Murray Gell-Mann: "Si una teoría es bella, al final resulta útil"


Allá por los años cincuenta, en plena fiebre de las partículas nucleares, dos científicos neoyorquinos suscitaban con sus discusiones un inédito interés en el mundo de la ciencia. Según sus propias palabras, "le retorcíamos el rabo al cosmos". Y, por ello, ambos recibieron el Premio Nobel de Física.
Uno de aquellos sabios, Richard Feynman, murió en 1988. El otro, Murray Gell-Mann, se ha sentado a regañadientes a mi lado. Es una tarde soleada en la que empezamos hablando de España, de Sevilla, de bodas reales...  "Sí -me dice-, precisamente el año pasado, mi esposa y yo estuvimos con el príncipe Felipe en Estocolmo".

Charlamos en la Residencia de Estudiantes de Madrid, a donde el profesor Gell-Mann ha llegado bastante cansado y con más ganas de siesta que de entrevistas. Le acompaña su segunda esposa, la poetisa Marcia Southwick. En parte hay que agradecerle a ella que Gell-Mann acometiera la tarea de escribir su último y maravilloso libro, El quark y el jaguar. Como fue su inspiración,  le ha dedicado la obra. Para la dedicatoria, el físico ha elegido un poema de ella: "Es bueno para nosotros, el caos y el color, quiero decir."

Gell-Mann habla un español correcto y suave. Tanto que se le podría aplicar lo que él mismo dice del inglés de su padre, oriundo de Austria: "Sólo podría adivinarse que era extranjero porque, precisamente, nunca cometía errores". El profesor viene a España regularmente y vive en Santa Fe, Nuevo México, donde el español es lengua común. Pero, además, habla otros cuatro idiomas con un rigor tal que se ve obligado a corregir las erratas de las palabras francesas, italianas o españolas que aparecen en los menús de los restaurantes americanos.

Para comenzar por algo, quiero indagar cómo ha pasado estos treinta años, más o menos, transcurridos desde que descubrió el primer quark hasta que los científicos del Fermilab de Chicago hallaron el mágico quark top, el último ladrillo fundamental de la materia.
"Nosotros -dice- no descubrimos uno, sino los tres primeros quarks: el strange, el up y el down. Luego vinieron los demás."

La corrección me está bien empleada, porque la historia de este hallazgo es, probablemente, la más conocida de la ciencia del siglo XX. Hacia 1961 Gell-Mann ya proponía "ocho pliegos" para la clasificación de la partículas atómicas, que por entonces se descubrían con gran profusión. Más tarde, Gell-Mann sugirió que aquellas familias de partículas, a las que llamó hadrones, podrían estar compuestas por elementos todavía más pequeños. Con audaz toque literario, el físico bautizó a éstos últimos con el nombre de quarks, tomado del libro Finnegans Wake, de James Joyce: "Three quarks for Muster Mark". En realidad, es una palabra inventada por el autor irlandés que lo mismo podría significar "graznido" que "jarra".

Ya que estamos en ello, hablamos de su libro El quark y el jaguar, recientemente aparecido en español. Es una obra notable y muy polifacética que arranca de nuevo de una referencia literaria, un poema de Arthur Sze, amigo del autor: "El mundo del quark lo tiene todo para dar cuenta de un jaguar dando vueltas en la noche".

El quark, descubierto y bautizado por Gell-Mann, es la partícula más sencilla de la materia. Para él, al menos, resulta un concepto fácil una vez que se han hallado las leyes físicas que explican su comportamiento, es decir, sus "sabores" y sus "colores". El jaguar es un modelo ideal de la complejidad del mundo que nos rodea, especialmente de lo que el físico llama "sistemas complejos adaptativos" y que el autor no ha logrado todavía entender. ¿Cómo se deriva y construye el complejo jaguar del elemental quark? Eso es lo que intenta desentrañar la "ciencia emergente de la complejidad" que el profesor Gell-Mann llama plectics, de la raíz indoeuropea plek (pliegue). Con ese fin, él mismo fundó hace diez años el Instituto de Santa Fe, en el que trabaja desde que se retiró del Caltech, el Instituto de Tecnología de California.

"Los físicos -comenta- esperaban comprobar las peculiaridades de -este modelo estándar con el asombroso supercolisionador superconductor de Texas, pero sus aspiraciones se han visto frustradas porque el Congreso de los Estados Unidos ha recortado sus presupuestos. Ahora, la única esperanza es el acelerador del CERN."
Murray Gell-Mann nació en 1929. A los quince años consultó con su padre antes de ingresar en Yale; él quería estudiar arqueología o lingüística, pero su padre le dijo que con esos estudios se moriría de hambre y le insinuó la ingeniería. "Cualquier cosa que diseñase yo -confiesa jocosamente- se desmoronaría." El padre acabó aceptando que estudiase física.

Se graduó a los 21 años y desde entonces este polimatemático, del que se dice que no tiene especial talento para la física pero que es tan inteligente que nada se le resiste, ha tocado todos o casi todos los palillos del enrevesado concierto de la física de la materia: desde la electrodinámica cuántica al llamado modelo estándar. Gell-Mann ha dejado su impronta en la strangeness, el grupo de renormalización, la interacción V-A, el vector conservado, los ocho pliegos, el modelo quark, la cromodinámica cuántica e infinidad de hallazgos más de una profusa investigación teórica. Apenas hay centro en el que no haya estado, conferencia en la que no haya participado u hombre de ciencia con el que no haya discutido.

Se cuenta que en 1969, cuando le dieron el Premio Nobel, comentó con desdén que se trataba de "uno de esos premios suecos". Él mismo recuerda a propósito de la ceremonia de los Nobel algunas jugosas anécdotas. "En 1979,  el rey de Suecia cumplió con el protocolo sumido en una horrible confusión. Cada año, el monarca tiene que dar el brazo a la esposa del laureado de turno. Pues imagínese el desconcierto que sufrió  cuando mi amigo el físico pakistaní y musulmán Abdus Salam se presentó a recibir el premio con sus dos mujeres legítimas..."

A Gell-Mann le gusta desgranar curiosidades. Una de sus preferidas ocurrió en 1933, cuando Albert Einstein y el sismólogo Beno Gutenberg discutían tan animadamente sobre el tema de los terremotos que no se enteraron del que estaba sacudiendo el campus de Caltech en ese mismo momento.

Cuando le pido algunas perspectivas para la investigación científica actual, el profesor va enumerando varias, mientras hace gestos con las manos para indicar una suerte de tramos o etapas. Comienza, desde luego, por la física de partículas y sus grandes esperanzas en la teoría de las supercuerdas. Cuenta sus orígenes en 1971 y cómo, pareciéndole tan hermosa, tenía que servir para algo. "Si una teoría es bella -comenta-, al final resulta útil. Por eso invité a sus creadores, John Schwartz y André Neveu, a Caltech." Años más tarde llamaban "el cuarteto de cuerda de Princeton" a los cuatro físicos que anunciaron las supercuerdas heteróticas.

Gell-Mann continúa sus predicciones con la esperanza de hallar el bosón de Higgs, que alguno ha llamado ya "la partícula de Dios". Y desvela su interés por  el estudio de la mente o lo que más corrientemente se llama la consciencia.

En realidad su curiosidad no olvida casi ningún aspecto del profuso caudal de la ciencia: física teórica, cosmología, biología, genética, ecología, diversidad, informática, sistemas neuronales. Pero también le incumben la lingüística, el arte, la literatura, la economía y, en suma, las preocupaciones de un intelectual, de un auténtico humanista de nuestro -tiempo.

Y en la conversación aparece también algo muy en boga: un recorrido por la superstición, cuya "omnipresencia al lado de la ciencia" le incita a preguntarse si será un fenómeno "peculiar de los seres humanos".
Sus divagaciones sobre mitos, creencias y modelos artísticos le llevan a interesantes conclusiones respecto a su teoría de la complejidad adaptativa. Así, la pseudociencia es para él "la disociación entre la creencia y la evidencia".

Y a este respecto cita un curioso caso en el que la creencia ha de aceptar lo evidente, por muy difícil que parezca de "tragar". El de Arthur Lintgen, un físico de Pennsylvania que presumía de leer los microsurcos de un disco e identificar la música, el compositor y hasta el intérprete. Se le sometió a las más rigurosas pruebas y era verdad: el hombre distinguió dos versiones de La consagración de la primavera de Stravinsky, el Bolero de Ravel, la Sexta sinfonía de Beethoven y hasta una canción del cantante de rock duro Alice Cooper, que calificó como un "guirigay". No había ocurrido nada milagroso, por supuesto: la información estaba allí, en las escarificaciones del microsurco.

Quiero provocarle un poco y le digo que, en resumen, todo está previsto. Pero me acalla con vehemencia: "Yo no he dicho nada de eso. ¡Goodbye!"
Y se va a gozar de su merecida siesta.


Celso Collazo

 

Esta entrevista fue publicada en junio de1995, en el número 169 de MUY Interesante

 



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