisea tenía su razón de ser fundamental en aquel 1968 del movimiento estudiantil francés, del Flower-Power y de la lucha anti Vietnam. En ese caldo de cultivo, la película se convirtió en un hito y dejó huellas indelebles. Steven Spielberg escribió a Clarke que 2001 le había servido de inspiración durante toda su vida creativa. Bill Gates dice que el ordenador inteligente HAL influyó esencialmente sobre su idea de lo que deben poder hacer las máquinas.

A Clarke le gustan estas alabanzas, pues no carece de vanidad. Las paredes de sus oficinas están cubiertas de fotografías que le muestran en compañía de todo tipo de personas famosas. La mayor distinción que ha recibido fue el nombramiento de Caballero, que le concedió la reina británica en 1998. Sir Arthur la recibió por sus méritos en el ámbito de la literatura. "Esto me hace muy feliz, porque a la ciencia-ficción no se la suele considerar literatura seria."

Clarke vive en Sri Lanka desde mediados de los años 50. Llegó allí para practicar el submarinismo ("en la Tierra no se puede estar más cerca de la sensación de ingravidez") y se quedó, porque encontró muchos amigos y quería escapar del invierno británico. Con uno de esos amigos fundó la empresa de submarinismo Underwater Safaris que todavía hoy tiene su sede en la finca de Clarke en Colombo, la capital de Sri Lanka. Rodeado por un puñado de empleados, su familia como los llama Sir Arthur, pasa aquí varias horas diarias ocupado con la correspondencia, generalmente por correo electrónico. Las estanterías que hay inmediatamente detrás de su mesa de escritorio están llenas de ediciones diferentes de 2001, procedentes de todo el mundo y en todos los idiomas.

De algún modo, Clarke era la persona indicada para escribir esta obra. No en vano, estudió matemáticas y física después de la guerra, lo que le sirvió de base para la exactitud científica de sus novelas. En 1945, fue el primer escritor que, en un artículo que entonces pasó prácticamente inadvertido, planteó la posibilidad de fletar satélites de comunicaciones en órbita de la Tierra y en posición geoestacionaria. Hoy día, las redes telefónicas y los satélites de televisión funcionan de acuerdo con este principio y Clarke muestra un poco de orgullo de padre cada vez que en Colombo se instala una nueva antena parabólica. Cuentan que dijo una vez a Ted Turner, el fundador del megaimperio de comunicación CNN: "Me debe usted el 10 por 100 de sus ingresos".

Centenares de historias cortas y más de 80 libros forman parte del legado de Sir Arthur. Entre sus obras, tres continuaciones de 2001. Todas ellas se caracterizan por una gran fidelidad en los detalles, basada en los conocimientos científicos, una especial visión a largo plazo, cuando se trata de describir posibles mundos futuros, y un gran optimismo tecnológico. En los escritos de Clarke ya había ascensores en el espacio hace varios decenios, lo que hoy día efectivamente parece ser posible gracias a nuevos materiales. Según Clarke, los seres humanos podrán vivir en el futuro próximo bastante más de 100 años, gracias a los avances de la medicina.

-¿Le gustaría a usted mismo vivir eternamente?
"Pregúnteme dentro de 100 años", contesta el escritor octogenario que sufre una enfermedad nerviosa y desde hace años está atado a una silla de ruedas.


Sin embargo, todas las tardes practica deporte en el Otter Aquatic Club. Allí, Arthur se convierte en un niño: su gran pasión es el ping-pong. Con todas sus fuerzas y con reglas adaptadas ligeramente a su limitada capacidad de movimientos, vence casi todas las tardes a sus colaboradores, hasta las 6 en punto de la tarde. Luego se sienta, disfrutando de un zumo de frutas, para escuchar las noticias con una radio de onda corta y con auriculares: le interesan las novedades locales, y los comentarios internacionales de la BBC.

Eso es lo único verdaderamente planificado en la vida de este escritor inventor del nuevo milenio cuyo lema es: "si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes". Ni siquiera el nombre de su obra estaba preconcebido: fue Kubrik el que decidió la fecha 2001, sin saber que con ello se alineaba con toda una filosofía sobre el cambio hacia una nueva era.


Thomas Borchert

Esta entrevista fue publicada en mayo de 2001, en el número 240 de MUY Interesante.

(Arthur C. Clarke falleció el 19 de marzo de 2008 a la edad de 91 años en Colombo, Sri Lanka)

Etiquetas: ciencia ficcióncine

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