¿Qué pasaría si no hubiera tectónica de placas?

Terremotos, volcanes, maremotos... todo ello desaparecería si las placas tectónicas no se movieran. ¿Pero en qué más cambiaría nuestro planeta?

tectónica de placas

Todos sabemos que la corteza terrestre se parece bastante a un balón de fútbol: está dividida en trozos. Pero aquí acaba la analogía, pues ni esos trozos, las placas tectónicas, son todos iguales y, además, flotan sobre un manto líquido de magma. Es el movimiento de las placas y los puntos calientes situados bajo la corteza los que originan esos dos terribles desastres naturales.

Es por eso que resulta tentador pensar que viviríamos mucho más tranquilos -al menos los habitantes de Japón, Perú, Chile...- si nuestro planeta no fuera geológicamente activo. Ahora bien, si fuera así quizá la vida tal y como la conocemos no existiría.
Por un lado, un mundo con una mezcla de océanos, islas y continentes en continuo cambio ofrece más oportunidades para la diversidad biológica que un planeta donde siempre hay lo mismo. De hecho, hay paleontólogos que piensan que la aparición de nuestros antepasados bípedos se debió a la formación del Gran Valle del Rift, en África Oriental, que acabó con los bosques e hizo aparecer la sabana. Quizá si no llega a ser por eso, aún seguiríamos colgados de los árboles.

Pero no solo parece ser importante desde el punto de vista evolutivo. La tectónica de placas también desempeña un papel fundamental a la hora de mantener la temperatura del planeta en un agradable promedio de 18º C. Sin el efecto invernadero natural provocado por gases como el dióxido de carbono la temperatura media del planeta sería de -25º C. Y es aquí donde el movimiento de los continentes y suelos marinos juegan su papel. Al reaccionar con el agua de lluvia formando ácido carbónico el CO2 se elimina de la atmósfera y acaba en el fondo marino. Una caída del CO2 implica un descenso global de las temperaturas. Gracias a la tectónica de placas el CO2 vuelve a la atmósfera a través de los volcanes, y así se mantiene una temperatura media que permite el desarrollo de la vida animal. 


Vivir sobre un planeta geológicamente activo parece que es algo fundamental para la vida: si no fuera así la Tierra no poseería un campo magnético lo suficientemente intenso para evitar el efecto dañino de los rayos cósmicos.

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