Desde la Antártida: Noche de concierto

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De izquierda a derecha, Jon Brack, Brian Nelson, John Fonseca, Bob DeValentino y Dan Whitley en el teclado. En la batería, detrás, Jo Feldman, la doctora de la estación.

7 de diciembre. Anoche fue la "noche del micrófono abierto" aquí en Palmer. Hubo que cubrir las ventanas con bolsas negras para la basura porque el espléndido atardecer antártico insistía en colarse por todas partes con sus amarillos y rosados agresivos. Entonces la acogedora sala de videos-biblioteca, con sus poltronas de cuero café claro, fue transformada en un teatro con escenario, guitarras eléctricas, batería, teclado saxofones y micrófono. Mientras la cerveza corría a rodos en el bar anexo, que está bien equipado con sala de billar y bola de discoteca, la noche fue un despliegue de talento asombroso. Por lo menos la mitad de las 36 personas en la estación, o bien tocan algún instrumento, o cantan, componen poesías, escriben canciones tan inteligentes como divertidas, o tienen otros talentos que van más allá de su razón profesional para estar aquí. La verdad es que me hizo sentir algo descolorida.

Por ejemplo, está el asistente de investigaciones en biología, un chico de barbas rojas llamado Dan Whiteley. Hace dos días Dan se resbaló y su mano se hirió ligeramente contra un tornillo metálico en uno de los zodiacs. En menos de una tarde, el chico compuso una simpática canción rap acerca de cómo "el zodiac me atacó", seguida de otra acerca de la conversación que sostuvo con su walkie-talkie ("sé que llevas en el bolsillo trasero, pero ¿por qué siempre andas sentándote en mi cara?"). Una banda de ingenieros de mantenimiento interpretó impecablemente el Billie Jean de Michael Jackson más rápido que sea humanamente posible tocar. Y el encargado de los zodiac, John Fonseca, que tiene un aspecto de lobo marino digno de ser llevada a la pantalla, interpretó su propia versión bohemia de las cancines de la vieja Nueva Orleans.

Francamente, la gente en Palmer se divierte demasiado. Cuando no son las artes escénicas, son las artes plásticas. El pasado domingo en la mañana el viento impidió sacar los botes al agua; entonces me senté a aprender el arte de colorear con óleos una fotografía en blanco y negro. Mi paisaje impresionista de los islotes cubiertos de hielo será ahora parte de mis mejores recuerdos.

Y, naturalmente, está el "jacuzzi": un tubo metálico de tres metros de diámetro emplazado frente al glaciar Marr, de tal manera que los bañistas, con coctel en la mano, puedan ver sin obstrucciones los témpanos, las ballenas, focas y pingüinos que atraviesan el Puerto de Arthur, a sus pies. El jacuzzi antártico, es un privilegio que, entre las bases estadounidenses, sólo tiene Palmer. Ni el más sofisticado de los spas del mundo le gana a este simple tubo de metal con agua caliente que tenemos aquí abajo.

El entretenimiento de quienes trabajan en las regiones remotas y hostiles del mundo (y fuera de éste, pues sucede lo mismo en el espacio) es parte esencial de la rutina de vida, y un aspecto que es observado muy de cerca por Ratheon y la NSF. Me cuentan los encargados del funcionamiento diario de Palmer que aunque ellos quieran trabajar los fines de semana, es obligatorio tomarse al menos un día para relajarse y poner la mente en otra cosa.

¿Mi entretenimiento favorito? El jacuzzi antártico...de cual no he podido tomar una foto aún, pero prometo hacerlo antes de finalizar el viaje.


Ángela Posada-Swafford



Para más información Sigue el periplo de Ángela en "Desde la Antártida"

Etiquetas: música

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