David Grimaldi: "No hay certeza de que exista ADN en los insectos conservados en ámbar"

Hasta hace 15 años el trabajo de Grimaldi se centraba en la investigación de insectos actuales. Pero su encuentro con el ámbar de la República Dominicana dio un giro a sus investigaciones. Ha trabajado en el yacimiento situado en el Líbano, perteneciente al cretácico hauteriviense -entre 116 y 120 millones de años atrás- y ahora centra su atención en el de Nueva Jersey, del cretácico superior turoniense, hace de 80 a 90 millones de años- del que se están obteniendo aportaciones de interés científico. El descubrimiento en Álava de un yacimiento del cretácico inferior, concretamente del aptiense superior y albiense medio -de 114 a 112 millones de años atrás-, ha captado su atención. Encontramos a Grimaldi en Vitoria-Gastéiz, en el Congreso Mundial sobre Inclusiones en Ámbar ahí celebrado. Aquejado de una fuerte afonía, Grimaldi mantuvo durante la entrevista un inusitado juego con un anillo que, en su dedo meñique de la mano derecha, lleva engarzada una gran pieza de ámbar. Dentro detuvo su vuelo una mosca muy particular por él investigada, Valeseguya disjuncta, una especie en la que se intentó encontrar infructuosamente rastros de ADN.


-¿Le despierta alguna emoción la posibilidad de adentrarse en un mundo que existió hace millones de años?
-Resulta verdaderamente impresionante. El estado de conservación de los especímenes hace parecer que están vivos. Es como si estuvieran haciendo algo.

-Parece que las piezas con inclusiones orgánicas son las que más interesan a los científicos...
-Ni mucho menos. Hay muchas más cosas dentro del ámbar que tienen interés. Por ejemplo, las inclusiones con gases o líquidos, que pueden aportar información sobre las condiciones en que se formó ese ámbar en el pasado.

-¿Podría llegar a conocerse incluso qué tipo de atmósfera respiraban los dinosaurios?
-Sinceramente, no lo sé. Éste es un asunto sobre el que existe una gran polémica. La única manera de llegar a una conclusión es estudiar las burbujas de aire o de agua contenidas en ámbares de todo el mundo. Hasta ahora estas inclusiones se han investigado muy poco. Todavía no se puede asegurar que en esas burbujas haya paleoatmósfera. Quizás en un futuro podamos contar con datos fiables que no tienen por qué ser ni espectaculares ni positivos. Quizás lleguemos a descubrir que no hay ningún interés en esos rastros de aire o de agua. Hay investigadores que consideran que la permeabilidad del ámbar puede haber permitido el intercambio de gases con el exterior; opinan que no hay burbujas originales, no porque no contengan atmósfera, sino porque no se ha demostrado que ésta sea pura. Existen muchas burbujas con un alto contenido en CO2 y ni los más arriesgados se atreverían a asegurar que así era la atmósfera primitiva. La composición puede deberse a reacciones químicas con el ámbar que ha producido desprendimiento de gases. El ámbar es una sustancia orgánica y por tanto tiene carbono, por lo que parece lógico que, debido a reacciones químicas, se produzca dióxido de carbono.

-Con lo que sí se despejan incógnitas es con el estudio de inclusiones de insectos, crustáceos, plantas o plumas. ¿Son los mejores testimonios de lo que fue la fauna del planeta?
-Por sus características, el ámbar proporciona un sesgo al estudio de la fauna que recoge. Los animales que han fosilizado en sedimentos de roca, por ejemplo lacustres, son muy diferentes de los que han fosilizado en resina. Mientras los primeros suelen ser animales grandes, los segundos son de tamaño pequeño; pero para conocer la fauna prehistórica es necesario tener una visión global de todos los medios de sedimentación y de fosilización. El británico Robert May realizó un trabajo en los años 80 que pone en evidencia que el 90 por 100 de los organismos que se conocen en la actualidad tienen un tamaño menor de un centímetro, por lo que el ámbar debió ser el mejor sistema para atrapar a la inmensa mayoría de la fauna del pasado. Los animales grandes encontrados son más espectaculares, pero mucho menos numerosos.

-¿Qué puede aportar el descubrimiento de un nuevo yacimiento a estas alturas? ¿No se han obtenido suficientes respuestas con el material ya estudiado?
-Hay dos cuestiones: primero está el hecho de que cuando los animales están bien preservados en el ámbar se pueden estudiar detalles muy delicados, como alas, pelos u ojos, que permiten un alto grado de comparación con los ejemplares actuales. En segundo lugar, una cosa es que haya mucho ámbar y otra que la inmensa mayoría del que puede aportar algo al conocimiento de la biología prehistórica proceda de menos de una docena de lugares en el mundo. Casi todo el ámbar relativamente moderno procede del Báltico y de la República Dominicana. Pero los ámbares antiguos, los que datan del cretácico, con un número importante de inclusiones biológicas, sólo se encuentran en Líbano, Nueva Jersey (Estados Unidos), Canadá, Siberia (Rusia) y ahora Álava (España). El resto de yacimientos de ámbar antiguo no tienen inclusiones o son escasas.


-¿Se espera por tanto que el yacimiento de Peñacerrada contribuya a despejar incógnitas sobre la fauna del pasado?
-El dato más significativo de este yacimiento es su época, el cretácico inferior -entre 107 y 116 millones de años antes-, ya que la mayoría de los ámbares cretácicos conocidos pertenecen al periodo superior, hace entre 65 y 95 millones de años. Precisamente por su antigüedad puede aportar mucha información acerca de la transición de la fauna desde el jurásico -entre 135 y 205 millones de años atrás- hasta otros periodos de la vida en el planeta.


-Se ha descubierto que algunos insectos modernos poseen compuestos, como elastina, artropodina y resilina, cuyas propiedades podrían tener aplicación en alta tecnología. ¿Sería posible encontrar biomoléculas en los insectos primitivos e imitarlas?
-Podemos decir metafóricamente que el jurado está reunido, pero aún no ha dado su veredicto. Es decir, no existe unanimidad y certeza de que exista ADN en los insectos preservados en ámbar, sólo pruebas indirectas. He de decir que no creo en los informes de las bacterias del ámbar porque se ha constatado que su ADN está muy fragmentado. Se han hecho diversos experimentos al respecto. Se obtuvo ADN de una abeja del ámbar dominicano del género Proplebella y los datos confirmaban que se trataba de material genético pero no de este himenóptero, con lo que las posibilidades de que hubiera contaminación, posiblemente humana, eran muy altas. Otros laboratorios han intentado repetir estos experimentos en condiciones de asepsia más estricta y los resultados han sido negativos. Mi equipo estudió en 1992 unas termitas del género Mastotermes, del ámbar dominicano, y también encontramos ADN que parecía encajar con lo que cabía esperar de estos individuos; las Mastotermes existen en la actualidad. Pero el problema es que esos experimentos también fueron imposibles de repetir. Por tanto, es difícil decidir si los resultados son buenos o malos; son más bien ambiguos. Lo que sí está claro es que la conservación de tejidos internos en el ámbar es excepcional y que es muy difícil explicar esa preservación con un simple reemplazamiento mineral del tejido por cualquier tipo de sustancia inorgánica. Es evidente que algo orgánico debe haber en el interior de los insectos, ya que los aminoácidos sí están conservados, lo que indirectamente lleva a la conclusión de que quizás los nucleóticos que forman el ADN también puedan estar conservados.

-Usted ha anunciado recientemente nuevos hallazgos en el yacimiento estadounidense de Nueva Jersey. ¿Cuáles son?
-Aunque ya se conocía este yacimiento desde antiguo, ahora hay sorpresas. Hemos encontrado la presencia de Mántidos (mantis) y de unos mosquitos del grupo de los Culicoides, que son los que tienen una trompa muy larga, que no era previsible que aparecieran allí. Estos especímenes son, además, eslabones perdidos de los grupos actuales. Sin ir más lejos, se sospecha la relación entre las mantis y las cucarachas, pero hay que alejarse mucho en el tiempo para encontrar individuos intermedios como éstos que ahora hemos hallado. Son mantis que no tienen las patas delanteras raptoras como las actuales, sino que presentan similitudes con las cucarachas. Cuanto más nos remontemos en el tiempo a través del estudio de yacimientos como el de Nueva Jersey -de 80 a 90 millones de años de antigüedad-, más podremos retrasar la edad de ciertos grupos, como por ejemplo las hormigas Estecomirman, que son las medio hormigas más antíguas en el registro fósil. Por otra parte, las investigaciones nos han descubierto que, en el pasado, hubo animales que tuvieron distribuciones geográficas diferentes de las que tienen en la actualidad. Hemos encontrado mantis en el cretácico de Nueva Jersey, emparentadas con mantis que hoy viven en África.

-Pero estos insectos de Nueva Jersey no han sido los únicos descubrimientos sorprendentes que usted ha realizado...
-Hace 2 años hallamos un curioso ejemplar en el ámbar dominicano y, aunque existen algunos especímenes en el ámbar del Báltico, yo me siento muy orgulloso del primero. Se trata de un pequeño mamífero insectívoro del que se conserva parte del esqueleto y que vivió hace de 18 a 29 millones de años. La mayor trascendencia científica del descubrimiento es su significado biogeográfico respecto a lo que conocemos ahora.

-¿Nos aguardan más sorpresas sobre el cretácico?
-Sí. Pueden aparecer descubrimientos muy sorprendentes todavía. Por ejemplo, flores. En el ámbar de Nueva Jersey han aparecido, y de momento, son los descubrimientos más antiguos que hay en el mundo.

-¿Cómo se pudieron crear acumulaciones de trozos de ámbar del tamaño de un puño, repartidas en extensiones tan inmensas como ocurre en el yacimiento del Báltico o incluso, el de Álava que, aunque no es comparable en tamaño, también resulta sorprendente?
-Hay 2 hipótesis estudiadas. Una, la que explica la masiva producción de resina por parte de los árboles, sobre todo coníferas, para protegerse de enfermedades o del ataque de escarabajos, hongos, etc. Otra, más catastrofista, baraja la posibilidad de que los destrozos causados en los árboles por fenómenos naturales como tormentas o huracanes, les hicieran fabricar grandes cantidades de resina con la que curar sus heridas.

Coral Larrosa

 

Esta entrevista fue publicada en diciembre de 1998, en el número 211 de MUY Interesante.

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