Pedro Duque: "Cuando se funde una colonia en Marte, espero que no todos hablen con acento de Texas"

A finales del mes de octubre, Pedro Duque habrá cumplido su sueño de viajar al espacio. Será uno de los 7 astronautas que vuelen en el Discovery para completar la misión STS-95. Mientras realiza en Houston los entrenamientos más intensivos, repasa cada uno de sus movimientos a bordo y estudia toda la microbiología que cae en sus manos, Duque ha tenido tiempo para conceder a MUY su última entrevista antes de partir.

-¿En qué va a consistir exactamente su misión?
-Durante el despegue, lo que llamamos fase de cohete, estaré sentado en la cabina con los dos pilotos y el ingeniero principal de vuelo. Allí realizaré trabajos de supervisión general de los sistemas de navegación, con especial atención en la red de comunicaciones. Como número 4 de la cabina, no tengo muchos botones que tocar aunque sí he de mirar en un montón de libros y apuntar todo lo que ha pasado para que cualquier problema tenga solución. Esta primera fase dura sólo 8 minutos y medio pero es la más crítica porque precisamente se trata del momento en que los cohetes tienen tendencia a explotar.

-¿Tan peligroso es?
-Bueno, existen unos valores razonables de riesgo que tienes que asumir. Hay un 2 por 100 de probabilidades de que el cohete no llegue a órbita y entre las causas de ello está que explote.

-Lo dice con cierto desdén...
-Hombre, lo que no debes permitir es que la sensación de riesgo condicione tu trabajo.

-En cualquier caso, en su cabeza seguro que ya está bien grabado todo lo que hay que hacer en caso de peligro.
-Sí. Aun así, ahora que estoy hablando con usted voy repasando todo paso a paso por si acaso.

-¿Una vez superada esta fase crítica y alcanzada la órbita, qué le toca hacer?
-Cuando ya nos encontremos en condiciones de microgravedad se entra en la llamada fase de conversión de cohete a nave espacial. Dos personas estamos destinadas a abrir las puertas para que los radiadores puedan expulsar el calor y desplegar la antena de comunicaciones con la Tierra. Yo después me ocupo de abrir el módulo Spacehab donde van la mayor parte de los experimentos científicos que tenemos que enchufar. Durante el vuelo tengo responsabilidades de mantenimiento y supervisión de los 19 ordenadores portátiles de abordo, ¡un nuevo récord! Y, si hubiera que realizar un paseo espacial para solucionar alguna avería, yo sería una de las dos personas que lo haría.

-Me imagino que esta última misión será la más atractiva.
-Los astronautas asignados para salir fuera del vehículo siempre nos enfrentamos a un curioso dilema. Por una parte no queremos que falle nada pero, por otra, esperas tener oportunidad de vivir un paseo espacial.

-A bordo hay un experimento español...
-Sí, uno totalmente diseñado por la Univesidad de Granada sobre la cristalización de proteínas. Está metido dentro de un aparato automático de la ESA y la única atención que le tengo que prestar es que siga funcionando. Todos estos aparatos están pensados para ser instalados en una estación espacial sin mucha interacción con los astronautas, así que son absolutamente automáticos.


-Nos queda la última fase de la misión: el vuelo de regreso.
-Es la llamada fase de avión. Durante ella, en vez de ir en la cabina voy en la parte de abajo y allí me toca ayudar a ponerse el traje a todo el mundo y cerrar la puerta que conecta con el módulo. También tengo que hacer un repaso final de los aparatos que hay que cambiar para convertir la nave espacial en avión.

-¿Le han contado otros astronautas qué se siente cuando uno está en el espacio?
-Por supuesto. Creo que es algo parecido a lo que se siente en un vuelo parabólico en el que los aspirantes a astronautas experimentamos la gravedad cero durante 22 segundos. Pero claro, 22 segundos no son 9 días. Nos han explicado que durante la fase de cohete, los motores se regulan para no producir más de 3 g de gravedad, pero se apagan de golpe. Así que primero estás presionado contra el asiento a 3 g y cuando se apagan los motores toda la fuerza elástica del respaldo te empuja hacia adelante contra los cinturones de seguridad (como si te dieran un golpe con un coche). Instantáneamente te encuentras en gravedad cero.

-A apenas unos días del lanzamiento, ¿qué es lo que más le preocupa de la misión?
-La responsabilidad que hemos asumido, sin duda. Hay cientos de miles de millones invertidos en el vuelo y en los experimentos que van a bordo. Cada uno de los 7 tripulantes toca a un montón de pesetas. Somos responsables de que todo funcione y de que se consigan los avances para la ciencia que hay previstos y en los que mucha gente ha puesto su dinero y su esfuerzo.

-En el equipo de la STS-95 irá con usted John Glenn, que ya ha cumplido los 75 años; hace unas semanas, regresó de la MIR el ex ministro de Yeltsin, Baturin, que no era precisamente un astronauta de carrera. Parece que cualquiera puede ir al espacio...
-Por lo menos es mucho más fácil que antes. Con la llegada de los shuttle, desde el punto de vista físico no se requieren unas condiciones extraordinarias para ir al espacio. Hay que tener una salud buena, eso sí, y probar que uno puede aguantar las 3 g de presión en el corazón. Pero el porcentaje de población que soportaría un viaje en el shuttle es 10 veces mayor que el porcentaje que aguantaría un viaje en el Apolo, por ejemplo.

-¿Un astronauta tiene tiempo para dedicarse a otras áreas de la ciencia?
-Cuando uno es astronauta está obligado a tocar de refilón muchas áreas de la ciencia, entre otras cosas, porque allí en el espacio todos somos ayudantes de laboratorio de decenas de universidades distintas. Tienes que aprender medicina, metalurgia, física, astrofísica...

-¿Y cuál es la que más le gusta?
-Todas; no le hago ascos a ningún artículo. Pero últimamente me interesa mucho la microbiología y la genética. Estoy encantado con el experimento español que llevamos en la misión: tratar de averiguar cómo son las estructuras de las proteínas que producen agentes patógenos. Estos estudios se hacen ahora en un ordenador, lo que supone un cambio fundamental en la forma en la que vemos la ciencia. Ya se ha pasado la era de ensayo y error. Antes la biología consistía en coger un poquito de esto y un poquito de lo otro, hacer que se lo tome fulanito y esperar a ver qué le pasa. Pero ahora se preparan las proteínas, se llevan al espacio para que cristalicen, se ponen con mucho cuidado en una máquina de rayos X que produce 40.000 CD-ROM de datos y la labor del científico consiste en analizarlos en un ordenador.


-¿Y no le parece una pena? ¿No ha perdido la profesión científica parte de su romanticismo?
-Al contrario. La gente no se da cuenta de la cantidad de ciencia que se puede hacer delante de un ordenador, analizando y comparando los datos. Creemos que lo bueno termina cuando acaba el experimento de campo pero, en realidad, no ha hecho más que empezar.

-Usted conoce bien Moscú. Me imagino que le apenarán las noticias que llegan desde allí sobre la descomposición de la economía rusa y, por ende, de su carrera espacial.
-Desde la distancia no sé exactamente cuánto hay de verdad en este drama anunciado. Si fuera tan triste como lo pintan sería una verdadera pena. Los rusos me han tratado muy bien, han sido muy amigos míos y me han enseñado todo lo que sabían del espacio. Se merecen seguir en vanguardia.

-Ahora desde Occidente sólo nos fijamos en la MIR cuando tiene un fallo. Pero pocos se acuerdan de los grandes éxitos de la industria espacial soviética y rusa.
-Poner estaciones espaciales en órbita ha costado muchos años. En el campo de la ingeniería eso supone muchos logros, desde los propios materiales con los que construyes el casco hasta la forma de protegerte de meteoritos o el desarrollo de lubricantes que puedan operar en el vacío. Todo eso se ha hecho en la Unión Soviética y ha sido continuado por Rusia y Ucrania. Hay mucho avance para la humanidad detrás de ello. La MIR se lanzó para durar 5 años y ya lleva más del doble. Lo raro sería que no se estropeara. Cuando esté en marcha la nueva Estación Espacial Internacional nos daremos cuenta de ello y volveremos a confiar en los rusos para preguntarles qué hacer.

-¿Siendo realista, qué papel le queda por jugar a España en el espacio?
-Uno muy bueno, sin duda. Lo único que nos falta es presupuesto. Con una quinta parte del dinero de la NASA hemos conseguido grandes logros. Lo único que los políticos españoles tienen que decidir es si les interesa a ellos también tener naves tripuladas por españoles y participar quizás en la aventura de ir a Marte.

-Hay quien opina que invertir en carrera espacial es un despilfarro.
-Me parece erróneo dar dinero para la carrera espacial y quitárselo a otras ciencias, lo que hay que hacer es dar más a la investigación en general. La inversión en ciencia es la única que realmente define el futuro de un país y de sus ciudadanos.

-¿Todavía tiene la ilusión de viajar a Marte?
-Bueno, cuanto más se retrase el viaje menos probabilidades tengo de ir ¿no? Pero si no soy yo será otro, no hay problema. Eso sí, me gustaría que la bandera que pongamos en Marte no sea la misma que se puso en la Luna. Y cuando se funde una colonia en el planeta rojo espero que no todos hablen con acento de Texas. Nuestros pueblos también se merecen expandirse por el universo tal como nos expandimos desde Europa hacia América.

Jorge Alcalde

Esta entrevista fue publicada en octubre de 1998, en el número 209 de MUY Interesante.

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