Escrito en el cielo

pseudocienciasDurante siglos, los fenómenos astronómicos han sido tomados como señales iniciáticas para adivinar el futuro o explicar los males del presente. Miguel Ángel Sabadell reseña el papel que la superstición y la astrología han jugado en la historia de la humanidad.

Para el ilustrado Montesquieu, la astrología era una orgullosa extravagancia: "Creemos que nuestros actos son lo bastante importantes como para merecer estar escritos en el gran libro del cielo". Sin embargo, esta creencia ha convertido fenómenos celestes como eclipses, cometas o conjunciones planetarias en desencadenadores de importantes hechos históricos. Por ejemplo, según una leyenda muy extendida, durante la II Guerra Mundial los líderes nazis tomaban sus decisiones en función de las predicciones astrológicas. Sin embargo, los rigurosos trabajos del historiador británico Ellic Howe demostraron que, en realidad, no tenían en cuenta las posiciones relativas de los planetas. Eso sí, existió una excepción: Rudolf Hess, número tres del Partido tras Hitler y Göring.

La invasión rusa de Hitler

Todo comenzó en plena confrontación con Inglaterra, cuando el Führer empezó a planear la invasión de Rusia. Hess pensaba que el Reino Unido firmaría un acuerdo secreto de paz con Alemania, así que decidió volar allí. A principios de 1941, Ernst Schulte-Strathaus, un astrólogo amateur que formaba parte del personal del líder nazi, le dijo que el 10 de mayo habría una conjunción planetaria: el Sol, Mercurio, Venus, Júpiter, Saturno y Urano ocuparían un arco de sólo 8º en Tauro. Por otro lado, la astróloga muniquesa Maria Nagengast le informó de que ese precisamente sería un día propicio para viajar al extranjero.

El resto es historia: las condiciones de paz de Hess le parecieron un chiste a Churchill, que lo detuvo. Para Hitler, Hess se había vuelto loco por culpa de la astrología. El 9 de junio, la Gestapo puso en marcha la operación Aktion Hess, que acabó con la detención de cientos de ocultistas y astrólogos. La mayoría acabó en los infames campos de la muerte. Las conjunciones planetarias también afectaron al mayor conquistador y genocida de todos los tiempos, Gengis Kan. Los mongoles miraban con frecuencia al cielo, donde veían presagios y augurios: la campaña contra la provincia china de Hunan se detuvo en mayo de 1221 precisamente a causa de un eclipse de Sol. La obsesión celeste de este pueblo era tal que, años más tarde, Marco Polo contó más de 5.000 astrólogos y adivinos sólo en la capital mongola.

Tras derrotar al Imperio tangut en 1226, el soberano ordenó exterminar a la población. El 12 de diciembre, los cinco planetas visibles a simple vista ?Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno- se concentraron en un arco de 31º en Capricornio. El astrólogo de Gengis Kan lo interpretó como una señal de los cielos en contra de tal barbarie, por lo que el emperador ordenó detener las matanzas. Se cree que los planetas pudieron evitar así 100.000 muertes.

 

Malos presagios


Eso sí, la posición de los astros también se ha tomado como presagio de fenómenos funestos. El 14 de septiembre de 1186 los 5 planetas se encontraron en un espacio de 11 grados, con la Luna y el Sol a menos de 3 grados de distancia. Unas décadas después, el obispo de la Iglesia ortodoxa siria Bar-Hebraeus escribió al respecto: "Todos los astrónomos (sic) predijeron que tendría lugar un diluvio universal y que toda la humanidad perecería". Pero ninguna otra conjunción ha provocado más pánico que la del 19 de febrero de 1524, cuando los 5 planetas y el Sol se concentraron en Piscis. El primero en alertar del inminente desastre fue el astrólogo alemán Johannes Stöffler, en 1499. Sus colegas amplificaron sus palabras, que se convirtieron en un boom editorial: se imprimieron miles de panfletos y más de 160 libros sobre el asunto. Es más, el astrólogo de la corte de Berlín, Johann Carion, fijó el día del juicio: 15 de julio de 1524.

Algo parecido sucedió con el alineamiento de 1982, con los 9 planetas colocados al otro lado del Sol en un ángulo de 90º. Se temía tal catástrofe que incluso dos astrofísicos, John Gribbin y Stephen Plagemann, llegaron a afirmar en El efecto Júpiter (1974) que el efecto gravitatorio provocaría un terremoto que destruiría California. El libro se convirtió en un best seller y los autores obtuvieron pingües beneficios.

La influencia de los astros sobre la historia humana se limita a cuánto queramos creer que nos afectan. Así sucede con los eclipses solares. Durante la guerra entre lidios y medos, en 585 a. C., la oscuridad cayó en medio de la batalla y ambos bandos decidieron buscar la paz. El fundador del islam también tuvo sus dimes y diretes con los eclipses. Aunque la teología musulmana no lo acepta, la tradición popular dice que el nacimiento del Profeta en 570 fue anunciado por uno. Su hijo Ibrahim murió trágicamente el 22 de enero de 632, y curiosamente ese día había un eclipse. Algunos habitantes de La Meca lo vieron como un presagio, pero Mahoma los corrigió diciéndoles: "El Sol y la Luna son señales de Dios y no se eclipsan por la muerte o el nacimiento de ningún hombre".

El Sol, el astro rey

solarSin embargo, el fenómeno que más influencia ha podido tener en nuestra historia es la actividad que despliega periódicamente el Sol. Por ejemplo, es posible que esta explique la colonización de Groenlandia. El primer registro que tenemos sobre este territorio se remonta a 982, cuando fue descubierto por Eric el Rojo. El tiempo inusualmente bueno que hubo entre 1000 y 1300 permitió que las primeras colonias florecieran gracias al comercio de marfil, pieles de foca, madera... Pero el frío empezó a llegar en 1325 y provocó pobres cosechas y hambrunas. En 1350 se abandonaron los asentamientos del norte. Diez años después sólo llegaba un barco cada pocos años, y la última visita a la colonia se produjo en 1406. Este dramático giro en el clima recibe el nombre de Pequeña Edad de Hielo. Por entonces, el Támesis se congelaba todos los años y en el invierno de 1422-1423 se heló el mar Báltico.

Lo llamativo es que los siglos precedentes, marcados por un tiempo cálido, coincidieron con el llamado Máximo Medieval de actividad solar. Por su parte, la época más fría de esa miniedad de hielo lo hizo con dos periodos en los que el Sol no mostró ni una sola mancha: los mínimos de Spörer -de 1400 a 1510- y de Maunder -de 1645 a 1715-. Los registros obtenidos durante 3.000 años revelan que las bajadas globales de temperatura coinciden con mínimos en la actividad solar. El aspecto más visible de estos apagones son las manchas solares, unas zonas oscuras que aparecen en la fotosfera del astro. Aunque los chinos conocían su existencia desde la dinastía Shang, en 1200 a. C., provocaron una agria polémica entre Galileo Galilei y el jesuita Christoph Scheiner, que afirmaban haber sido los primeros en observarlas. Las intrigas de Scheiner desembocaron en una guerra abierta contra el astrónomo de Pisa que se prolongó durante 20 años. De hecho, Galileo siempre sospechó que tras la persecución a la que fue sometido por la Iglesia estaba la animosidad de los jesuitas.

Las manchas solares están relacionadas con la aparición de erupciones en la superficie de nuestra estrella, que lanzan al espacio una lluvia de partículas subatómicas. Estas modifican las propiedades de nuestra ionosfera durante días, lo que puede causar averías a los satélites y afectar de distintos modos a las comunicaciones por radio y los microchips.

Las partículas juguetonas no son lo único que nos llega desde el cielo. Cometas y meteoritos de diferentes tamaños también se suman al bombardeo. Si no hubiera sido por el impacto del asteroide de 10 km de diámetro que, hace 65 millones de años, provocó la desaparición del 85% de las especies animales -entre ellas, los dinosaurios-, los mamíferos quizá no habrían despegado, evolutivamente hablando. Los restos de este choque que se conservan en el Yucatán (México) son el ejemplo más claro de la poderosa influencia de los cielos en el devenir de la vida terrícola. Aún más, posiblemente estos pedruscos también hayan tenido algo que ver con la evolución de nuestra tecnología. En efecto, hacia 1500 a. C., los hititas descubrieron que el hierro podía fundirse para hacer herramientas de mejor calidad que las de bronce. Sin embargo, para conseguirlo se necesita seguir un complejo proceso y alcanzar una temperatura de 1.535 ºC. ¿Qué dio la clave a los pueblos de Oriente Medio para que empezaran a usar ese metal?

 

La importancia del hierro

Una pista la tenemos en que muchos de los artefactos hallados en yacimientos de la Edad del Bronce contienen un 90% de hierro. Entre ellos, contamos con la daga del faraón Tutankamón, que reinó en el siglo XIV a. C. Los análisis químicos han revelado que las impurezas que contiene son de níquel, lo que apunta a que el material usado en su fabricación provino de un meteorito metálico, cuya composición es muy similar. ¿Es posible que el hierro fundido por nuestra atmósfera fuera el primer material que usaran los herreros? Hititas y sumerios reconocieron esta conexión al llamar al hierro fuego del cielo; incluso la palabra egipcia que lo designa significa trueno celeste. Es más, el término asirio es metal del cielo. Otro dato que apoya esta hipótesis: los primeros exploradores occidentales que se internaron en las regiones árticas se sorprendieron de que los inuit del noroeste de Groenlandia usaran cuchillos, puntas de arpones y herramientas para grabar hechas de hierro, ya que carecían de minas. ¿Entonces? Su proveedor era un meteorito que se hallaba a 2.000 km de distancia. En 1894, el estadounidense Robert E. Peary, guiado por un lugareño que lo condujo a cierto lugar de la isla Saviksoah, al norte del cabo de York, encontró la legendaria roca. Esta estaba dividida en tres partes: Ahnighito, de 34 toneladas, la Mujer, de 3, y el Perro, de 0,5. Al final, la mina de hierro de los inuit se vendidó por 40.000 $ al Museo Americano de Historia Natural. Hoy se exhibe en la Sala de Meteoritos Arthur Ross.

Irónicamente, también nuestra civilización hace uso de metales alienígenas. El 27% del níquel mundial proviene del astroblema de Sudbury, en Ontario (Canadá), el segundo cráter más grande del planeta. El boquete se formó, hace aproximadamente 1.850 millones de años, por el impacto de un gran meteorito compuesto principalmente por hierro y níquel.

Pero los meteoritos no sólo han servido de lubricante para el avance tecnológico. A menudo también se les ha otorgado un carácter divino. Eso pasó en 205 a. C., cuando Aníbal amenazaba la estabilidad de la República romana. La sibila profetizó que el caudillo cartaginés sería derrotado si la Madre de los Dioses, Cibeles Kaitabata, era traída desde su templo de Pessinus, en Frigia -hoy Turquía central-. A tal efecto se construyó un buque, que partió en tan sagrada misión con cinco senadores comandados por el cónsul Marco Valerio Levino. Todo ese despliegue se hizo por lo que se cree que era un trozo de meteorito de forma cónica -la diosa Kaitabata, que significa caída del cielo-. Tras vencer a Aníbal y conquistar Cartago, los romanos construyeron un templo dedicado a esta deidad en la colina Palatina, donde el meteorito fue adorado durante 500 años, hasta caer en el olvido. La roca salió a la luz en las excavaciones que se realizaron en la zona en 1730, pero nadie la reconoció y se perdió para siempre. El emperador romano Marco Aurelio Antonino (hacia 203-222) también tuvo su relación con los meteoritos. Había sido sumo sacerdote en el templo de Emesa -hoy la ciudad siria de Homs-, donde se adoraba al dios solar Elagabalus. De ahí el nombre por el que también se conoce al soberano, Heliogábalo. Su culto estaba centrado en un gran meteorito oscuro con unas marcas que sugerían la imagen del Sol.

Es posible que este también sea el origen de la Piedra Negra de la Kaaba, en La Meca, un lugar de culto preislámico que contenía 360 ídolos hasta que en 630 Mahoma lo limpió de todos ellos. La tradición islámica afirma que la roca vino del cielo y era del color del jacinto, pero mudó al negro por culpa de los pecados de la humanidad. Según los testimonios de quienes la han visto, es de color negro rojizo y en su superficie se distingue una franja e inclusiones cristalinas. En 1980, Elsebeth Thomsen, del Instituto de Paleontología y Geología Histórica de la Universidad de Copenhague, indicó que podría tratarse de una impactita -roca formada por arena fundida con material meteorítico- obtenida de los cráteres Wabar, en el desierto saudí de Rub al-Jali.

Las impactitas de Wabar tienen el aspecto de un vidrio duro de estructura porosa -puede flotar, al igual que la Piedra Negra, según la tradición- y poseen inclusiones de cristal blanco y arenisca que podrían corresponderse con la peculiar franja de la roca sagrada. Y los ejemplos siguen. El 2 de diciembre de 1880, un meteorito cayó a los pies de dos brahmanes cerca de Andhra, en la India. Inmediatamente se autoproclamaron ministros del Dios Milagroso y consiguieron atraer a 10.000 peregrinos en un día. Aún más cerca de nuestros días, el 14 de agosto de 1992, docenas de rocas se precipitaron sobre Mbale, en Uganda. Los lugareños decidieron que, convenientemente pulverizadas, las tomarían como medicina, ya que los dioses se las habían mandado para curar el sida.

 

 

Los cometas y el futuro



El poder de anticipar el futuro le corresponde, por su parte, a otros cuerpos errantes: los cometas. El más famoso es el Halley, cuya primera aparición registrada en Occidente data de 1066. Su paso fue para los cronistas de la época el augurio de la derrota del último rey sajón, Harold II de Inglaterra, lo que ocurrió unos meses después en la batalla de Hastings.

Un cometa también fue el responsable de la deificación de Julio César -la primera de un líder romano-, asesinado en los idus de marzo de 44 a. C. Tras una serie de escaramuzas políticas, su sobrinonieto Octavio decidió organizar en julio de ese año los juegos que César prometió a raíz de sus últimas vic torias. El primer día se vio un cometa hacia el norte, y Octavio aseguró que se trataba del alma del conquistador de las Galias llevada a los cielos, lo que desató una intensa campaña que culminó año y medio después, cuando el Senado declaró dios a Julio César.

Para los romanos, los cometas se convirtieron en símbolos de la caída de los emperadores. El del año 54 se asoció a la muerte de Claudio, que en realidad fue envenenado. Cuando en agosto de 60 otro apareció en el cielo de Roma, el historiador Tácito escribió: "El pensamiento general es que significa un cambio de emperador. La gente especula ya sobre el siguiente, pues está segura de que Nerón -que había sucedido a Claudio- está efectivamente destronado". El monarca lo tenía fácil: a su posible sucesor lo envió al exilio y allí lo mandó asesinar. Séneca escribió un tratado sobre los cometas, destinado a aplacar su ira, en el que se centraba en hipótesis físicas sin ninguna alusión a sus implicaciones divinas. Incluso argumentó que su cometa viajaba por el cielo en sentido contrario al de Julio César, por lo que no tenía nada que temer. A finales de 64 apareció otro. Según el biógrafo Suetonio (hacia 70-hacia 140), el astrólogo Balbillus comentó al emperador que los soberanos solían evitar las desgracias que portaban estos astros ejecutando a figuras prominentes de la sociedad. Ni corto ni perezoso, Nerón mandó asesinar a parte de la alta nobleza y obligó a Séneca a suicidarse. Al otro lado del Atlántico las cosas no han sido muy diferentes. A mediados del siglo XV, el Imperio azteca, que dominaba gran parte de Centroamérica, vivía en un estado continuo de guerra con sus vecinos. Esto servía a sus dirigentes para obtener recursos y esclavos, que luego sacrificaban en cruentas ceremonias. Se estima que cada año asesinaban de esta forma a unas 20.000 personas. Las crónicas de 1517, 15 años después de que ascendiera al trono Moctezuma II, describen la aparición a medianoche de una "mazorca flamígera" que se mantuvo visible hasta la salida del sol.

La visión del emperador


El emperador vio el cometa antes que sus adivinos, así que los mandó torturar hasta la muerte por su penosa falta de atención. De paso, rapiñó sus casas y esclavizó a sus familias. Eso no evitó que le invadiera el temor, ya que sospechaba que la señal que había visto en el cielo auguraba la caída del imperio. Así, aumentó el número de sacrificios e hizo construir altares para aplacar a los dioses. Y por esas casualidades de la vida, en 1519 -el año en el que la tradición azteca anunciaba que regresaría su dios Quetzalcoatl a reclamar su tierra-, apareció Hernán Cortés con 508 soldados. El emperador, agobiado por las profecías, creyó que se trataba de la deidad. El oro y los ricos presentes que envió a Cortés enfebrecieron a los conquistadores, que a la postre acabaron destruyendo su imperio.

Las ominosas profecías que históricamente se han relacionado con los cometas han llegado a generar auténticos estallidos de pánico. Seguramente, el caso más famoso tuvo lugar en 1910, con el regreso del siempre aciago Halley. Para echar más leña al fuego, los astrónomos declararon que la cola del cometa iba a cubrir nuestro planeta y que en ella se había encontrado un terrible gas venenoso, el cianógeno. En todo el mundo, desde Francia hasta Haití, desde EE UU hasta Sudáfrica, se construyeron habitaciones a prueba de gases, y no eran extraños titulares de periódico del estilo Las mujeres cierran puertas y ventanas para resguardarse del cianógeno. Suicidios e intentos de suicidio, ataques de locura y de pánico, asesinatos, hasta la falsa historia del sacrificio de una virgen por una secta en Oklahoma... todo se atribuyó al cometa.

El astrofísico Bradley E. Schaefer, hoy en la Universidad Estatal de Louisiana, ha realizado un catálogo con 35 de estos cuerpos celestes vistos como augurios por los antiguos romanos: de ellos, sólo 2 se identificaron como presagios de algo bueno. Los estudios etnográficos confirman que estos objetos suelen ser vistos como portadores de malas nuevas en todo el mundo. La estupidez humana nos ha dejado incluso suicidios colectivos, como el que en 1997 llevaron a cabo 39 miembros de la secta californiana Heaven?s Gate. Creían que así podrían subir a la nave espacial que iba, cómo no, en la cola de un cometa.

 

Miguel Ángel Sabadell


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