Lee Smolin: "Puede que haya otros universos mejores que el nuestro"

Si hubiera una posibilidad de que Darwin se reencarnara en la piel de un físico teórico, el resultado no podría ser otro que Lee Smolin. Desde su laboratorio de la Universidad de Pennsylvania, este científico polémico y tímido piensa en la selección natural, en las leyes de la evolución y en la adaptación darwinista desde un punto de vista muy peculiar: en lugar de aplicar sus ideas a simios, aves o galápagos, las utiliza para estudiar las galaxias, las partículas y las constantes físicas del cosmos.
-¿Quiere eso decir que, para usted, las galaxias son como seres vivos?
-Creo que las galaxias son sistemas que se autoorganizan espontáneamente según unos procesos que se parecen a los procesos vivos. Así que podemos decir que el universo se asemeja mucho a un sistema biológico. Pero, por supuesto, no pienso que las estrellas estén vivas.

-Las semejanzas llegan hasta tal punto que, según sus teorías, podrían aplicarse a las galaxias las propias leyes de la selección natural...
-Bueno, es una hipótesis. Creo que es posible construir una teoría según la cual el universo que vemos a nuestro alrededor y que nació del Big Bang es parte de una población de otros muchos universos. Y algunos de ellos pueden proceder de universos previos como ocurre con las especies animales. En esta concepción del cosmos, las galaxias se autoorganizan, se reproducen y sufren mutaciones y selecciones.

-¿Y cómo llega usted a esta conclusión?
-Sencillamente, me parece que el único principio lo bastante poderoso como para explicar el alto grado de autoorganización del cosmos es la selección natural. Mejor que pensar en que el azar es la causa del estado actual del universo, prefiero buscar un mecanismo por el que las leyes de Darwin se puedan hacer extensibles a las estrellas.

-¿Cuál puede ser ese mecanismo?
-La clave está en el número de agujeros negros que habitan un universo. Cuantos más agujeros negros existan, más probabilidades tiene el cosmos de reproducirse y de dominar a sus competidores.

-¿O sea, que igual que la selección natural se puede ejercer sobre los genes, la selección de los universos funciona sobre los agujeros negros?
-Algo así. Las propiedades de las partículas y fuerzas se seleccionan para lograr el mayor número de agujeros negros. Entonces podríamos comparar a los universos con animales y a las propiedades de la física con los genes portadores de la selección.

-Será consciente de que esta idea no es aceptada por muchos científicos...
-Lo sé, pero me da igual. Para mí, lo importante es que pronto las hipótesis sobre la autoorganización a nivel astronómico serán comúnmente aplaudidas. Sabemos que la vida se autoorganiza y no hay ninguna inteligencia exterior que insufle en ella dicho orden. Y creo que la cosmología también puede beneficiarse de este conocimiento.

-Si es así, existiría una relación directa entre el número de estrellas y la presencia de vida en el cosmos.
-Claro. Los componentes orgánicos básicos para la creación de la vida, como el carbono, son también imprescindibles para la formación de las estrellas y de los agujeros negros. Así que podríamos decir que si un universo crea un determinado número de estrellas -y, por lo tanto, unas ciertas probabilidades de que algunas de ellas colapsen-, y en ese universo existe vida, es gracias a las cantidades de productos básicos como el carbono que se dan en él. Si se modifican estas cantidades, el número de agujeros negros varía y las probabilidades de sostener vida también cambian. De esta forma, diríase que estamos aquí como consecuencia inevitable del propio proceso de creación de las galaxias.

-¿El hecho de que nuestro universo haya podido generar vida por ese proceso, quiere decir que es el mejor cosmos posible, el que mejor se ha adaptado?
-No sé si es el mejor, pero es uno bastante bueno, desde luego.

-¿Hay universos mejores?
-Sí, puede que haya otros universos mejores que el nuestro. Pero aquí la idea de mejor o peor se refiere a términos de física de partículas. Un universo más evolucionado, con mayor número de agujeros negros, sería un buen cosmos, pero no sería mejor para los seres humanos.

-La evolución de la vida en la Tierra ha dejado sus huellas en los fósiles. ¿Existen fósiles cósmicos que pudieran utilizarse como material de trabajo para confirmar sus teorías?
-Quizás tengamos fósiles a nivel astronómico. Por ejemplo, en la radiación cósmica de fondo, que nos da un patrón de la formación de la materia en los primeros instantes después del Big Bang.

-¡Y usted dice que todas estas cosas tan complicadas se le ocurren en su tiempo libre, mientras navega!
-Navegar es una práctica buenísima para no pensar, para estar en un estado de mente muy relajado y muy abierto. Así que es el momento en el que estás preparado para cambiar la forma en que has visto las cosas en el laboratorio.

-Algunos expertos opinan que los científicos de fin de siglo están tocando techo, que no hacen más que especular sobre ideas ya conocidas. Es lo que llaman el fenómeno del fin de la ciencia.
-En los últimos 15 años han pasado un montón de cosas buenas en la ciencia, en la tecnología, en la sociedad, en la política... Sin embargo, se ha implantado una especie de pesimismo académico, sobre todo en las universidades de Estados Unidos. Por eso han proliferado las voces que dicen que la física, la cosmología y la biología están llegando a sus límites. No estoy de acuerdo. Lo que pasa, simplemente, es que resulta imposible continuar el ritmo de revoluciones científicas que ha experimentado este siglo. Quizás estemos en un periodo de descanso, en un punto valle, pero no en proceso de decadencia.

-¿Ser físico teórico le permite jugar a filosofar de vez en cuando?
-Eso es una de las cosas que más me gustan de mi profesión. Algunos aspectos que antes pertenecían a la filosofía hoy han pasado al campo de la física. Por ejemplo, el espacio y el tiempo. En el fondo, los científicos somos gente con suerte: podemos jugar a lo que queramos durante toda la vida.

-¿Y usted es de los que creen en el matrimonio entre ciencia y filosofía?
-No sé si seré demasiado optimista, pero creo que la filosofía natural está renaciendo con base en tres principios que pueden aplicarse a todas las cosas: la evolución, la complejidad y la autoorganización. Todavía hay muchos humanistas que se enredan en la herencia de Nietzsche y crean cosmovisiones agonizantes y pesimistas. Pero lo que podemos aprender de la nueva ciencia y de la nueva filosofía es que el mundo no se va a acabar pronto, que todo evoluciona a mejor, que el siglo XXI va a ser una época- extraordinaria.

-Aprovechando que le gusta la filosofía... ¿Cómo se llevan los físicos teóricos con la idea de Dios?
-Creo que Dios no es un objetivo del estudio científico. Por mucho que sepamos, siempre habrá una pregunta sin responder. Y ese espacio de misterio inevitablemente invitará a cierto misticismo. Habrá siempre gente que encuentre un lugar para situar a Dios. Ante ello, los científicos debemos tomar una decisión ética. Uno tiene que elegir en qué escenario ético quiere trabajar. Para mí lo más correcto es que el investigador dé una respuesta a sus preguntas a partir de las evidencias científicas, dejando a Dios fuera del laboratorio, aunque crea en él.

-¿Cómo es la rutina diaria de un físico teórico?
-Primero le diré cómo debería ser: tendríamos que pasar parte del día haciendo investigación, jugando con las fórmulas matemáticas, pensando y, sobre todo, conversando con otras muchas personas. La física teórica es una disciplina muy social. Nos gusta mucho hablar unos con otros, ir a conferencias y reuniones, escuchar al otro e intercambiar ideas que no se pueden plasmar en informes y artículos.
Sin embargo, la realidad de nuestra rutina es muy distinta. La mayoría de los físicos trabajamos para una universidad y esto quiere decir que tienes que enseñar. Por mucho que te guste la docencia, y a mí me gusta, ser profesor es una lata. Tienes que hacer otros trabajos administrativos y burocráticos, buscar dinero para tu departamento... Creo que las autoridades científicas, al menos en Estados Unidos, tienen un gran reto para el futuro: reorganizar los métodos de investigación, porque un científico dedica hoy demasiado tiempo a tareas que no son puramente ciencia.

-¿Por qué hay tan pocas mujeres en física teórica?
-Ésa es una gran pregunta. Es cierto que debería haber más. Pero me temo que no puedo contestarle... Para ser un buen científico hay que saber decir "no sé" a tiempo.
Pero bueno, intentaré responder. Es evidente que en física -teórica no hay nada que haga mejores a los hombres o a las mujeres. Por supuesto no somos todos iguales y cada uno tiene sus talentos especiales: algunos son mejores en las relaciones espaciales y otros en la especulación. Pero esas diferencias no tienen que ver con el sexo. Me temo que hay mucha discriminación y bastante machismo soterrado entre los físicos. Una amiga mía enseña física en la universidad y ha detectado que mientras sus alumnos son capaces de defender con uñas y dientes sus teorías aunque sean erróneas, las alumnas siempre creen que sus ideas no son acertadas aunque, en realidad, sean brillantes.

-¿Se puede beneficiar la física teórica del boom de la investigación espacial con las misiones a Marte o los proyectos de nuevos viajes tripulados?
-No lo sé. No soy un experto en exploración espacial. Es evidente que la nueva política de la NASA de proyectar misiones cada vez más pequeñas y baratas nos permitirá hacer descubrimientos apasionantes. Pero creo que se podrían hacer aún más cosas. El coste de la exploración espacial y de la ciencia en general es ridículo comparado con el presupuesto militar. Cada vez que se recorta el presupuesto del ejército unos dólares, en la ciencia se hacen cortes dramáticos que casi nos arruinan. Hay una gran laguna entre las fascinantes posibilidades del momento y la fascinación que sienten los políticos sobre la ciencia en época de elecciones. Un político tiene que tomar decisiones a corto plazo, pero la ciencia es una inversión lenta que requiere paciencia, estrategias globales y plazos más largos.

Jorge Alcalde

Esta entrevista fue publicada en noviembre de 1997, en el número 198 de MUY Interesante.

 

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