El telescopio "cuatroojos" más grande del mundo

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Cerro Paranal. Al norte de Chile, sobre una meseta de piedras, los cuatro cilindros metálicos que forman el Very Large Telescope (VLT) -el observatorio óptico más avanzado del mundo-, montan guardia a 2.635 metros sobre el océano Pacífico. Es difícil concebir un paisaje más libre de humedad. Protegidos dentro de estructuras de ocho pisos, los telescopios imponen respeto.

Cada uno tiene un espejo principal de una pieza de 8,2 metros de diámetro que recoge la débil luz proveniente de los objetos más distantes. Los espejos, de 18 centímetros de espesor, son muy flexibles y se sirven de una tecnología llamada óptica activa para adaptar su curvatura para compensar el efecto de la gravedad. Además, su óptica adaptativa corrige las turbulencias atmosféricas y los cambios de temperatura. Cada espejo está montado sobre una estructura de acero de 430 toneladas que se puede mover con un dedo. Su sensibilidad es tan exquisita que la luz de un cigarro afecta sus mediciones y el foco de un coche daña su delicada pupila.

Tres de los cuatro telescopios -Antu, Kueyen y Melipal, que significan el Sol, la Luna y la Cruz del Sur en lengua mapuche- han pasado por el mismo proceso: instalación de la estructura, colocación de los espejos primario y secundario, calibración de instrumentos y, finalmente, el intenso momento de la primera luz. Durante la noche de mi visita, en marzo de 2000, fue el turno de Yepún (Venus).

Recuerdo que en la sala de control la tensión iba en aumento. Los murmullos se mezclaban con el teclear de los ordenadores. Las pantallas revelaban gráficas de colores y listas de coordenadas que dieron inicio al ballet del gigante mecánico. Arriba, el edificio que aloja a Yepún giró sobre su base y se orientó hacia el Pacífico con un chirrido metálico. Segundos después, la montura del telescopio se inclinó. Cuando el espejo principal estuvo perpendicular al suelo, el techo se abrió y dejó entrar una brisa acompañada por la luz roja de poniente. En la sala, un dedo oprimió una tecla que abrió las ventanas superiores y la estructura del telescopio osciló para mirar al cielo.

vlt-2La noche cayó sobre Paranal. Aparecieron las primeras estrellas y minutos más tarde, la mancha lechosa de la Vía Láctea. Los especialistas se agolpaban en torno a los ordenadores. El espejo primario se llenó de fotones que producían una luz distorsionada en el monitor y, poco a poco, fueron surgiendo las estrellas como azúcar sobre terciopelo negro. Los instrumentos infrarrojos de Yepún penetraron en una nube cercana de gas estelar y enfocaron una imagen amarilla que llenó la pantalla. Difusa al principio, fue cobrando resolución hasta quedar convertida en un claro foco luminoso. Esa luz había partido de su estrella hacía unos 8.000 años, antes de la formación de la Tierra. Yepún acababa de abrir su ojo al pasado. Un coro de vítores y aplausos estalló en la sala de control: ¡la maravilla tecnológica funcionaba!

El VLT es mucho más que cuatro ojos independientes. Está diseñado para trabajar como un solo telescopio, uniendo la luz recogida por los cuatro individuales con un poder de resolución equivalente al de un espejo de 200 metros. El arma secreta que debe aunar las señales de Antu, Kueyen, Melipal y Yepún se llama interferómetro y se esconde en un laberinto de túneles bajo la explanada de los telescopios. Dentro de esa galería hay rieles sobre los cuales 17 espejos van y vienen en silencio. La complicación reside en que la luz de los objetos celestes llega a cada telescopio con una ligera diferencia de tiempo, pero las señales de los cuatro deben llegar simultáneamente al punto focal; de otra manera, la imagen sale borrosa. Se necesitan varios espejos que reboten la luz de un lado al otro y retarden su llegada hasta que todos los haces estén sincronizados.

Además, los túneles deben ser perfectamente planos. El nivel del agua que corre por unos canales cercanos es una referencia para trazar las líneas de los rieles y corregir la pequeñísima desviación causada por la curvatura de la Tierra. Incluso una sutil turbulencia de aire dentro de los túneles es capaz de afectar las lecturas. Hasta el momento, el interferómetro es capaz de combinar la luz de tres de sus cuatro telescopios.

Los tres ojos unidos de Paranal han contribuido al descubrimiento de nuevos sistemas planetarios muy diferentes del sistema solar, con planetas gigantes girando en órbitas muy próximas entre sí. Otros estudios muestran cómo los discos que forman los planetas alrededor de estrellas jóvenes interactúan con el viento de partículas. El detalle de las imágenes es extraordinario. Entre otros objetos, los telescopios individuales han captado el agujero negro que se esconde en el centro de la Vía Láctea y la enana marrón más joven dentro de un sistema estelar. Esa imagen tenía una resolución de 0,18 arcosegundos. Un arcosegundo equivale al diámetro de una moneda visto desde una distancia de dos kilómetros.

El VLT es una verdadera máquina del tiempo que busca la luz primordial de los primeros instantes del universo. Un soldado más de ese ejército de megatelescopios, cuya ambición crece con la sed de conocimientos de sus astrónomos, eternamente hambrientos de luz.

Ángela Posada-Swafford

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