Secuenciado el genoma de la piña

El análisis ha revelado datos muy interesantes sobre esta fruta nativa de América del Sur.

El estudio de la compleja evolución de esta planta ha revelado que el genoma de la piña tiene al menos una duplicación de todo el genoma de las gramíneas. Esto significa que esta planta es la más idónea para analizar el conjunto de los cultivos de cereales, que comparten antepasado común con la piña.

 

Los investigadores de la Universidad de Illinois y otras instituciones involucradas en la secuenciación del genoma han descubierto también que, respecto a la fotosíntesis (proceso en el que las plantas con clorofila convierten la energía solar en energía química), la piña emplea una forma especial de fotosíntesis llamada metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM) que ha evolucionado de forma independiente respecto a más de 10.000 especies de plantas.

 

En este tipo especial de fotosíntesis, las plantas emplean tan solo el 20% del agua utilizada por el resto de plantas -de cultivo- que usan la fotosíntesis más extendida llamada C3. Esta particularidad les permite crecer en tierras áridas, en las que no podrían desarrollarse adecuadamente la mayoría de ellas.

 

Según han descubierto los científicos, esta fotosíntesis CAM viene regulada por los genes del reloj circadiano de las plantas que, al igual que el de los humanos, a las plantas les permiten diferenciar el día y la noche y ajustar así su metabolismo de la forma más idónea (cerrando los poros de sus hojas durante el día y abriéndolos por la noche), ayudándolas a perder la menor humedad posible en zonas con climas áridos y cálidos.

 

“Todas las plantas contienen los genes necesarios para la fotosíntesis CAM y la evolución de CAM simplemente requiere desviar a los caminos preexistentes”, explica Ray Ming, líder del trabajo.

 

Gracias a este avance, los científicos podrán llegar a desarrollar nuevas variedades, más productivas y más resistentes a la sequía de los cultivos esenciales para la humanidad.

 

El estudio ha sido publicado en la revista Nature Genetics.

 

Etiquetas: alimentacióncienciagenética

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