Desde la Antártida: Llegada a la Estación Palmer

ciencia-estacionpalmer27 de noviembre de 2009. Esta mañana salí de mi cabina a las 5 de la mañana y me quedé sin aire. Los dos soberbios picos que marcan la entrada al Canal de Neumayer se alzaban sobre mí casi amenazadores, en un paisaje ominoso de grises y blancos y negros y cafés y violetas, como sólo se pueden dar en la Antártida. Para cuando saqué las cámaras ya estábamos dentro de este paso en forma de "S" invertida que separa las islas Anvers (donde está Palmer Station) y Wiencke y Dumer, en el archipiélago Palmer, al oeste de la Península Palmer.

El plan de ir a la Isla Seymour a buscar huesos de dinosaurio quedó arruinado hace tres días por el hielo que cubre el mar en el punto de interés para los paleontólogos, haciendo imposible el desembarco. Pero Ross MacPhee, del Museo de Historia Natural de Nueva York, y Matt Lamanna, del Museo Carnegie, en Pittsburgh, así como otros dos grupos de geocientíficos, han decidido que es aún mejor ir a las islas de Vega y Ross, justo al norte de Seymour, pues han sido menos exploradas desde el punto de vista de paleontología y geología evolutiva.

El nuevo plan implicó llegar a Palmer primero, donde desembarcó nuestro pequeño grupo de biólogos del LTER. Y significa que no podremos acompañar a los paleontólogos y geólogos en sus trabajos de campo. Los despedimos con grandes abrazos y los mejores deseos de que puedan establecer sus campamentos y dedicarse estas dos semanas a la tarea de buscar dientes de mamíferos y huesos de aves prehistóricas. La gran esperanza es hallar pruebas a la hipótesis de Lamanna de que la Antártida fue el lugar que dio origen nada menos que a las aves.

Habiendo estado en las tres, puedo decir que la Estación Palmer es, sin duda alguna, la mejor de las estaciones antárticas estadounidenses. No solo es geográficamente hermosa, sino que tiene su propia isla llena de pingüinos, su propio glaciar,40 personas que forman una familia armoniosa y, lo mejor de todo, un jacuzzi de agua hirviendo al aire libre, que mira al glaciar azul y blanco y a la bahía, donde a veces retozan ballenas minke y jorobadas. Además de un bar con terraza y, por si fuera poco, sala de billar y bola de discoteca iluminada. ¿Quién dijo que en la Antártida no se forman grandes fiestas?

La vida en una estación de investigaciones polares transcurre entre momentos de arduo trabajo, que se intensifican porque durante el verano antártico (noviembre, diciembre, enero) el día tiene prácticamente 24 horas de luz (ya que el sol apenas trata de esconderse tras el horizonte sin lograrlo nunca) y entonces uno tiende a seguir trabajando hasta que mira el reloj y se da cuenta de que ya es la medianoche. Esto es peligroso, pues al principio la gente se extralimita, duerme poco y come a deshoras.

Es lo que nos ha estado sucediendo a los recién llegados a Palmer. Después de ver al Laurence M. Gould desaparecer en el horizonte, nos sentimos como unos Robinson Crusoes polares. Pero nuestra nueva familia rápidamente se encargó de hacernos sentir en casa. Nos emocionó ver nuestros 4 nombres en el tablero de bienvenida, como niños en el primer día del colegio. Mañana recibiremos nuestra primera clase de navegación en un bote de caucho Zodiac. Cuando nos "graduemos", podremos sacar los botes a las islas de enfrente.

Ángela Posada-Swafford



Para más información Sigue el periplo de Ángela en "Desde la Antártida"

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar