Susan Solomon: "Hemos subido el termostato de la Tierra y no sabemos cómo bajarlo"

solomon-pNacida y criada en los rigurosos inviernos de Chicago, Susan Solomon, química experta en investigación atmosférica sabe bien de qué habla cuando alerta del cambio climático. Luis Miguel Ariza ha trazado un perfil de la mujer que midió por primera vez el agujero de la capa de ozono.

Debe de existir algo en la personalidad de la doctora Susan Solomon que la atrae hacia los retos imposibles. En su libro El marzo más frío, esta química estadounidense se pone en la piel del capitán Robert Falcon Scott durante su expedición a la Antártida, en noviembre de 1911. En aquellos tiempos en los que el hombre creía que los avances tecnológicos podrían proporcionarle el dominio sobre la naturaleza -poco antes de la tragedia del Titanic-, el explorador inglés y su equipo recorrieron 1.450 km a temperaturas de -37º C. En enero de 1912, Scott alcanzó el Polo Sur sólo para descubrir que un grupo de noruegos, comandado por Roald Amundsen, había llegado un mes antes. Tras el fiasco, en el viaje de vuelta, Scott y sus hombres murieron en la barrera de hielo de Ross a causa de una intensísima ola de frío que, según Solomon, produjo temperaturas de 12 o más puntos por debajo de la media térmica establecida en la zona. El tiempo les tendió una trampa mortal.

Solomon, hija de una profesora y un agente de seguros, dio sus primeros pasos como científica mucho antes de conocer este reino helado. En una entrevista con el periodista americano Lee Katterman recordaba que quedó fascinada por el mundo submarino cuando a los nueve vio por televisión un documental de Jacques Cousteau. Esa naturaleza silencio sa tenía una cualidad que no encajaba con la mentalidad analítica de una muchacha interesada por la química. "Descubrí que la biología no era muy cuantitativa", dijo a Katterman. En bachillerato ganó el tercer premio en un concurso nacional por un experimento que consistía en descifrar la proporción de oxígeno en una mezcla de gases. Luego, estudió Química en el Instituto de Tecnología de Illinois, en Chicago, donde investigó la intrigante atmósfera de Júpiter y, después, eso tan extraño que llamamos aire, la fina capa gaseosa que nos mantiene con vida.

En 1977, Solomon ingresó en la Administración Nacional Atmosférica y Oceánica (NOAA), en Boulder (Colorado), donde aún hoy conserva su despacho. Allí contactó con el prestigioso científico Paul Crutzen, que la animó a estudiar la química atmosférica terrestre. Más tarde, en la Universidad de Berkeley, en California, conoció a dos de sus mentores, Harold Johnston y Mario Molina. Antes de cumplir los 30, Solomon ya revisaba los trabajos de colegas más veteranos para su publicación en revistas especializadas.

En 1974, el mencionado Molina y Sherwood Rowland lanzaron una hipótesis que fue recibida con escepticismo, pero que 21 años después les gratificó con el Nobel de Química: los clorofluorocarbonos (CFC) que se usaban como refrigerantes, disolventes, propelentes para los envases a presión y en la fabricación de corcho blanco se descomponían en la estratosfera y liberaban átomos de cloro. Estos reaccionaban con el ozono, lo que significaba su destrucción. Hasta ese momento, nadie había considerado la importancia que tiene este gas para la vida en la Tierra, y la idea siguió pareciendo una chifladura hasta que en 1985 los científicos informaron de que la capa de ozono sobre la Antártida menguaba durante la primavera austral. Al año siguiente, varios expertos, entre ellos, Susan Solomon, fueron enviados a la zona para realizar mediciones.

Entre agosto y octubre de 1986, Solomon estuvo trabajando en el oscuro invierno polar y en 1987 volvió para culminar la tarea. Así recordó aquellos tiempos durante la recepción del Premio Volvo de Medio Ambiente 2009: ?A pesar de las dificultades, ir a la Antártida resultó ser una de las experiencias más excitantes de mi vida, no sólo por la detección de la pérdida de ozono, sino porque constatamos los componentes químicos que causaban el agujero, en particular, los clorofluorocarbonos?. El continente blanco puede ser un lugar frío, pero ha dejado huella en el corazón de esta experta. Sus mediciones arrojaron cantidades de cloro inusualmente elevadas en la atmósfera alta, pero, como ella misma ha confesado, "no tenía la sensación de que estaba haciendo historia, al menos al comienzo; al final del segundo año empecé a darme cuenta de lo serio que era el asunto". Entonces sugirió en varios artículos "que las nubes estratosféricas polares podrían jugar un papel en esta química tan inusual"; de hecho, actuaban como una especie de imán que facilitaba los mecanismos de destrucción del gas vital. A la vuelta, ya en su laboratorio del NOAA, Solomon publicó un extraordinario estudio sobre el agujero de ozono que supuso un punto de inflexión. Poco después, se firmó el histórico protocolo de Montreal que prohibía la fabricación de los CFC. Por su contribución ha recibido un aluvión de galardones, entre ellos, la medalla de oro del Departamento de Comercio (1989) y la Medalla Nacional de la Ciencia (2000) estadounidenses.

"Creo firmemente que la ciencia es una guía para la acción de la sociedad. Cuando la gente comprende de qué estamos hablando y cuáles son las posibles consecuencias, pueden suceder cosas sorprendentes". En 2002, Solomon codirigió el Grupo Uno del Panel Intergubernamen tal para el Cambio Climático (IPCC), que convenció al mundo de la evidencia del calentamiento global, una tarea mucho más ardua que modelizar el clima y dibujar potenciales escenarios para enfrentarse a un aumento de temperatura media de uno a cuatro grados. "Imagina lo que es reunir a los representan tes de 130 Gobiernos en una habitación para ponerlos de acuerdo. Fue un momento tremendo. Por suerte estábamos muy bien preparados, nos describieron como un ejército al que nadie podía parar". En 2007, el IPCC recibió el Nobel de la Paz junto a Al Gore.

Tras el agujero de ozono, el calentamiento global pasó a ser el siguiente hito en la carrera de esta mujer, que nació el 19 de enero de 1956 en Chicago. El objetivo ahora es más ambicioso si cabe. En un reciente artículo, Solomon alertó de que el calentamiento global es ya inevitable. Incluso si ahora se pararan las emisiones de gases de invernadero derivados de la actividad humana, los efectos del cambio climático se harán notar durante mil años, debido a que los océanos absorben muy lentamente el exceso de CO2. "En una analogía muy sencilla, nuestras emisiones de carbono significan que estamos subiendo el termostato y no sabemos cómo bajarlo". Pero Solomon argumenta que es clave basar nuestras decisiones en el conocimiento científico, algo que puede dar lugar a una transformación social sin precedentes. ?Creo que el mundo va a unirse en torno a este tema. Allá donde mires, se desarrollan nuevas tecnologías más eficientes y baratas para generar energías renovables. Yo soy optimista. A largo plazo, lo lograremos?.

Luis Miguel Ariza

Etiquetas: cambio climáticoquímica

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