Frances Westall: "No veo rastros de vida en las rocas marcianas"

 

La primera vez que Frances Westall se topó con las bacterias fue en un viaje del buque oceanográfico estadounidense Joides Resolution. Era 1987 y el barco cruzaba el Atlántico sur con una serie de científicos a bordo, entre los que se encontraba esta geóloga sudafricana de pelo rojizo, que había estudiado su carrera en la británica Universidad de Edimburgo.
Ya tenía experiencia en buques oceanográficos, pues para su tesis doctoral, realizada en la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica), había recorrido el océano Índico. Otra nueva misión con el buque alemán Polarstern le llevó por aguas antárticas. Los brillantes sedimentos de rocas recolectados entre los hielos presentaban trazos de organismos muy conocidos por ella y otros que desconocía pero que le intrigaban profundamente. "Mis primeras bacterias las descubrí por azar", dice orgullosa.
El microscopio electrónico y la colaboración con otros científicos le facilitaron el encuentro oficial con las bacterias y le abrieron las puertas de un mundo complejo que, a partir de entonces, le llevaría a recorrer laboratorios de Alemania (el Instituto para la Investigación Polar y Marina Alfred Wegener, de Bremerhaven) y Francia (el Laboratorio de Biogeología de la Universidad de Nantes) en busca de emociones científicas. "Ojear estos minúsculos fragmentos de rocas recubiertas de oro -comenta con pasión- es como buscar tesoros ocultos."

Después, según confiesa, fue el amor lo que le condujo a Bolonia, aunque el episodio sentimental terminó con lo que califica de "una experiencia desastrosa". Sin embargo, en la universidad más antigua de Europa decidió quedarse para desarrollar su pasión más segura, y actualmente trabaja en el laboratorio de Microbiología del Departamento de Protección y Valorización Agroalimentaria de este centro.

En este reino registra minuciosamente centenares de fotografías, frágiles testimonios de rastros de vida que dejaron organismos muy simples. "Ahora me ocupo de las bacterias fósiles en las rocas más antiguas de la Tierra, dentro de la investigación general sobre el origen de la vida y como modelo para buscar vida extraterrestre."

Aunque la mayoría de sus compañeros de departamento se dedican a las bacterias vivas, las que pueblan nuestros platos de comida, y ella también las utiliza para sus investigaciones, prefiere observar a las vetustas de la especie. Su especialidad se llama paleobiología y ha cobrado especial relevancia a raíz del descubrimiento de indicios de vida en una roca marciana encontrada en la Antártida y unas marcas que podrían hacer pensar que es el fósil de una bacteria. Pero a Frances Westall el hallazgo de rastros de vida en la roca ALH 84001 le deja fría: "No he conseguido estudiar la roca de Marte. Me hubiera gustado, y solicité una muestra a la NASA, pero no me la dieron. No veo rastros de vida, la evidencia en el meteorito de Marte es equívoca. Las estructuras que se ven en el microscopio electrónico son demasiado pequeñas para ser bacterias, y la mayor parte de ellas me parecen estructuras cristalinas. Pero necesitaría estudiar el material por mí misma antes de asegurarlo", dice Westall.

La NASA rehusó su demanda de colaboración, con el pretexto de que sus hallazgos no correspondían a programas de investigación en curso. "Pero cuando presenté el proyecto, mi interlocutor se mostró interesadísimo en conocer mis métodos de fosilización. Y después recibí una carta de Carl Sagan pidiéndome mis publicaciones."

¿Cómo puede mantener su opinión sobre la roca marciana en contra de la de otros científicos? Precisamente, sus trabajos, presentados en un congreso de Capri (Italia) y en la Conferencia Internacional sobre el Origen de la Vida, que se celebró en Orleans (Francia), y publicados en revistas científicas como Palaeontology y Sedimentology, se dirigen a establecer qué rastros fósiles fueron bacterias y cuáles no, y cómo varía la forma de fosilizarse de los distintos tipos de estos organismos, algunos de los cuales son extraordinariamente resistentes a la fosilización.

No es la única persona que discute el origen biológico del fósil marciano. Algunos creen que se trata de formaciones caprichosas, y también el paleobiólogo estadounidense William Schopf ha llamado la atención sobre el tamaño de estos trazos, más pequeños que cualquier bacteria conocida.
"Las estructuras celulares más antiguas de la Tierra -dice Westall- están preservadas en aguas marinas poco profundas, sedimentos hidrotermales o lagos convertidos en sílice, como las formaciones de arqueas descubiertas en Australia y Sudáfrica." Hay que aclarar que las arqueas o arqueobacterias son una forma de vida algo distinta de la que se conocía hasta hace poco. Los biólogos antes pensaban que sólo había dos formas de vida: las procariotas, que son las células sin núcleo, como las bacterias, y las eucariotas, que son las células con núcleo, como las de algas unicelulares, protozoos y animales y plantas pluricelulares. Pero, en 1977, los científicos Woese y Fox encontraron un tercer tipo de organismo que difería de los demás en sus secuencias de ARN, y le llamaron arqueobacterias o arqueas. Desde entonces, se conocen tres formas distintas de vida: las bacterias verdaderas, las eucarias y las arqueas.

Los fósiles de los rastros de vida más antiguos encontrados en la Tierra los presentó William Schopf y tenían 3.460 millones de años, aunque otros científicos del laboratorio Gustaf Arrhenius, de La Jolla (Estados Unidos), mostraron evidencias de vida, aún muy discutidas, que podían tener 3.870 millones de años.
Pero lo que Westall estudia son concretamente rastros de microorganismos que tienen medidas de largo de una micra (millonésima de metro) o menos aún, formas filamentosas, redondas u ovoidales, y que proceden de microorganismos que vivieron en diversas épocas, las más antiguas de 3.500 millones de años.

"Las bacterias juegan un papel capital en la formación de las rocas sedimentarias. Comprender este fenómeno, así como el proceso de su fosilización en estas mismas rocas, es para mí el paso fundamental antes de emitir hipótesis sobre qué eran antes de ser rocas. Porque algunos fósiles no corresponden a bacterias; quizás son estructuras cristalinas, otro tipo de células o estructuras esféricas u ovoidales del tamaño de estos microorganismos."
Para resolver el enigma, esta investigadora sudafricana somete a microbios vivos a procesos similares a los que se producen en la naturaleza y observa sus reacciones con la ayuda del microscopio electrónico de barrido. Recordemos que el proceso de fosilización no es otra cosa que la sustitución de la materia orgánica por inorgánica; en este caso, sílice. Así ha descubierto que las bacterias Gram negativas no fosilizan igual que las Gram positivas. Estos dos tipos se distinguen entre sí por la composición de sus paredes celulares.

Westall ha descubierto que las Gram positivas, como la Bacillus laterosporous, tardan en silicificarse menos de una semana. En una colonia de estas bacterias, que tiene la misma forma que un panal de abejas, se aprecia que las paredes celulares han sido reemplazadas por una robusta corteza de sílice de 0,6 micras de espesor, y el protoplasma -el contenido de la bacteria-, por gránulos silíceos. Las esporas de Bacillus también fosilizan de forma espectacular.

No sucede igual con las bacterias Gram negativas. Aunque su silicificación ocurre rápidamente -en siete días, más o menos- y sus envolturas son más gruesas que las otras, se preservan en forma de cristales muy delgados, en lugar de en forma de costra. A pesar de esto, la especial disposición de estos cristales permite distinguir la doble estructura de pared celular que caracteriza a estas bacterias.

"A la vista de estos resultados -concluye Westall-, podemos deducir que las bacterias que fosilizan formando cortezas más robustas es más fácil que queden preservadas en las rocas. También influyen la cantidad de mineral que haya en el medio y el tiempo que tarde en petrificarse."
No es difícil entender por qué  Frances Westall se encuentra inmersa en este tema desde hace años. Frente a su rigor anglosajón, su entusiasmo es latino, pues se muestra realmente fascinada por los habitantes de su micromundo: ?Las bacterias son apasionantes; por ejemplo, poseen un modo de comunicarse sorprendente, sobre todo para ser unos seres tan primitivos. Se trata de una interacción directa entre el ambiente exterior y los módulos de ADN, de forma que trozos de ADN se trasforman, en respuesta a los cambios ambientales. Este ADN adaptado a un cierto ambiente se trasmite a los ?hijos? de la bacteria y el ciclo sigue. Éste es el mismo truco que usan para adaptarse a los antibióticos y a otros bactericidas?.

Estos microorganismos se caracterizan también por su bulimia: "En cuanto hay algo para comer, existe una bacteria -dice la científica-. Ellas están en el primer escalón de la alimentación y, en cuanto existe algo orgánico biodegradable, ellas llegan las primeras, metabolizan el material y lo convierten en una forma que pueda ser asimilada por otro organismo más complejo, como el moho. Otros vienen a comerse el moho, y así sucesivamente".

Su voracidad y su capacidad de supervivencia constituyen dos razones por las que algunos piensan que son las bacterias, y no el hombre, los seres vivos que más fortuna han tenido en la evolución de las especies. "Ésta es una cuestión difícil, y no sé si es justo decirlo.  Seguramente, han sido los primeros seres existentes al principio de la historia de la Tierra  -de hecho, se habla incluso de protobacterias, antecedentes de las bacterias, pero aún no se ha encontrado ninguna-, y estarán cuando la vida en la Tierra se extinga. Como son unos organismos muy simples, resultan más adaptables a los cambios de las condiciones ecológicas. Yo no creo que pueda hablarse de fortuna."

Y añade bromeando: "Seguro que las bacterias van a sobrevivirme, pero me siento contenta de estar en la Tierra y de tener una vida interesante, quizás mucho más complicada que la suya. La verdad es que prefiero ser yo que una bacteria".


Philippe Plailly/Amelia Die 

Esta entrevista fue publicada en marzo de1997, en el número 190 de MUY Interesante

 


Etiquetas: bacteriasfósiles

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