Mentes maravillosas: Stephen, el cascarrabias

Tenía un pronto temible, pero el paleontólogo Stephen Jay Gould supo iluminarnos sobre la fascinante complejidad de la vida y el lugar -modesto- que ocupa el ser humano en su jerarquía.

"No hay propósito en la evolución. No estamos yendo hacia algo cada vez más grande". No he olvidado nunca sus palabras. Su carácter era deslumbrante y quisquilloso a la vez. No le importaba elevar su voz ronca de vez en cuando. Tenía previsto entrevistarle antes de cenar en el rocambolesco despacho que tenía en la Universidad de Harvard.

¿Rocambolesco? Utilizaba un sillón deshilachado que no te esperabas en el lugar donde trabajaba quien era considerado el primer paleontólogo del mundo. Su recinto estaba repleto de fósiles tirados por el suelo o, en el mejor de los casos, arrojados en cajas de cartón supuestamente ordenadas. Durante los cinco primeros minutos de la entrevista rubricó cada una de mis preguntas con un sí o un no rotundos; no había manera de iniciar una conversación seria. Los cámaras que grababan la entrevista, el realizador y yo mismo sabíamos muy bien a qué se debía el mal humor incontenible del coloso.

Su secretaria de origen colombiano nos anunció 60 minutos antes de la hora inicialmente prevista para el encuentro que el catedrático estaba en la obligación de cancelarlo porque una tormenta en Nueva York le había impedido llegar a tiempo aquella tarde a Boston. "Déjenme que lo intente arreglar con él", dijo la ayudante. La idea era convencerle, cuando llegara muy temprano al día siguiente, de que nos concediera la entrevista entre dos clases a media mañana.

Nuestra amiga colombiana al final no pudo consultárselo, pero corrió con el riesgo. Y perdió la partida. Stephen Jay Gould montó en cólera cuando descubrió las dos cámaras sincronizadas en su despacho nada más llegar. Por un pelo no las sacó a patadas; yo oía sus gritos desde el pasillo a medida que me iba acercando a los personajes rodeados de fósiles. Nada extraño que sus primeras respuestas fueran monosilábicas y que llegaran a mis oídos envueltas en cólera.

Pero Stephen Jay Gould, el paleontólgo que más sabía de la vida de los primeros organismos en este mundo, se fue calmando a medida que profundizábamos en el conocimiento de lo que ocurrió hace 500 millones de años. No podía explicar el porqué de la explosión de vida, belleza y diversidad que se produjo en el periodo Cámbrico, pero lo describió como nadie. Lo que pasó entonces era lo único que le interesaba. Es cierto que la vida había empezado varios miles de millones de años atrás, pero no se caracterizaba ni por su esplendor ni por su sofisticación ni, desde luego, por su propósito hasta aquel big bang. Se necesitó tiempo, mucho tiempo, para que se fueran multiplicando las interrelaciones que serían responsables de que definiéramos la vida humana como una equivocación; algo asombrosamente complejo que rozaba el caos.

Paradójicamente, su capacidad para apreciar la belleza y la complejidad no le había hecho olvidar algo en lo que la mayoría de los humanos no se fijaba. "Nosotros podríamos sucumbir y desaparecer en un holocausto nuclear sin que se viera seriamente afectada la diversidad y proliferación de las especies de insectos", me susurró cuando su enfado por los cambios impuestos a su agenda ya no eran más que un recuerdo.

Para Stephen Jay Gould -murió años después, en 2002-, no habíamos salido todavía, ni era probable que lo hiciéramos en el futuro previsible, de la era de los artrópodos. Seguíamos siendo la última gota de la última ola del inmenso océano cósmico; tenía muy clara la perspectiva del tiempo. La inmensa mayoría de los organismos vivientes han conservado un nivel sorprendente de simplicidad, como las bacterias. Y no les ha ido tan mal.

Eduardo Punset, divulgador científico

Etiquetas: anécdotas

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