John Horgan: "La ambición de la ciencia puede acabar con ella"

Leyendo su último libro, El fin de la ciencia, y escuchándole hablar con su pesimismo proverbial sobre el grado de colapso al que ha llegado la investigación científica de este siglo, John Horgan se antoja como una especie de Peter Pan obligado a crecer, un adulto que mira con nostalgia las fotos del tiempo en el que aún creía en los Reyes Magos; un Marcel Proust de la divulgación científica que busca en el regusto de la magdalena el sabor de su paraíso perdido. Para él, los Reyes Magos son Einstein, Darwin, Watson y Crick, y el paraíso perdido, el tiempo en que la ciencia sorprendía con grandes hallazgos como el Big Bang, la relatividad, la teoría de la evolución o la estructura del ADN. Hoy, dice Horgan, la era de las grandes revoluciones ha tocado a su fin, todo lo que queda son "pequeños ejercicios de terminación", ajustes finos que requieren volver una y otra vez a lo ya estudiado, a lo ya aprendido, a lo ya modelado. Y si lo dice él, que se ha pasado media vida entrevistando a los mejores científicos de todo el mundo, escribiendo artículos para revistas como Science, New Scientist, Omni o Scientific American y retirándose a meditar a su casa de Garrison (Nueva York) junto con su hijo, por algo será.


-Parece que, con el cambio de milenio, a todo el mundo le da por hablar del fin de algo: de la historia, del arte, del feminismo, ahora de la ciencia... ¿Todo esto no será una simple moda, como aseguran algunos de sus críticos?
-Ésa es una forma muy fácil de atacar mis ideas. Yo creo que lo que realmente se ha convertido en una moda, al menos en EE UU, es pensar que el progreso, que ha sido tremendo durante este siglo, en particular en los últimos 50 años, es eterno. Para mí, esta idea es casi como una creencia religiosa. Al hablar del fin de la ciencia lo que intento es que la gente dé un paso hacia atrás y mire el progreso científico desde una perspectiva histórica. De ese modo es más razonable asumir que el desarrollo tiene límites y que quizás se esté acercando a ellos.

-¿Creer en el poder ilimitado de la ciencia es como creer en Dios?
- Creer que el progreso está por encima de todo es irracional; es como creer en la ciencia-ficción. Vemos multitud de imágenes en películas como La guerra de las galaxias o Star Treck y asumimos que el mundo dentro de muchos años será así. Pero, con la evidencia en la mano, es muy poco probable que eso pase jamás.

-¿A qué se refiere en su libro cuando dice que los científicos de hoy hacen "ciencia irónica"?
-A los que postulan teorías indemostrables como los universos paralelos y las dimensiones extra del espacio y el tiempo. Pretenden explicarlo todo, pero en realidad no predicen nada. Uno de los ejemplos más obvios es la ciencia de la mente. La gente piensa que el psicoanálisis está muerto pero, en realidad, sigue muy vivo. Y la razón no es que las ideas de Freud hayan sido validadas por la ciencia (porque no lo han sido); la razón es que no hay una alternativa mejor. Es decir, tenemos una teoría que no puede ser comprobada, pero tampoco puede ser superada. Eso es ciencia irónica. Frente al psicoanálisis, que es una -teoría débil, las otras corrientes como la física cuántica aplicada a la mente, el conductismo, la cibernética y la inteligencia artificial, son igualmente débiles.

-¿Tiene la ciencia irónica algún valor?
-Sí. Yo disfruto mucho con ella cuando está bien hecha. Es como leer a Shakespeare o un buen poema. Puede ser muy sugerente leer cosas sobre universos paralelos, o leer a Freud... pero eso no es ciencia. La ciencia irónica es una especie de literatura.

-¿Y los científicos son conscientes de ello? ¿Quiere decir que actúan como si estuvieran en un gran teatro?
-Depende del campo de la ciencia al que nos refiramos. No todos los científicos hacen ciencia irónica. En física o en genética hay auténticos avances. Son áreas en las que todavía hay mucho camino por recorrer. No estoy negando que la ciencia pueda conseguir nuevos retos en el futuro, sólo digo que muchos avances representan simples extensiones del conocimiento que ya tenemos sobre el ADN, la mecánica cuántica o el Big Bang.

-En este contexto, ¿cuáles pueden ser los mayores retos de la ciencia en el futuro?
-Estoy escribiendo ahora un libro sobre los científicos de la mente. Creo que el mayor desafío de la ciencia es comprender cómo son la consciencia, la percepción, la memoria... Es un gran reto intelectual que puede ir acompañado de gigantescos avances prácticos: por ejemplo en la cura de la esquizofrenia, la depresión u otras enfermedades de la mente que son increíblemente costosas para la sociedad. Pienso que la mente humana representa la última gran frontera para la ciencia, pero me temo que sea demasiado complicada para que la podamos entender.

-De hecho algunos científicos creen que nunca sabremos qué es la consciencia.
-Sí, probablemente eso sea cierto. Los investigadores de la consciencia, más que buscar una teoría que pueda ser reducida a leyes naturales sobre el comportamiento de las neuronas o de los neurotransmisores, por ejemplo, lo que buscan es una especie de revelación mística que les muestre por qué pensamos. Creo que la ciencia nunca podrá contestarles.

-Usted también se muestra muy escéptico sobre la inteligencia artificial.
-Siempre están prometiendo cosas interesantes en ese terreno que nunca ocurren. Me parece que incluso sus defensores, como Marvin Minsky, consideran que esa investigación es una especie de fracaso. Producen algunas tecnologías eficaces en el reconocimiento de la voz o de las caras, pero no están ni siquiera cerca de lograr máquinas que realmente piensen como los humanos.

-¿En sus múltiples entrevistas con ellos ha notado algún sentimiento pesimista o melancólico entre los científicos? ¿Qué piensan cuando cierran la puerta del laboratorio y se quedan solos?
-He percibido una mezcla divertida entre el optimismo y el pesimismo. Yo empecé a pensar en el fin de la ciencia -porque eminencias como Stephen Hawking o Steven Weimberg comenzaron a plantearse la posibilidad de hallar una teoría final que resumiera todos sus esfuerzos para explicar el universo. Me di cuenta de que, por un lado, ellos parecían emocionados por la aventura, pero al mismo tiempo se sentían profundamente incómodos porque hallar la respuesta significa que la gran búsqueda se acaba. Muchos científicos están preocupados porque la ambición de la ciencia puede acabar con ella.

-Incluso pueden sentirse incómodos porque saben que nunca alcanzarán la influencia de otros antes que ellos, como Darwin, Newton o Einstein...
-Sí es cierto: algunos científicos son increíblemente ambiciosos y sufren porque nunca serán como Darwin, Einstein o Watson y Crick, sencillamente porque han llegado demasiado tarde. Pero, ¡ojo! La ciencia todavía tiene mucho que hacer en terrenos como la búsqueda de mejores tratamientos para el cáncer o para las enfermedades mentales; en crear nuevas formas de energía limpia; en predecir mejor cómo la contaminación puede afectar al clima... Aunque no se trate de grandes revelaciones como la selección natural o la teoría del Big Bang, esos hallazgos también cuentan.

-¿Cree que el avance de la tecnología podría prolongar el fin de la ciencia?
-Sí, en concreto los ordenadores están dotando a los científicos de un nuevo poder. Pero hay grandes cuestiones de la ciencia actual, como las supercuerdas o los universos paralelos, que carecen de cualquier avance tecnológico imaginable. Para detectar supercuerdas necesitaríamos un acelerador de partículas tan grande como la Vía Láctea. En esta área, la tecnología no nos va a ayudar mucho.

-Al menos los científicos tienen mucho que hacer en el terreno de la divulgación. Por ejemplo, en un país como EE UU donde casi la mitad de la gente desconoce que la Tierra gira alrededor del Sol.
-Sí, pienso que la gente se resiste a aprender ciencia, aunque les gustaría hacerlo. Primero, porque la ciencia es difícil de entender y, en segundo lugar, porque a veces puede ser muy incómoda para nuestras creencias. Si hubiéramos preguntado a los científicos de hace un siglo, creo que la mayoría habría respondido que en pocas décadas la religión iba a desaparecer. Pero hoy la gente sigue creyendo en Dios. La religión es el mayor sistema de pensamiento de la historia, mucho más poderoso que la ciencia. Hace que la gente se sienta bien, mientras la ciencia nos dice que no somos más que una mota de polvo insignificante puesta aquí por un accidente de la naturaleza. Me temo que los científicos no van a poder educar mucho más a la gente, porque la gente, simplemente, no quiere ser educada.

-¿Y no teme que sus ideas puedan ser utilizadas, precisamente, para fomentar ciertos sentimientos anticientíficos?
-Me preocupa que mis ideas puedan ser mal utilizadas por los anticientíficos. Todo lo que puedo decir es que yo me convertí en escritor científico porque amo la ciencia, que la considero el logro más apasionante de la humanidad. Pero, por otra parte, no se debe exagerar el potencial de sus hallazgos.

-Con El fin de la ciencia usted decidió abandonar cualquier pretensión de objetividad periodística y hacer un libro subjetivo y lleno de prejuicios. ¿Está cansado de la divulgación?
-No, por supuesto que no. Pienso que el periodismo de divulgación es una gran carrera. De hecho, estoy trabajando en un libro muy científico y divulgativo sobre la neurociencia. Con El fin de la ciencia, sin embargo, no pretendí ser objetivo sino hacer que la gente conociera mi opinión sobre ciertas teorías concretas. La mayoría de los escritores científicos simplemente repiten lo que los investigadores les dicen, sin añadir sus opiniones. Creo que eso no es justo, porque los científicos entre sí no se ponen de acuerdo e incluso algunos dicen tonterías. Y el público debe saber distinguir el grano de la paja.

-En MUY hemos entrevistado a algunos de los científicos más importantes del mundo (Marvin Minsky, Lee Smolin, Murray Gell-Mann... ). A muchos, les hemos preguntado sobre usted. Todos creen que es un buen profesional; algunos afirman, incluso, que son amigos suyos, pero casi ninguno está de acuerdo con lo que dice...
-Lo sé y no me sorprenden sus opiniones; Gell-Mann dice cosas terribles sobre mí. El más simpático siempre ha sido Smolin. Bueno, por supuesto tienen que estar en desacuerdo conmigo, porque uno no se haría científico si piensa que la ciencia se ha acabado. Pero si leen mi libro, podrán ver que mis argumentos son consistentes y están basados en cosas que los propios científicos me han dicho. Marvin Minsky confiesa que la inteligencia artificial ha fracasado; Gell-Mann me dijo que en el campo de la complejidad, en el que es una eminencia, nunca se descubrirá nada tan profundo como la mecánica cuántica o la segunda ley de la termodinámica. Yo sólo puse todas estas cosas juntas y las pasé por el tamiz de mis ideas.

-Los que estarán contentos con sus conclusiones serán los encargados de recortar los presupuestos destinados a la ciencia en EE UU...
-Sí, pero los cortadores de presupuestos no necesitan que yo los legitime, ya hacen muy bien su trabajo ellos solitos... Es evidente que el dinero para la ciencia se está marchando hacia aplicaciones más prácticas, pero no creo que yo sea el culpable.

-¿Cree que la revolución digital es comparable a otras revoluciones en la historia o es otro bluff?
-Los ordenadores están viviendo un desarrollo tremendamente fascinante, pero, de nuevo, tienen sus límites. Uno puede sentarse en frente de su ordenador y encontrar información de todo el mundo vía Internet. Eso es fantástico. Pero hay que utilizarlo sólo como una herramienta, como una extensión del teléfono. Leo teorías curiosas, como que Internet está convirtiendo la sociedad en una gigantesca megaorganización, con todas las mentes fundidas en una gran mente única que puede ser un paso adelante en la evolución de la humanidad. Me parece que es una estupidez. El ordenador es sólo una herramienta. Es útil, pero no mágico ni mitológico.

-¿La simulación digital es buena o mala para la ciencia? Algunos científicos sólo trabajan con modelos del mundo, no estudian nunca sobre el terreno...
-Los modelos pueden ser muy eficaces cuando se basan en la realidad. Las predicciones meteorológicas son mucho mejores desde que se hacen con un ordenador que recopila la información de los satélites. Pero sólo pueden predecir el tiempo de las cuatro o cinco semanas siguientes, a más largo plazo resultan muy limitadas.

-¿No estamos en peligro de hacer sólo ciencia virtual y no ciencia real?
-Sí. En el Instituto de Santa Fe en Nuevo México hay gente como Murray Gell-Mann, muy preocupada porque algunos científicos están tan absortos en sus simulaciones por ordenador que olvidan el mundo real. Pero los buenos investigadores son capaces de salir de la simulación y mirar a la realidad de vez en cuando.

-¿Piensa que los científicos son buenos comunicadores de sus ideas y descubrimientos?
-Algunos lo son, como Stephen Hawking, o Steven Jay Gould, o Richard Dawkins... Pero para comunicar se requiere un talento especial que la mayoría de los científicos no tienen porque no es su trabajo.

-Ése es el trabajo de los periodistas científicos...
-Sí. El periodista científico tiene el difícil reto de traducir la ciencia al público general. Pero debería proveer de más análisis y crítica y no sólo de información. Ha de ser como los periodistas políticos que no se dedican a repetir lo que dicen los gobernantes, sino que lo cuestionan y hacen sus propios juicios sobre ello.

-Lo malo es que, a veces, la prensa suele poner la atención sólo en avances muy espectaculares pero muy poco importantes...
-Sí, sobre todo cuando se trata de medios no especializados. A menudo se exageran las implicaciones de la ciencia, se enfoca hacia las cosas más fascinantes para el público, como la vida en Marte o la clonación y hacen ver que el progreso científico es más rápido de lo que realmente es. Por eso, el trabajo de las publicaciones especializadas es ofrecer un criterio sólido para la audiencia.

-¿Y qué tiene que tener un buen periodista científico?
-Amor por la ciencia. Cuando la amas, aprendes sobre ella y quieres saber cada vez más. Puedes tener un criterio válido para saber lo que es bueno y lo que no. Muchos científicos creen que son una especie diferente, más listos que ningún otro humano, y que nadie está cualificado para hacer su trabajo. Eso no es cierto: creo que a veces se requiere más inteligencia para ser periodista científico que para ser un científico.

Jorge Alcalde

Esta entrevista fue publicada en junio de 1998, en el número 205 de MUY Interesante.

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