Nuestra barbilla, única entre todas las especies, es fruto de la evolución

¿Por qué los humanos modernos somos la única especie que tenemos barbilla o mentón? Según una investigación de la Universidad de Iowa, no se debe a la acción de fuerzas mecánicas, como masticar, sino a razones puramente evolutivas: a medida que nuestra cara se ha hecho más pequeña, ha tendido a exponer una prominencia ósea en la parte inferior de la cabeza.

 

Si se mira el cráneo de un primate o un neandertal y se compara con el humano moderno, se aprecia que a ellos les falta ese rasgo que nos define. “Aunque parezca una cuestión trivial, la barbilla resulta interesante porque ninguna otra especie la tiene”, dice Nathan Holton, uno de los autores del trabajo y experto en rasgos craneofaciales y mecánicos de la citada universidad.

 

Esa adaptación evolutiva que ha ido cambiando la forma y tamaño del rostro posiblemente esté relacionada con cambios en los niveles hormonales a medida que como especie nos fuimos volviendo más sociales y domesticados. Si este hallazgo se confirma, puede arrojar luz sobre el proceso de formación de ese rasgo distintivo.

 

Mediante análisis biomecánicos y mediciones faciales y craneales de 40 individuos, niños pequeños y adultos de diversas edades, el equipo de la Universidad de Iowa concluyó que la acción de fuerzas mecánicas como masticar no parece capaz de producir la resistencia necesaria para crear nuevos huesos en la mandíbula inferior.

 

Más bien se diría que la aparición del mentón en los humanos modernos se produjo por pura geometría. Al evolucionar desde los homínidos arcaicos a humanos modernos, el tamaño de la cara se redujo considerablemente –la nuestra es un 15 % más pequeña que la de los neandertales– y la barbilla quedó como una prominencia huesuda, el emblema adaptado en la parte inferior del rostro.

 

Robert Franciscus, antropólogo de la Universidad de Iowa, cree que la barbilla humana es un efecto secundario del cambio en nuestro estilo de vida, que se inició hace unos 80.000 años y se aceleró hace 20.000 años con la migración de los humanos modernos desde África.

 

Dado que estos evolucionaron a partir de grupos de cazadores-recolectores desconectados entre sí para ir poco a poco formando comunidades cooperativas más amplias y redes sociales de mayor alcance a lo largo del territorio, eso amplió sus formas de expresión artística y simbólica.

 

Los machos, en concreto, se volvieron más tranquilos, menos propensos a luchar incesantemente por el territorio y las pertenencias, y más partidarios de forjar alianzas e intercambiar bienes e ideas fructíferas para los individuos y el colectivo. Este cambio de actitud fue unido a un bajón de hormonas como la testosterona, lo que produjo alteraciones en la región craneofacial, impulsó la reducción de tamaño de la cabeza y propició la emergencia de la barbilla.

 

Según Franciscus, “para que la socialización fuera posible, los machos tenían que tolerarse unos a otros. Debían expresar curiosidad más que agresividad, y para eso está la arquitectura facial”.

 

Etiquetas: evoluciónhistoria

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