La ciencia en el Quijote. Astros desde La Mancha



De qué temes cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abun¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla como un archiduque por el sesgo curso deste agradable río de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? (...) Si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera lo que hemos caminado: aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado o pasaremos presto la línea equinoccial que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia.?


Marinero experto

Realidad y ficción virtual
Dentro de los actos celebrados en el reciente Foro Universal de las Culturas en Barcelona, tuvo lugar un diálogo titulado El Quijote y el pensamiento moderno. En el acto, se desgranaron algunas ideas interesantes sobre la dimensión ética de la obra, sus interpretaciones políticas e ideológicas y su relación con la ciencia. Los participantes estuvieron de acuerdo en destacar que la novela ofrece una visión humanística entroncada en un concepto de clara modernidad. Pero las aportaciones más originales giraron en torno a la ciencia. Según algunos de los ponentes, el Quijote no sólo refleja los avances tecnológicos de la época en medicina y astronomía, por ejemplo, sino que vislumbra productos tecnológicos que aparecerían siglos después. Según el filosofo del CSIC Javier Echeverría, "Don Quijote es un habitante de la telépolis moderna ya que sus aventuras se desarrollan en un entorno de realidad virtual".En mitad de la aventura del barco encantado (segunda parte, capítulo XXIX), una imagen típica de las novelas de caballería en la que Quijote y Sancho son "abducidos" por un barco fantasmal que habrá de transportarles a lugares comíticos, el hidalgo parece querer epatar a su escudero con sus doctos conocimientos de navegación y astronomía. Don Quijote, navegante de las anchas tierras de castilla a lomos de un jaco feble, pasa por ser un experto marinero capaz de sacar del uso del astrolabio informaciones valiosas de cartografía celeste. En realidad, el triste caballero intenta calmar al terrenal Sancho, que llora desconsolado ante la aventura de introducir sus posaderas en la ilusoria nave.

¿Era Don Quijote conocedor de la ciencia de la astronomía? ¿Qué sabía Cervantes de astros y constelaciones? ¿Hasta qué punto estos conocimientos cobraron importancia en la España de los siglos XVI y XVII?

La lectura detenida de El Quijote nos arroja algunas pistas. El afamado prólogo de la obra, escrito en 1604, cuando Cervantes acaba de revisar el libro, expone con paródica intención una supuesta discusión entre el autor y un amigo imaginario que le sirve al primero para lanzar una sátira punzante, probablemente, contra Lope de Vega. Las palabras del amigo recogen una serie de graciosos adornos que han de acompañar a toda obra y poeta que se precien. Uno de ellos es el siguiente: "Para mostraros hombre erudito en letras y cosmógrafo, haced de modo que en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra forma de anotación poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas, tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano". Para Cervantes, pareciera que el recurso a la cosmografía supone una crítica a cierta petulancia sabihonda de los que gustan de citar fuentes y abarrotar sus textos de referencias cultas.


Ciencia de moda

Ciertamente esta ciencia podría encontrarse entre las ramas del saber "de moda" en los albores del XVII. La cosmografía -descripción del universo, tanto de la Tierra como de los planetas y estrellas- se estudiaba en la Facultad de Artes dentro del currículo de los stutia humanitatis o estudios de humanidades. Es decir de lo que hoy llamaríamos "letras".

En el mismo prólogo, Cervantes advierte que su obra no necesitaría adorno erudito alguno, ya que no es más que una invectiva contra los libros de caballería de los que "nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón, ni caen debajo (...) de las observaciones de la astrología". En este caso, astrología ha de entenderse como astronomía y vuelve a exponerse como saber elevado opuesto con la naturalidad espontánea de las obras populares. Sin embargo, en la vida real, la astronomía se hallaba en trance de alcanzar una de sus primeras edades doradas. El estudio de los astros, es evidente, resulta una de las ciencias más antiguas. Aún así, durante miles de años, los que la practicaban hubieron de hacerlo a ojo desnudo, sin ayuda de más instrumentos que su ingenio y paciencia.


Galileo en marcha

Navegando por la pseudociencia 
Ante una pregunta de Sancho sobre el trecho recorrido tras una singladura en el barco encantado, Alonso Quijano responde: "Mucho habremos recorrido, porque de los trescientos y sesenta grados que contiene el globo del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado". Sancho ríe ante el nombre del sabio y reconoce que le recuerda a un amigo suyo "puto y gafo", es decir, contrahecho, que, además es "meón". Don Quijote, comprensivo, cambia de tercio y cuenta que uno de los signos que delatan que se ha pasado la línea equinoccial es que a los viajeros se les mueren de repente todos los piojos. Se trata, sin duda, de un bello diálogo entre el saber científico y el popular que, como tantas veces ocurre, acaba con el divertido relato de una patraña sin fundamento científico.A pesar de ello, siglos antes de la Era Cristiana, los astrónomos sabían que la Tierra era esférica y midieron el tamaño de nuestro planeta. En el siglo VII se conocía ya la inclinación del eje terrestre con una aproximación de menos de un minuto de arco y se estableció con cierta exactitud la duración de un fenómeno tan complejo como la precesión de los equinoccios, el leve cabeceo del eje de la Tierra en ciclos de 25.800 años. Los científicos miraban al cielo utilizando como referencia grandes observatorios estáticos, desde las piedras de Stonehenge hasta edificios religiosos, como las catedrales, en las que practicaban orificios y ventanas para observar el tránsito de los objetos celestes. Pero carecían de instrumentos de ampliación adecuados.

En 1609, sólo cuatro años después de la publicación del Quijote, Galileo escribía a su cuñado, Benedetto Landucci: "sabrás que hace casi dos meses corrió por aquí el rumor de que habían enseñado un anteojo al Conde Mauricio, en Flandes. El artilugio está construido de tal forma que hace aparecer muy cercanos los objetos distantes, de manera que se puede ver claramente a un hombre a una distancia de dos millas". Aquel anteojo fue la fuente de inspiración para que Galileo diseñara su primer telescopio: una lente de 5 centímetros de diámetro que daba sólo 30 aumentos pero que le sirvió al astrónomo italiano para descubrir, entre otras cosas, las montañas de la Luna, las fases de Venus, cuatro satélites de Júpiter, los anillos de Saturno, las manchas solares y la estructura de la Vía Láctea.

A menudo se ha calificado este avance como "el descubrimiento de América en la astronomía". No en vano, Galileo ensanchó el mundo de la observación cosmográfica de modo similar a cómo Colón amplió las fronteras geográficas. A Cervantes le toco vivir la época gloriosa que devino entre ambos hitos y, por lo tanto, no es extraño que pudiera quedar impresionado por los descubrimientos que el saber astronómico, confundido todavía con el astrológico, iba desgranando.


Números y cálculos

Pero no es ésta la única ciencia básica que menciona el autor en su celebrada obra. En un reciente trabajo titulado Cervantes, Don Quijote y las matemáticas, Luis Balbuena, profesor de Matemáticas en La Laguna, recoge varias citas en las que el autor menciona esta ciencia de los números. En el capítulo XXXIII de la primera parte, donde se prosigue el relato de la novela El curioso impenitente se cuenta que "a los moros no se les puede dar a entender el error de su secta con acotaciones de la Santa Escritura, (...) sino que se les ha de traer ejemplos palpables, fáciles, inteligibles, demostrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar". Aparte de reconocer una cierta virtud instructiva en el método científico sobre el pensamiento religioso, el autor confiere en este párrafo a la matemática un innegable valor de contener verdades irrefutables. Más adelante, ya en la segunda parte (capítulo XVIII) Don Quijote hace un pormenorizado relato de los conocimientos que han de atesorar quienes se dediquen a la "ciencia de la caballería andante". El que la profesa ha de ser jurisperito, teólogo, médico y herbolario, astrólogo (una vez más, la confusión con la astronomía) "para conocer por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en qué parte y en qué clima del mundo se halla", y "ha de saber de matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas..."

Del arte de curar... o enfermar
Probablemente, la ciencia que más terminología ha arrojado al Quijote es la que tiene que ver con la salud, las curaciones, los medicamentos, los boticarios... La lista de palabras de jerga médico que se emplean es interminable: aceites, aguas, bálsamos, brebajes, cuaterios, ensalmos, emplastos, lenitivos, mixturas, recetas, redomas, romero, sangrías, ungüentos... Sin duda, el producto más afamado de la farmacopea cervantina es el Bálsamo de Fierabrás, cuya confección y propiedades relata el autor con todo lujo de detalles. Fierabrás era un gitante converso que obsequió a Oliveros con un bálsamo capaz de curar todas las heridas. Don Quijote quiere reconstruir la fórmula del bálsamo utilizando romero, aceite, sal y vino. El caballero toma tal cantidad de este salutífero que sufre una horrenda indisposición.Pero, probablemente, uno de los pasajes más significativos en este sentido es la disertación de Don Quijote defendiendo la existencia de los gigantes ante el cura y el barbero. El hidalgo está convencido de la existencia de tales seres y, cuando es preguntado socarronamente sobre su tamaño, responde: "en esto de gigantes hay diferentes opiniones si los ha habido o no en el mundo, pero la Santa Escritura, que no puede faltar a la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel filisteazo de Golías (Goliat) que tiene siete codos y medio de altura. También en la isla de Sicilia se han hallado canillas y espaldas tan grandes que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres, que la geometría saca esta verdad de duda".


Dos ciencias en una

Este párrafo no deja de tener un fascinante regusto a ciencia moderna. Obsérvese que el caballero nos ilustra sobre las virtudes de la geometría para componer espacios a partir de porciones pequeñas, por ejemplo, para determinar la altura de un gigante a partir del tamaño de un resto de pierna. Pero lo que más puede agradar a los ojos de un amante actual de la divulgación científica es el juego de poner en relación este dato con un episodio científico del que estamos acostumbrados a tener noticias en este siglo XXI. La imagen de una expedición que encuentra los restos óseos de un gigante, un trozo de "canilla", un fragmento de columna vertebral... y extrae de tan escasa información el historial completo del ser que los portó hace, quizás, miles de años.


Primer Parque Jurásico

¿No es la historia de los gigantes de Sicilia deliciosamente parecida a la labor que hoy realizan los paleontólogos? ¿No sería divertido sustituir los monstruos de apariencia humana altos como torres por ejemplares de tiranosuario e imaginarnos en la mente del ingenioso hidalgo una escena precursora de todo un Parque Jurásico?

Cervantes no debió gozar de una amplia formación matemática, si tenemos en cuenta sus datos biográficos y las características propias de la educación para un hombre de su estatus y de su época. Sin embargo, parece sentir una cierta fascinación por algunos números, sobre todo en cuanto los utiliza, a menudo, como medida de la belleza y la virtud. A Dulcinea la adornan "mil millones de gracias", el ejército al que venció Felixmarte de Hircania contaba con "un millones y seiscientos mil" soldados, y el hidalgo, imitando a Amadís de Gaula, se encierra a rezar nada más y nada menos que "un millón de veces".

Parece que el autor tenía cierta tendencia a dejarse fascinar por los grandes números, en una época en que las distancias y los volúmenes no eran lo que hoy son. ¡Cómo habría disfrutado de vasta cosmología moderna!


Jorge Alcalde y Enrique M. Coperías La ciencia en el Quijote. Astros desde La Mancha

Etiquetas: astronomía

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