Fijan minitransmisores a abejas para estudiar sus enfermedades

Un equipo de investigadores de la Universidad James Cook, en Australia, ha logrado fijar unos pequeños dispositivos de identificación por radiofrecuencia en la zona dorsal de un grupo de abejas.

Según la ecóloga Lori Lach, del Centro de Biodiversidad Tropical y Cambio Climático de la citada institución, que ha coordinado esta iniciativa, la información que aporten los ingenios permitirá comprender mejor las enfermedades que afectan a estos insectos, fundamentales en la polinización, y que están desapareciendo de diversas partes del globo.

 

“Pusimos chips a 960 abejas. Para ello, tuvimos que asignarle a cada una un código de color,  ‘etiquetarlas’ a mano una por una y adherirles el transmisor con un pegamento especial. También tuvimos que cuidar de ellas y alimentarlas por separado. Y todo en el mínimo tiempo posible. En total nos llevó unas ocho horas”, indica Lach. Gracias a esta tecnología, los expertos han podido monitorizar cada animal de forma independiente.

 

“Nunca antes se había conseguido estudiar lo que hace una sola abeja con tanto detalle. La idea era conocer qué les ocurre cuando enferman”, explica Lach. Para ello, los científicos inocularon a la mitad de los insectos una pequeña dosis de esporas de Nosema apis, un parásito intestinal que suele afectar a las abejas melíferas adultas y que no resulta tan nocivo como otros patógenos que atacan a estos animales. Según explican Lach y sus colaboradores en la revista Journal of Invertebrate Pathology, de esta forma averiguaron que las abejas enfermas eran unas cuatro veces menos propensas a acarrear polen; de hecho, cuando lo hacían, llevaban menos cantidad.

 

Además, empezaban el trabajo más tarde, lo interrumpían antes y su esperanza de vida era menor. “Las abejas enfermas y las sanas resultan indistinguibles en apariencia”, señala Lach. “Es crucial saber cómo los parásitos afectan a su comportamiento, pues la supervivencia de estos insectos es fundamental para nuestra propia especie. Una cuarta parte de la producción global de alimentos depende de su capacidad para polinizar los campos”, recalca.

 

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