KARY MULLIS


Posiblemente, Kary Mullis sea el científico menos convencional de cuantos han recibido el Premio Nobel. Es excéntrico, vehemente y descarado. Se deja retratar en las revistas científicas vestido de surfista, no siente ningún empacho en proclamar a los cuatro vientos su original visión del mundo y jamás se ha avergonzado de su condición de afamado bebedor. Inventó la técnica de la PCR (reacción en cadena de la polimerasa) mientras discutía en el coche con su novia, y hoy su hallazgo se encuentra en el catálogo de los avances más influyentes de la historia de la ciencia. Pero del mismo modo que es capaz de cambiar el mundo de la química con su creatividad desbordante, también lo es de agotar todo el tequila que puedan servirle tras una conferencia y de hacer proposiciones sexuales a la primera periodista que se acerque para entrevistarle.
Recientemente, su imagen ha vuelto a ser puesta en la picota: él mismo ha cuestionado la validez de sus propias teorías, ha sembrado ciertas dudas sobre la eficacia de la PCR y se ha atrevido a discrepar con las teorías establecidas sobre el origen vírico del sida. "El VIH (virus de inmunodeficiencia humana) es inofensivo -dice-, aunque ha sido utilizado como una advertencia para aquellos a quienes les gusta vivir la vida al límite. El 90 por 100 de los enfermos de sida tienen el VIH, es cierto, pero la mayoría de los portadores del virus no llegan a morir nunca de sida. En realidad, enferman y mueren a causa del AZT que se les suministra."
Así es Kary Mullis: provocador, poco ortodoxo, polémico y, sobre todo, inquieto. Ahora ha decidido dejar el mundo de la ciencia y dedicarse a su tercera pasión después de las mujeres y el surf: escribir novelas.


-Los científicos no suelen ser tan extravertidos, ni dedicarse a tantas disciplinas como usted. ¿De dónde surge su creatividad?
-Si se nos pone en una situación en la que la creatividad puede ser beneficiosa para nosotros, todos terminaremos siendo creativos. De hecho, pienso que la creatividad es el estado natural del ser humano. Todas las situaciones en las que la creatividad sea gratificada tendrán éxito. Lo que ocurre es que no nos gusta demostrar que somos demasiado originales, porque eso nos conduce al individualismo y a desdeñar las normas establecidas. En realidad, la creatividad es un acto antisocial. Es difícil establecer cuánta originalidad exige una sociedad y cuánta está dispuesta a aceptar. En Japón, por ejemplo, a los niños no se les premia por ser creativos. No hallan ningún beneficio en serlo. Claro que, teniendo en cuenta que están atrapados en una pequeña isla, no creo que los mandamases quieran que haya gente muy imaginativa... Sin embargo, es fácil tener ideas en Estados Unidos, porque aquí nadie te castiga por ello. Generalmente, eres recompensado..., a no ser que te encuentres con la profesora de lengua que yo tuve en el instituto.


-¿Qué le ocurrió con ella?
-Era una de esas maestras que opinan que la mejor manera de enseñar a los niños a hablar y escribir es hacerles analizar cientos de oraciones. Me pasé todo el curso intentando hacerle ver -a veces demasiado vehementemente- que ésa no era la forma en la que la gente corriente piensa y habla. En realidad, la gente no habla con oraciones lógicas. Imagínese que alguien elige una frase de Hemingway y dice: "Analíceme esto". Todos sabemos lo que quiere decir, pero la poesía no es analizable.

 

 

?O sea, que usted en la infancia era más creativo que sus profesores...
-No, eso sólo me pasó con algunos. Mi primera profesora de química, por ejemplo, podría decirle ahora que yo era un alumno ideal en su asignatura. Pensaba que me interesaba mucho la química, pero eso era porque ella nos dejaba hacer lo que quisiéramos en el laboratorio. Estaba allí mirando, pero no vigi-laba lo que hacíamos. De hecho, es posible que muchas veces no llegara ni a entender lo que estábamos haciendo.


-¿Y qué hacían?
-Principalmente, estábamos interesados en fabricar plásticos. Era divertido. Llegamos a crear nuestras propias normas de seguridad. Los químicos no mueren más jóvenes que el resto de la gente. Todo el negocio de la seguridad en los labo-ratorios químicos es excesivo. En realidad, muchas sustancias no son nocivas, y casi todas ellas se comercializan con una hojita de instrucciones de uso. Es una obligación por ley. Si encargas cloruro sódico, lo recibirás con una nota en la que te advierten sobre cómo limpiar una mancha de cloruro sódico. Es decir, que para verter un poco de sal se supone que tienes que ponerte unos guantes y unas gafas protectoras. Cuando yo era niño, los productos químicos eran simplemente cosas que usaban los químicos. No se consideraban una amenaza pública ni un peligro para los niños que jugaban con ellos. Aunque podrían haberlo sido, pues podríamos haber volado mezclando zinc y azufre o cosas así. Pero los niños, si se les deja a su aire, suelen tener el suficiente sentido común para no hacer esas cosas.


-Saltarse las reglas es algo muy importante para la mayoría de los adolescentes. ¿Era importante para usted ser como todos los demás?
-Me daba igual. Nunca he tenido una idea clara de cómo debo comportarme en cada situación particular. En cualquier caso, ser un adolescente siempre resulta difícil. Ahora me siento mucho mejor de lo que me he sentido durante todos esos años. Siempre supe que era creativo, porque me gustaba buscar soluciones a problemas reales. Jugar al ajedrez no me interesa nada. Pero si veo un problema y quiero saber la solución, puedo llegar hasta las últimas consecuencias.


-¿Y la comunidad científica acoge bien a la gente creativa y original?
-No. Hay un tremendo conservadurismo en el mundo de la ciencia. De hecho, puedes decir que has conseguido algo creativo cuando revistas tan prestigiosas como Nature y Science rechazan tu trabajo. Eso le pasó a la PCR.


-Su hermano mayor, Brent, estudió en el Instituto de Tecnología de Georgia (Georgia Tech). ¿Influyó esto en su decisión de ir allí también?
-Seguro. Pero casi no voy a Georgia. Estuve a punto de ir al MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets). Fui entrevistado por un alumno de allí y me dijo: "Pienso que no debías ser admitido en el MIT, y voy a recomendar que no lo hagan. Sería mejor que fueras a Princeton, Harvard o algo así y te convirtieras en un escritor. Creo que tienes más cualidades de novelista que de científico". Ahora, después de 30 años dedicándome a la química, estoy preparado para escribir. Aquel estudiante terminó teniendo razón, pero se equivocó en aquel momento, porque con sólo 20 años yo no tenía nada sobre lo que escribir.


-¿Qué otros recuerdos tiene de su paso por Georgia?
-En Georgia Tech solamente había una filosofía que seguir: el po-sitivismo materialista o comoquiera que lo llamaran, un concepto del siglo XIX. Eso estaba muy bien para ciertas cosas -para saber cómo debes construir un puente o cómo debes fabricar un motor- y estoy muy orgulloso de haberme iniciado en ese tipo de pensamientos. Pero cuando me fui de allí me di cuenta de que tenía una visión demasiado estrecha del mundo y del pasado y de los posibles futuros.


-¿Y qué le amplió la mente?
-El mundo mismo cambia tu punto de vista. Ves que hay muchas cosas distintas ahí afuera. Incluso si estudias ciencia con la suficiente profundidad, te das cuenta de que no tiene las suficientes bases. Es increíble que funcione.


-¿Es la ciencia la respuesta a todos nuestros problemas o la causa de los mismos?
-Bueno, ni una cosa ni otra. Los seres humanos hemos llegado a generar una especie de temor hacia nosotros mismos. Por eso hay mucha gente que teme el avance del conocimiento científico. Y creo que la era nuclear ha hecho que muchos tengan miedo a morir de ciencia. No es para tanto, desde luego. Aunque, por otro lado, no creo que la ciencia sea la respuesta a todos los problemas del mundo. Hemos desarrollado una tecnología bastante compleja, pero ninguno de nosotros comprendemos muy bien cómo funciona, cómo va a complementarse todo ello, cómo vamos a conseguir que nos beneficie.


-Por eso ahora se dedica a escribir...
-Siempre estoy preparado para cambiar mi vida. Las especialidades son muy difíciles de mantener todo el tiempo. Una vez que has conseguido algo en el mundo de la ciencia, debes estar dispuesto a saltar a cualquier otra disciplina. Entonces empiezas a aprender inmensas listas de nuevos nombres para las cosas que antes estudiabas bajo nomenclaturas distintas, investigas las conexiones de ese campo con otros más lejanos... En dos o tres años, sin darte cuenta, te has convertido en un experto en la segunda disciplina, y vuelta a empezar.


-Y, en lugar de ensayos y libros de divulgación, le ha dado por la ficción...
-Bueno, el mejor asunto sobre el que escribo es sobre la verdad. Es un buen tema. Muchos de mis trabajos no son más que el reflejo de lo que vivo. Creo que mi fuerte es la interpretación de cosas reales. Mis últimos escritos versan sobre la invención de la PCR y el conflicto legal que produjo su patente. Cuando la PCR fue anunciada, la marca DuPont demandó a la poseedora de la patente, la empresa Cetus, porque consideraba que uno de sus investigadores ya había descubierto la técnica en 1969. Mi libro es una versión personal de aquel conflicto legal. Así que se trata de una mezcla de ficción y no ficción.


-¿Le sirve de algo en la vida cotidiana ser bioquímico?
-La bioquímica es algo maravilloso de estudiar. Es bonito llegar   a comprender la naturaleza y los productos químicos que la componen -al menos, hasta el punto que somos capaces de comprenderlos- y perderles el miedo. Si yo no fuera bioquímico y no conociera los fundamentos de la naturaleza, me aterraría salir de casa y me creería todas esas cosas que dicen algunos sobre el medio ambiente. O, por ejemplo, no sé cómo la gente que no sabe nada de bioquímica puede llegar a enfrentarse a las ingentes cantidades de tecnología que le ponen en sus comidas. La mayoría es capaz de seguir las ideas de algún loco cuando trata de temas que no entiende. Por ejemplo, ésos que alertan a todo el mundo sobre los supuestos peligros de los alimentos manipulados genéticamente.


-¿Usted cree que no son peligrosos?
-Verá, el ser humano ha estado creando plantas y animales nuevos desde los últimos 300 años. Hemos producido cambios en sus estructuras genéticas cientos de veces y la mayoría de los casos ha sido por casualidad. Lo que ocurrió en los años setenta es que se desarrolló el método para provocar esas mutaciones intencionadamente. Para mí, eso suena bastante más seguro que hacerlo por azar o por error. Pero la gente seguirá siempre obsesionada con la comida, las dietas y demás tonterías.


-Después de tantos siglos, aún no sabemos cómo debemos comer...
-Bueno, yo creo que sí lo sabemos. Mis hábitos alimenticios son como mis hábitos de ejercicio: cuando tengo hambre, como; cuando me apetece algo, no me paro a pensar de qué está hecho. Conozco las leyes generales de la bioquímica, pero no las aplico en mis comidas porque creo que mi boca sabe más de eso que yo. Y hago ejercicio cuando tengo ganas de hacer algo divertido que requiere el movimiento de mi cuerpo. Nunca me sentaré en un gimnasio a levantar pesas, porque no me parece nada divertido. La gente que se sienta en una bicicleta estática debería hacer, al menos, que la bicicleta generara electricidad. Así haría algo útil. La obsesión por las comidas refleja el hecho de que la mayoría de la gente no conoce la bioquímica. Ahora se ha puesto de moda esa cosa tan extraña de los grupos de alimentos, y todo el mundo anda como loco preguntándose qué comidas son compatibles para no engordar. Pues verá, estos son mis grupos de alimentos preferidos: grasa, sal, azúcar, chocolate y alcohol. Para mí, un desayuno nutritivo es un donuts de chocolate y un cóctel margarita. Bueno, si tengo prisa me tomo un frasco entero de mantequilla de cacahuete y un buen trago de tequila solo.


-Usted ha dicho que tener un asunto amoroso favorece su creatividad, ¿es verdad?
-La idea de relacionar la presencia de una mujer con la inspiración es muy vieja. Todo el mundo sabe que las mujeres han tenido un efecto muy positivo sobre mí. Hay quien lo llama el efecto de las musas. Mucha gente cree que sentirse atraído por mujeres jóvenes es un tipo de enfermedad. Pero yo me siento atraído por gente joven en general y, por lo tanto, también por las mujeres jóvenes. La gente es una de las cosas más variables que existen y tienes que usar toda tu creatividad para tratar con ella. Como contrapartida, tratar con gente te mantiene con los pies en el suelo y hace que tus ideas fluyan mejor en el cerebro.


-¿Por qué parece que la creatividad es mayor entre la gente menor de 30 años?
-Es la energía de ser joven: no sabes qué camino tomar en la vida. Cuando se es maduro, la gente suele elegir con facilidad el camino que quiere seguir. No es mi caso. Yo no he elegido intencionadamente mi forma de vida. Simplemente, soy como soy. Y a menudo me aburro. Cuando llevo un tiempo haciendo algo, me doy cuenta de que no me estimula. No he hecho el mismo trabajo nunca durante más de seis años. En cuanto a las mujeres, siempre encuentro damas muy interesantes de mi edad, pero suelo preferir chicas más jóvenes porque no  tienen manías molestas irreparables. Ellas todavía no saben cómo quieren ser, y yo cambio mi forma de ser también junto a ellas.


-¿No dijo usted que la edad ideal para una mujer son los 27 años?
-Alguien escuchó eso y lo sacó de contexto e hizo que sonara de forma estúpida. Pero sí, es cierto que considero a las mujeres que rondan los 27 años muy interesantes. ¡Tienen 10.000 días de vida!, una cifra redonda. Bueno, esto era una broma, pero, en realidad, están empezando a ser autorreflexivas, a vivir muchas cosas por primera vez y comienzan a pensar en sí mismas como una entidad formada.
Gary Goettling

Esta entrevista fue publicada en julio de1995, en el número 170 de MUY Interesante

 


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