Desde la Antártida: Experimentos antárticos

antartida-muestrasDe nuestros experimentos con las muestras de agua durante estas últimas dos semanas sacamos en claro lo siguiente: los microorganismos que viven en estas aguas son bastante sensibles. Cambios sutles en la temperatura y la cantidad de luz que reciben los pueden matar fácilmente. De hecho, sin querer, terminamos exterminando al fitoplancton (algas fotosintéticas o plancton vegetal) que intentamos hacer crecer en los primeros botellones de agua que recogimos.

Ocurrió lo siguiente. Los botellones son plásticos y los dejamos afuera para que estuvieran fríos. Pero no tuvimos en cuenta la luz: aunque no fueron días radiantes, los delicados seres recibieron más luz de la normal (¿y quizás radiación ultravioleta?) Cuando comenzamos a medir la cantidad de clorofila y nitrógeno en las muestras de agua, quedamos asombrados de ver que, al contrario de lo que esperábamos, los niveles de clorofila bajaron y los de nitrógeno aumentaron. Si el plancton estuviera vivo y creciendo, debería estar produciendo más clorofila y absorbiendo nitrógeno del mar, y ese no fue el caso.

En un tercer experimento sumergimos las botellas en otro tanque de agua y las cubrimos con una malla negra para limitar la cantidad de luz solar que recibían. Este si dio mejores resultados, y efectivamente, notamos un poco de crecimiento. No muy acelerado, posiblemente porque en los mares antárticos el frío hace que los organismos crezcan muy lentamente.

El experimento siguiente consistía en replicar las ideas de algunos expertos, según los cuales nutrir grandes áreas del océano con partículas de hierro produciría una explosión de microorganismos, los cuales a su vez absorberían una prodigiosa cantidad de dióxido de carbono de la atmósfera. La propuesta atrevida de algunos investigadores es cosechar gigantescas áreas de mar para absorber toneladas de CO2, uno de los gases que causan el efecto invernadero, y por ende el calentamiento atmosférico.

La propuesta tiene muchas críticas, y por eso nos pareció divertido replicarla en condiciones de laboratorio. Nunca sabremos si hicimos mal el experimento, si los días de incubación fueron muy cortos; sabemos que pusimos suficiente hierro en nuestra mezcla -quizás demasiado-, pero lo cierto es que no vimos un patrón consistente con la teoría. Tras revisar una y otra vez, pensamos que los erráticos resultados pueden deberse a la inmensa delicadeza del sistema y las mil variables que hay que tener en cuenta. Cualquier cosa lo afectarle.

Aprendí mucho realizando este trabajo de campo. Por ejemplo, a tomar una muestra de agua sin contaminar los recipientes con las aguas anteriores, tomadas de sitios distintos, a filtrarla con una bomba eléctrica y unos filtros que parecen hostias, a preparar esos filtros llenos de microorganismos en acetona y luego en ácidos para disolver las paredes celulares del plancton vegetal, a leer en un fluoroespectrómetro la cantidad de las partículas de clorofila en el agua, y, finalmente, a hacer gráficas para interpretar todos esos números.

Al igual que la lectura del nitrógeno disuelto en el agua, y que el monitoreo del estado de salud de las bacterias y otros seres diminutos, el trabajo requiere precisión, manos suaves, buenos ojos y mente clara. Y tiempo. Mucho tiempo. Décadas. Ese es el gran beneficio del Proyecto de Investigaciones Ecológicas a Largo Plazo (LTER) que maneja el Marine Biological Laboratoty en la Estación Palmer y en Toolik Lake, Alaska.

Qué significa todo esto a la luz inmediata de la conferencia sobre cambio climático en Copenhague, no lo sé. Pero lo cierto es que, en este rincón del mundo que nos sirvió de hogar durante un mes, los pingüinos adelia están menguando drásticamente, los pingüinos gentoo están ocupando su lugar, los glaciares retroceden y el agua del mar está expuesta a más luz por más largo tiempo que antes porque ya no tiene la misma capa de hielo que la cubra durante el invierno. Cambios sutiles, cambios no tan sutiles y cambios que podrían inclinar la balanza hacia un punto donde ya no esté equilibrada.

Ángela Posada-Swafford

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