George Aldrich: "En los viajes espaciales los olores se vuelven apestosos"

George Aldrich es el sabueso del espacio. Está contratado por la NASA y debe oler cada uno de los objetos que han de subir al espacio y aprobarlos o desaprobarlos según su aroma. El proceso, que la agencia espacial estadounidense lleva realizando desde hace 34 años con las misiones Apollo, es un esfuerzo por evitar que olores muy desagradables hagan que la tripulación corra a abrir una ventana a 400 kilómetros sobre la Tierra. Bajo la nariz de Aldrich han pasado desde cosméticos y tampones, hasta tiras de velcro, bolsas de comida, medias, bolas de golf, pinturas, resinas, consolas de circuitos electrónicos, telas de todas clases, marcadores, tintas, cremas de afeitar, zapatillas de tenis, pañales para adultos, una guitarra, osos y dinosaurios de juguete.


"Durante los viajes espaciales los objetos sufren cambios de temperatura, lo cual afecta a su olor", dice Aldrich, quien trabaja como técnico de laboratorio en el White Sands Test Facility, en Las Cruces (Nuevo México), donde la NASA lleva a cabo pruebas de química y resistencia de materiales. "Si usted deja un coche nuevo aparcado en la calle bajo la sombra de los árboles, al regreso notará que huele un poco. Pero si lo deja bajo el sol, a más de 35 grados centígrados y con las ventanas cerradas, el olor puede llegar a ser bastante fuerte, porque el proceso de desgasificación del material se ha acelerado. Entonces usted simplemente abre la ventana. Pero en el espacio eso no es posible", explica.

Hace poco, durante uno de los viajes a la Estación Espacial Internacional, el transbordador llevó una bolsa de tiras de velcro para atar objetos. ?No hubo tiempo para hacer la prueba de los olores -dice Aldrich-. Cuando uno de los astronautas abrió la bolsa, el contenido despedía un olor tan fuerte que tuvo que precintarlas hasta su regreso a Tierra. Una vez aquí pude comprobar que era lo peor que mis narices han experimentado. Otro caso similar ocurrió durante un vuelo del transbordador: un refrigerador nuevo que tampoco fue husmeado previamente acabó ?oliendo a mil demonios y dejándome un gusto amargo en la garganta durante horas?.

Por eso Aldrich le presta a la NASA su sensible órgano durante varias misiones olfativas semanales para juzgar, junto con otros tres colegas de un equipo de oledores, qué objetos pueden subir a bordo del transbordador espacial o cuáles no porque harían que los tripulantes cayeran desvanecidos. Del total de 25 empleados de la NASA que ayudan a olfatear -independientemente de sus trabajos como ingenieros o secretarias dentro de la agencia espacial-, Aldrich es el más veterano. Desde que comenzara a usar su nariz profesionalmente hace 27 años, ha participado en 745 misiones olfatorias, cien más que cualquier otro husmeador en White Sands.

Antes de pasar nada bajo las narices del equipo de jueces, el objeto o el material en cuestión es sometido a una prueba de toxicidad que descarte de plano lo que pueda ser carcinógeno. Después, se introduce el objeto en un contenedor cerrado herméticamente y se somete a un calor de más de 50 grados durante 72 horas. Es entonces cuando intervienen los sabuesos humanos. La muestra debe juzgarse de acuerdo a cuatro grados de cero a cuatro: "Cero no es detectable; uno, apenas detectable; tres, bastante molesto y cuatro, francamente nauseabundo".

Ahora bien, ¿por qué la NASA no emplea perros o narices electrónicas? "Primero ?dice Aldrich-, porque los perros no pueden hablar y eso les impide explicar a qué les huele esto o aquello. Y si pudiesen hacerlo, es seguro que no calificarían las muestras de forma apropiada. Por otro lado, se han hecho experimentos con aparatos electrónicos que resultan buenos para leer condiciones de humedad y temperatura, pero ninguno puede aún reemplazar a la nariz humana."

Para garantizar su efectividad, la NASA regularmente calibra las narices de sus voluntarios haciéndoles un examen en el cual deben oler y descifrar el contenido de varias botellas con aromas muy sutiles, algo así como un reconocimiento de la capacidad para narices.

Como si no fuera suficiente con oler cosas todo el tiempo, Aldrich es juez de un extraño concurso anual titulado The Odor Eaters Rotten Sneaker Contest, según el cuál una compañía que fabrica productos desodorantes para los pies elige el zapato de tenis más escandalosamente oloroso de Estados Unidos. "Este año ganó una niña de 11 años que no se había quitado los zapatos en tres meses -dice-. Casi llega al nivel de las tiras de velcro y del refrigerador espacial."

Zapatos aparte, Aldrich considera que otras agencias espaciales, -fuera de la japonesa, que ya lo hace- deberían disponer de un sistema parecido al de la NASA para salvaguardar el bienestar de las tripulaciones. "Después de lo que pasó en Rusia, uno pensaría que tienen alguna especie de examen olfatorio pero, que yo sepa, no lo tienen. Con el dinero y trabajo invertidos en una misión, no tiene sentido permitir que todo se arruine por un mal olor."

Por lo pronto, en Nuevo México toda clase de objetos continúan revelando sus más íntimos aromas a George Aldrich, en una fila india que comienza en laboratorios de ingeniería y electrónica y hasta en las casas de los astronautas, para terminar ante las puertas del transbordador. Quizás los próximos habitantes de la Estación Espacial Internacional deberían rezar para que al "husmeador principal de la NASA", como se lee en su tarjeta de presentación, no le vaya a dar un catarro antes de su lanzamiento

Angela Swafford

Esta entrevista fue publicada en septiembre de 2001, en el número 244 de MUY Interesante.

Etiquetas: NASAolfato

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