Hubert Reeves: "No me extrañaría que se produjese un éxodo humano hacia el espacio"

-Usted ha venido a España para participar en un congreso de sugerente título: "Los desafíos del tercer milenio". Todo el mundo está ilusionado con el año 2000, pero me imagino que un científico debe de estarlo más...
-En cierto sentido, sí. Uno de los atractivos de esta situación es que debemos enfrentarnos al progreso de la ciencia de un modo nunca experimentado. Todos sabemos que en los próximos siglos la ciencia va a conseguir algunos hitos históricos. Por lo menos, yo así lo espero, aunque para ello haya que afrontar ciertos obstáculos. Uno de ellos, por ejemplo, es la escasez de medios. Hoy no existe el mismo entusiasmo hacia la ciencia que se vivió tras la Segunda Guerra Mundial, y eso ha hecho que muchos gobiernos dejen de subvencionar la investigación. Hay demasiados proyectos cancelados, como el gran acelerador de partículas americano. Y esto es preocupante, porque este problema puede poner en peligro la continuidad del avance científico.

-¿Ese descenso del entusiasmo del que habla tiene algo que ver con el auge de las interpretaciones esotéricas del fin de siglo?
-Claro. La ciencia está perdiendo popularidad. Verá: entre los siglos XVII y XIX, se impuso la idea de que la investigación traería felicidad a la humanidad; fueron los siglos de la fe en el progreso y en la razón. Pero el siglo XX nos ha demostrado que eso no era cierto: la ciencia también trae problemas. Hemos visto la construcción de bombas atómicas, el calentamiento global, los efectos negativos de la industrialización... Los científicos tenemos que aprender de estas experiencias. Debemos ser hábiles no sólo para investigar, sino para convencer a los ciudadanos de que nuestro trabajo es bueno para ellos. Somos capaces, por ejemplo, de hacer increíbles manipulaciones genéticas, pero el simple hecho de que sepamos hacer algo no implica que debamos hacerlo. Necesitamos una reflexión sobre el futuro y los efectos a largo plazo de nuestro trabajo.  Así combatiremos el auge de las interpretaciones que son ajenas a la ciencia y favoreceremos la divulgación científica.

-¿Pero cree que eso es suficiente para evitar la tendencia finisecular a mitificarlo todo, a buscar explicaciones sobrenaturales a los fenómenos de la naturaleza?
-No creo que deba contrarrestarse esa tendencia. Simplemente, la ciencia debe presentar una alternativa más atractiva. Por ejemplo, creo que es una pérdida de tiempo combatir a los astrólogos, porque siempre serán más populares que los astrónomos. Un libro de astrología vende diez veces más que uno de astronomía. Si hay gente a la que le gusta, ¿por qué no publicarlo? Nuestra misión no es combatir, sino mostrar que hay otras formas de ver el mundo; que, sobre todo, hay una cosa que se llama ciencia que enseña unos fenómenos más maravillosos y verosímiles para alguien que tenga un mínimo sentido crítico. Habrá quien nos escuche y quien no. Y éstos últimos seguirán leyendo el horóscopo de los periódicos. ¡Ellos se lo pierden!
-En sus conferencias, usted propone que la ciencia se globalice para afrontar los retos del próximo milenio. ¿Qué quiere decir?
-Debemos pensar globalmente para solucionar los problemas del siglo que viene. No sirve de nada, por ejemplo, que un país limpie su aire, porque el aire no se para en las fronteras. Tenemos que hacer proyectos científicos comunes que impliquen al mayor número posible de países.

-Y también al mayor número posible de disciplinas...
-Por supuesto. Los problemas que se nos avecinan son tan difíciles que hay que unir a la fantástica nómina de científicos de todo el mundo para resolverlos. Lo malo es que eso no es siempre posible.

-¿Y qué lo impide?
-Permítame que me queje otra vez de los políticos. Yo soy un demócrata convencido, pero uno de los problemas de la democracia es que a los gobernantes les cuesta pensar a largo plazo. Los políticos quieren ser reelegidos, y las elecciones son cada cuatro o cinco años. Pero los problemas de los  que estamos hablando -ecología, investigación de vanguardia, bioética- deben plantearse con cientos de años de antelación. Tenemos que hacer que la democracia incluya entre sus fórmulas el pensamiento a largo plazo. Es necesario que los políticos tomen decisiones costosas, aunque éstas no sean muy populares. Los políticos prefieren tomar medidas fáciles y baratas. Es totalmente contradictorio mirar al futuro y pretender ser reelegido.

-Hablemos de cosmología. ¿Hay alguna verdad incuestionable en esta área de la ciencia?
-No hay verdades en ninguna disciplina científica. La ciencia no es el reino de la verdad. Todo lo que podemos hacer es tratar de comprender lo que observamos, lo que pensamos... Y eso hay que adaptarlo a los tiempos en que vivimos. Nuestra única función es decidir cuál es el modelo más apropiado para describir el universo. Este modelo está hecho sobre las bases de lo que hoy podemos observar; a lo mejor mañana tendremos una observación distinta y deberemos volver al laboratorio a rascarnos la cabeza sorprendidos.

-Pero sí existe un consenso general sobre ciertas teorías...
-Claro. Hay modelos que a la mayor parte de los científicos les parecen los mejores, pero, afortunadamente, nunca habrá unanimidad en ciencia, siempre existirán herejes: los herejes son necesarios para el desarrollo científico. Son los que dicen: "No porque todo el mundo crea en algo quiere decir que sea cierto". En cualquier caso, hay ideas muy difíciles de combatir; por ejemplo, el Big Bang, la suposición de que el universo no ha existido siempre y que está cambiando de manera muy rápida. Parece hoy la mejor forma de explicar los datos que tenemos. Aunque, a lo mejor, mañana hay que tirarla a la papelera.

-¿Si no es definitiva, por lo menos podemos decir que hemos alcanzado una visión madura del cosmos?
-No lo sé. Quizás dentro de cientos de años se rían de ella. No es lo que yo pretendería de la ciencia. Simplemente, diría: esto es lo mejor que podemos conseguir hoy.

-Cuando se habla de los límites del pensamiento científico se suele mencionar el origen del universo o su destino... Pero casi nadie habla de las limitaciones de la investigación sobre el presente...
-Hay muchas áreas a las que, hoy por hoy, la ciencia no puede dar respuesta. Para mí, nuestro trabajo tiene un campo muy limitado. La ciencia habla de generalidades, explica muchas cosas, pero nunca hablará de ti. Te dirá qué está pasando en tu cerebro, pero no qué es lo que sientes realmente cuando escuchas música. Yo no soy un reduccionista, como Richard Dawkins: no creo que todo se explique por una simple reacción molecular.
Otro límite actual de la ciencia  es que no debe invadir el terreno   de la moral: no puede decirnos si algo es bueno o malo. Siempre ha habido tensiones entre la religión y la ciencia, y han sido muy dañinas. Cuando la ciencia ha intentado dictar al hombre qué es bueno y qué es malo, el resultado ha sido un desastre. Piense, por ejemplo, en la eugenesia nazi. Hoy en día existe una corriente igual de peligrosa que yo llamo la sociobiología radical, y que pretende que mirando en los genes uno puede discernir entre el bien y el mal, puede decir quién es mejor y quién está peor dotado. Pero esa pretensión es un gran error.

-Usted es cosmólogo, estudia las estrellas, pero se le nota cierta pasión por explicar problemas humanos...
-Es que, en el fondo, la cosmología y el estudio del hombre se funden. Uno de los hallazgos más importantes del siglo es que el universo no es inmutable ni constante. Aristóteles nos habló de un universo estable, pero hoy sabemos que el cosmos actual es completamente diferente al original. Aquél era muy caliente, denso y luminoso; hoy es frío, no muy denso y la noche es oscura. Pero lo más importante es el descubrimiento de que, en su comienzo, el cosmos era muy caótico, no había estructuras, galaxias, estrellas, átomos... No era más que una sopa de partículas elementales. Y hoy el universo es mucho más organizado. Tenemos estructuras a todos los niveles: galaxias, estrellas, sistemas planetarios, planetas, seres humanos, moléculas, átomos. Todo tipo de órdenes, desde los más grandes a los más pequeños. Y ese orden nos muestra que somos importantes en el cosmos. La historia del universo consiste en el paso del caos al orden en miles de millones de años. En cómo se crearon los átomos, las moléculas, las estrellas, las galaxias y los planetas. Y cómo en algunos de ellos aparecieron las primeras muestras de material orgánico en los océanos y luego la vida, los anfibios, los reptiles, los mamíferos, los monos y nosotros... Ésa es nuestra historia. Los seres humanos estamos relacionados con el cosmos porque nuestros átomos están hechos del material de las estrellas que vivieron antes de que el Sol naciera.

-¿Y contamos con los instrumentos adecuados para conocer tal complejidad?
-Creo que tenemos grandes instrumentos puestos en órbita o en el suelo, y hay proyectos de construir nuevas herramientas en los próximos 30 o 40 años. También hay grandes satélites que escrutan las diferentes radiaciones -gamma, infrarrojas, ultravioletas, rayos cósmicos-. Pronto podremos buscar incluso ondas gravitacionales... Es un mundo en constante progreso casi desde Galileo. La industria no ha dejado de crecer desde entonces.


-Cuando se habla del espacio, el gran público piensa en naves espaciales y astronautas, pero casi nadie se interesa por una ma-teria tan especulativa como la cosmología...
-La mejor manera de atraer a la gente hacia los estudios especulativos es que los profesores cuenten a los niños pequeños que las matemáticas y la física no son aburridas. Que les digan que estas ciencias nos están enseñando cosas sobre nosotros mismos al hablarnos de la historia del universo, que es la nuestra. Hay muy pocos que se interesen por los números por sí solos. Pero las matemáticas te permiten remontarte en tus ancestros, en tu genealogía, y descubrir que eres nieto de las estrellas.


-¿Qué opinión le merecen los últimos hallazgos de posible vida fósil en Marte?
-Soy muy escéptico. Creo que fue un anuncio demasiado prematuro, y las pruebas no son del todo convincentes. Es una especie de truco mediático de la NASA  para conseguir más presupuesto. Entiendo sus necesidades, pero no sé si es una buena idea.


-El hombre anda buscando la forma de habitar el espacio. ¿Pero cree que la humanidad pinta algo ahí fuera?
-No creo que la cuestión sea tener algo que hacer ahí fuera; más bien, es una necesidad natural. Me gusta comparar la carrera espacial con las migraciones. El ser humano nació en África y, durante los siguientes dos mil años, se expandió por todo el planeta. Creo que existe una tendencia natural a continuar este proceso. Lo único que hace falta son los medios para hacerlo. Todavía no los tenemos, pero ¿qué pasará dentro de cien años o de un millón? No me extrañaría que se produjese un éxodo humano hacia el espacio.

-Por cierto, ya que andamos a vueltas con el milenio, ¿tiene preparada alguna fiesta especial para el 31 de diciembre de 1999?
-No. Todo esto del cambio de milenio no es más que un convencionalismo. Si fuera un chino o un polinesio, que se rigen por calendarios distintos, seguro que estaría pensando: "¿De qué demonios está hablando esta gente? ¿A qué viene tanta fiesta?".
Jorge Alcalde

 

Esta entrevista fue publicada en abril de1997, en el número 191 de MUY Interesante

 


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