Jane Goodall: "Los chimpancés tienen emociones, ética y moral de grupo"

Resulta difícil describir el rostro de Jane Goodall que, con los años, parece haber borrado los rastros del tiempo para transmitir una sensación de infinita paz, prolongada en su voz queda, la cual, sin embargo, acaba siempre en un deje de dolor, quizás un lamento por el paraíso perdido de la selva.


La etóloga inglesa, considerada la mayor autoridad mundial en el estudio de los chimpancés, habló para MUY en el Museo de la Ciencia de Barcelona. Hasta él se desplazó invitada por la Fundación La Caixa con objeto de explicar sus experiencias en los bosques ecuatoriales y pedir apoyo para su programa Roots&Shoots (Raíces y retoños), con el que quiere educar a los jóvenes en la preocupación y el cuidado por el medio ambiente, los animales y las comunidades humanas en dificultades.


-Explíquenos cómo transcurre una de sus jornadas observando a los chimpancés en la selva de Gombe (Tanzania).
-Te levantas muy pronto, hacia las cinco de la mañana. Desayunas café y pan y subes a las colinas. Los chimpancés comienzan a moverse de un lado para otro y tú intentas seguirles. Si sigues a una madre que lleva a su hijo, es fácil. En cambio, si la hembra es muy sociable y se une al grupo de machos, van más rápidamente y el seguimiento se complica. Si los machos deciden ir a patrullar los límites de su territorio, resulta bastante duro.
Hay días muy tranquilos, en los que los machos se despiertan y van a buscar comida para alimentar a su familia; ese día lo pasan deambulando con ella. Otros parten a cazar y entran en periodo de celo y compiten por atraer a las hembras; entonces se encuentran muy excitados, gritan y se exhiben ante ellas. Cuando patrullan, al menos dos veces por semana, se meten en territorio de otros grupos y, si encuentran a algún miembro en inferioridad de condiciones, lo atacan.

-¿Por qué?
-Porque no les gustan los extraños. Son muy agresivos y tratan de ampliar su territorio, como los humanos. Dependiendo de cuántos machos hallen, plantean batalla o se limitan a gritar y hacer ruido.

-Uno de sus grandes descubrimientos es que los chimpancés no son herbívoros sino omnívoros.
-En efecto, los chimpancés cazan. Llegué a esta conclusión a base de la observación cercana. Una vez vimos cómo un grupo de machos rodeaba a un mono en un árbol, de manera que no le dejaban saltar, con una técnica similar a la de otros animales cazadores. En otra ocasión, un grupo de machos atacó a una hembra de una comunidad vecina, la malhirieron, le quitaron a su hijo y lo devoraron parcialmente. Fue una gran sorpresa.

-Y también descubrió que son capaces de fabricar herramientas.
-Pueden crear hasta nueve tipos de herramientas diferentes. He observado a David Barbagrís -uno de los chimpancés de la comunidad de Gombe, caracterizado porque los pelos de su barbilla son de color blanco- servirse de tallos de hierba para introducirlos en termiteros a modo de caña de pescar. Logré obtener fotografías y fue considerado un gran descubrimiento. Así obtuve el dinero necesario para continuar.

-En los últimos años usted ha abandonado la selva y dedica mucho tiempo a viajar. ¿Por qué?
-Mi misión en la vida está en la selva, con los chimpancés, pero cuando en 1986 me di cuenta de que iban a desaparecer, de que los bosques donde viven iban a ser completamente talados y los habitantes de la selva empezaban a pasar hambre, comprendí que debía abandonarlos y explicar al mundo el peligro que corremos. Lucho por salvar la jungla.

-¿Los chimpancés están ahora en peligro?
-En las selvas que desde la costa oeste de África cruzan el cinturón ecuatorial hacia el Este y llegan a la zona occidental de Tanzania y Uganda, vivían dos millones de chimpancés; ahora quedan 200.000. Y muchos de ellos están en pequeños grupos tratando de sobrevivir. Incluso mis famosos chimpancés de Gombe están en la misma situación. Cuando llegué había unos 250 y ahora apenas quedan 120 en todo el Parque Nacional. Hay varios peligros para los chimpancés: uno de ellos es ser cazados como alimento por los refugiados que huyen de las guerras en sus territorios, como Zaire, Ruanda y Burundi. Otro peligro es ser capturados para venderlos como atracción en los parques occidentales o como alimento exótico en determinados restaurantes; tenemos localizados algunos de éstos en ciudades como Amberes, Londres o Nueva York. Pero la mayor de las amenazas es la de las compañías madereras que recorren el continente talando los bosques y les obligan a desplazarse fuera de sus territorios. Esto les puede ocasionar la muerte a manos de otros chimpancés, ya que se trata de animales con un fuerte sentido de la territorialidad.
Dentro de diez años, en Zaire no quedarán casi chimpancés ni gorilas.

-Permítame que retrocedamos mucho más atrás en el tiempo. ¿Por qué fue usted a África?
-Porque me enamoré de Tarzán cuando tenía once años.

-Usted suele contar eso pero¿es realmente cierto?
-¡Es verdad! Leí todos sus libros, y también quería ser como el Doctor Doolittle, que entendía el lenguaje de los animales y se dedicaba a devolverlos a África. Leí ese libro muchísimas veces. Así forjé el deseo de ir a África y trabajar con animales. Y he cumplido mi sueño de niña.

-Gracias al impulso del paleontólogo Louis Leakey, usted se erigió en la gran investigadora de los chimpancés y la desaparecida Dianne Fossey se convirtió en la máxima autoridad sobre los gorilas. ¿Es casual que Leakey escogiera para esto a dos mujeres?
-Nos consideraba mejores observadoras, porque somos más pacientes. Para él había una razón social: el hombre cuando acaba la escuela se siente presionado para encontrar un trabajo y progresar; en cambio, la mujer no tiene esta presión, pero tiene la de casarse y fundar una familia. Puede escoger trabajos para divertirse o porque le apetece. En la selva, decía, un hombre no soporta con facilidad estar largas horas y días esperando los movimientos de los animales porque está pensando más en si esa actividad ayudará a su carrera; la mujer puede soportarlo mejor porque no está pensando en para qué le servirá. Por mi parte, he observado que entre los chimpancés, las mejores madres acostumbran a ser muy pacientes, deben serlo para que sus criaturas se desarrollen. Y, entre los humanos, las madres han de ser muy buenas conocedoras de los requerimientos de criaturas que no hablan, deben entender qué es lo que quieren los niños. Finalmente, en el seno del núcleo familiar también juegan un papel de moderadoras, lo que les hace muy sensibles.

-¿Qué es lo más importante que ha aprendido de los chimpancés?
-A ser menos arrogante, porque hasta que descubrimos su conducta creíamos que sólo los seres humanos eran capaces de tener emociones, ética y una moral de grupo. Los chimpancés nos han enseñado que ésas no son propiedades únicamente humanas sino que ellos también las encarnan, y no sólo ellos sino otras especies en el reino animal. La segunda cosa que me han enseñado es que la relación entre la madre y su criatura trasciende los límites de lo humano. Si una madre es demasiado severa o demasiado indulgente con su vástago, la conducta de éste en años posteriores de su vida se ve seriamente afectada. En cambio, una madre tolerante y afectivamente equilibrada va a permitirle crecer para alcanzar la madurez individual y grupal. Lo tercero que descubrí es que hay ciertas maldades que creíamos exclusivas de los humanos, como los abusos de autoridad, la violencia innecesaria y la imposición de unos grupos sobre otros, que también se ven en los chimpancés en libertad.

-Le hago la pregunta al revés. ¿Han aprendido los chimpancés algo de usted?
-Espero que, con un poco de suerte, no lo hayan hecho, ja, ja, ja. Pero si vamos a la evidencia científica, los ensayos de etología realizados hasta ahora demuestran que un bebé chimpancé en un hogar humano aprende con la misma rapidez, intensidad y eficacia que un bebé humano. Pueden entender signos, comprenden lo que ven en la tele, analizan imágenes complejas, las interpretan e interaccionan con los humanos con la misma fluidez que cualquier otro miembro de la familia que los cobija.

-¿Podemos decir que usted vive con los chimpancés?
-Bien, podríamos decir que mi equipo y yo compartimos la selva con ellos. Ésa es la mejor manera de definirlo. Dianne Fossey solía sentarse con ellos e intentaba comunicarse, pero nosotros no lo hacemos.

-¿Por qué no?
-Porque no queremos molestar.

-¿Los chimpancés les temen a usted y a su equipo?
-No, están completamente relajados y confían en nosotros, se sienten seguros. He llegado a tocar a las crías, con su madre junto a mí, sin ningún problema. Se limitan a tratarnos como a cualquier otra criatura de la selva. De hecho, es lo que somos.


José Ángel Martos

 

Esta entrevista fue publicada en agosto de 2000, en el número 231 de MUY Interesante.

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar