Mentes maravillosas: Lawrence Parsons nos enseña a bailar

punset-interiorartculo¿Por qué somos el único animal danzante? A contestar esta y otras preguntas relacionadas con el aprendizaje de habilidades rítmicas se dedica Lawrence Parsons, un neurólogo que marca la pauta.

Alto y delgado. Desgarbado. Neurólogo cognitivo afincado en Sheffield (Gran Bretaña), redondeó su preparación en universidades californianas y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Lawrence Parsons es condenadamente feo -mujeres habrá que piensen lo contrario-, pero me deslumbró. A él no le preocupaba, al contrario del resto de los homínidos, cuándo se acabaría la crisis. Estaba en otra cosa. Me reveló el secreto de por qué cuando oigo música me encanta mecerme a su ritmo y seguir el compás con la cabeza y hasta el cuerpo si no me mira nadie. Parsons se ha pasado años indagando las razones por las cuales somos la única especie conocida que baila. ¿De dónde nos viene eso? ¿Por qué no hay otros mamíferos que también lo hagan, a los que les guste cantar en grupo o contar historias?

Acaban de descubrir que algunos pájaros domesticados pueden aprender a esbozar lo que podríamos llamar una danza. Pero está muy lejos de parecerse a la sincronización emocional que se produce en los humanos cuando siguen el ritmo. En nuestro caso, ahora sabemos que el baile genera un grado de cohesión social que nos ayuda a sobrevivir. En el pool general de genes son mayoritarios los que saben danzar y entonar canciones. Si te emociona y sigues la música, vives más.

Lawrence es también uno de los primeros expertos mundiales en los procesos del aprendizaje -no me refiero esta vez al social y emocional, aunque algo tiene que ver con ello- de los músicos, atletas y artistas. Fue él quien me descubrió que un antiguo consejo del dirigente comunista francés Maurice Thorez (1900-1964) tenía su equivalente en el mundo de las emociones y el aprendizaje. Como saben mis lectores -me lo han leído u oído recordar en muchas ocasiones-, el que fue durante años secretario general del Partido Comunista me dijo un día: "Hay que estar delante de las masas, pero no demasiado si no quieres encontrarte solo y gesticulando". Pues bien, lo mismo les dice 50 años después el neurólogo Lawrence Parsons a sus alumnos vinculados al mundo del ritmo y de la danza: actrices que deben tener la suficiente empatía para representar el papel de otros, atletas que no pueden dejar que la emoción controle su mecanismo sensomotor y músicos que no deben olvidar los compases estructurados.

Resulta evidente, aunque no sea consciente de ello casi nadie, que en las profesiones citadas, pero también en el resto, uno no puede pasarse de la raya: es preciso conciliar la empatía y la emoción con la ejecución precisa del proyecto. Claro que los actores deben saber ponerse en el lugar del personaje que encarnan, que los atletas tienen que dar rienda suelta a sus ganas de llegar los primeros a la meta y que los músicos no pueden interpretar a Mozart sin introducirse en su mente alocada y rítmica a la vez. Pero no deben excederse. Lo que Lawrence les enseña a sus alumnos no tiene precio: emocionarse lo necesario para ganar, aunque sin perder el control de la ejecución de la obra.

¿Se acuerdan de las neuronas espejo? Esas células cerebrales permitieron a los primates sociales imitar al resto. Lawrence Parsons supo arrancar de este descubrimiento de los neurólogos italianos para ejercitar luego con sus músicos, atletas y actores lo que él ha llamado ensayo mental; es decir, la capacidad que tenemos de ensayar una danza, correr hacia una meta o interpretar un concierto mentalmente, sin mover un músculo. No necesitamos para nada ir a la sala de baile para aprender sevillanas, trasladarnos a un campo de atletismo para mejorar la marca de los cien metros o tener el violín a mano para tocar mejor.

Eduardo Punset

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