La cola del estegosaurio, un arma letal

A finales del Jurásico, hace unos 150 millones de años, los estegosaurios no pasaban precisamente inadvertidos. Aunque estos dinosaurios no eran demasiado grandes en comparación con algunos de sus primos –los adultos rondaban los cuatro metros de alto y podían alcanzar nueve de largo–, poseían unas distintivas placas óseas y espinas que recorrían su espalda y remataban su cola, respectivamente.

 

Distintos estudios sostienen que estos herbívoros, que se alimentaban sobre todo de frutos, musgo y helechos, podían emplear esas láminas dorsales para protegerse, regular su temperatura corporal e incluso como una especie de sistema de advertencia, ya que, según parece, estas podían adquirir una intensa coloración si el animal se sentía amenazado.



No obstante, las púas de su cola no han merecido tanta atención y, en general, se ha venido dando por hecho que se utilizaban como defensa. Ahora, un equipo de paleontólogos apunta que también podían ser armas mortíferas. Así lo demuestra el rastro de una herida fatal que una de estas piezas dejó en el hueso púbico de un alosaurio, un gran depredador de tamaño parecido al del estegosaurio que salió mal parado en un enfrentamiento con uno de ellos. Es más, los expertos han concluido que para infligir tal daño, el estegosaurio debía tener un manejo muy preciso de la extremidad.



Robert Bakker, un conocido paleontólogo del Museo de Ciencias Naturales de Houston, que ha participado en el estudio –este fue presentado durante la última reunión de la Sociedad Geológica de América, en Vancouver–, señala que “la herida provocó una tremenda infección que se extendió muy rápidamente por los intestinos y los órganos reproductores del alosaurio”. El tejido óseo de este terópodo no muestra signos de curación, por lo que debió morir poco después del choque. “Los estegosaurios no poseían un gran cerebro, pero estaban provistos de fuertes músculos a lo largo de la cola, que era muy flexible y podían controlar hasta la punta”, destaca Bakker.

 

Foto: Robert Bakker

Etiquetas: Jurásicociencia

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