Alexander Shulgin: "La legalización de ciertas drogas debería ir acompañada de educación"

Alexander Shulgin tiene aspecto de sabio venerable: saltones ojos azules, alborotados cabellos blanco-plateados, estatura de jugador de baloncesto, cálido trato con los demás. Durante su reciente estancia en Barcelona, donde participó en las III Jornadas sobre Enteógenos organizadas por el Institut de Prospectiva Antropològica, fue la estrella y el conferenciante más solicitado entre los variopintos participantes. Las jornadas abordaron las aplicaciones terapéuticas de los enteógenos (sustancias psicoactivas) y lo hicieron en un momento en que se ha reabierto con fuerza el debate sobre la legalización de las drogas. A principios de junio, más de 630 filósofos, escritores y políticos de 36 países, entre los que se cuentan ocho premios Nobel, enviaron una carta al secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, solicitando la despenalización de estos productos. Los firmantes dicen en el documento: "Creemos que la guerra contra las drogas que se libra actualmente en el mundo puede estar causando más daño que su mismo abuso".
Los planteamientos de Shulgin van más allá ya que, además de proponer la legalización de las drogas, considera que las sustancias psicodélicas tienen valores terapéuticos y son una potente fuente de autoconocimiento para los seres humanos. Casi 50 años de investigaciones avalan sus polémicos argumentos, que detalló ampliamente a MUY.
-¿Cómo y cuándo comenzó su interés por las sustancias psicodélicas?
-Poco después de la Segunda Guerra Mundial. Serví en la Marina y finalicé mi doctorado en bioquímica en la Universidad de Berkeley. Entonces entré en contacto con los psicodélicos por puro interés científico, no por espíritu de rebelión. Durante los años 60 realicé estudios postdoctorales sobre psiquiatría y farmacología en la Universidad de San Francisco y me contrató la empresa Dow Chemical, donde desarrollé un rentable insecticida. En 1965 dejé la multinacional, impulsé mi propio laboratorio y me convertí en consultor científico independiente. Combiné la investigación sobre nuevas drogas con clases de salud pública en Berkeley y en el Hospital General de San Francisco. ¡Ya han pasado más de 30 años!

-En los 80 se hizo famoso por reinventar la sustancia MDMA, conocida popularmente como "éxtasis" y que ya había sido sintetizada en 1910 por un laboratorio, que descartó cualquier aplicación terapéutica...
-Rescaté esta sustancia por sugerencia de un amigo. La probé y escribí mucho sobre ella en las revistas médicas. Descubrí que tenía notables beneficios terapéuticos. En su momento representó la aparición de una nueva familia de agentes que permiten al individuo expresar y experimentar contenidos afectivos reprimidos por las barreras culturales. El MDMA alcanzó gran popularidad entre la cultura underground californiana y entre la clientela de los clubs nocturnos. Los vendedores, en una acción de marketing, la rebautizaron con el nombre de éxtasis. En 1985, el Gobierno estadounidense declaró esta sustancia ilegal a pesar de que numerosos científicos argumentamos sobre sus propiedades para hacer aflorar pensamientos y recuerdos reprimidos.

-El éxtasis es una sustancia psicodélica. ¿Eso qué quiere decir?
-Los psicodélicos son compuestos no adictivos que alteran temporalmente el estado de conciencia de una persona. Yo suelo compararlas a la televisión. Ésta puede ser instructiva y, si se seleccionan los canales con inteligencia, puede ofrecernos una información relevante. Es cierto que para mucha gente la televisión es una forma más de entretenerse, no buscan ni encuentran nada profundo en la experiencia de verla. A otro nivel, ocurre algo similar con las drogas psicodélicas: pueden utilizarse para divertirse la noche del sábado o bien para descubrir el potencial que tienen para ayudarnos a investigar nuestro universo interior.

-¿Y los riesgos...?
-Toda droga, incluida la televisión, tiene sus riesgos. No hay excepciones. La cuestión central es que todas las drogas, sean legales o ilegales, proporcionan cierta recompensa. Y ciertamente puede llegar a abusarse de ellas. Cada uno de nosotros debería ser capaz de poner en la balanza la recompensa y el riesgo y tomar una decisión. Los beneficios de un buen uso de las drogas son muchos. Cubren desde la curación de enfermedades, el aligeramiento del dolor físico o emocional o la relajación. En el caso de los psicodélicos, permiten la investigación interior y la expansión de los horizontes mentales y emocionales del ser humano. Los peligros también son variados: dolor físico, alteraciones psicológicas, dependencia, violación de la ley y marginación social. Yo defiendo que cualquier persona adulta tenga la posibilidad de experimentar con una droga determinada, sea legal o prohibida por la ley, una vez haya valorado los beneficios y riesgos de su decisión personal.

-Pero estamos lejos del nivel de madurez social que usted plantea.
-Por supuesto, es indispensable que cada individuo esté muy bien informado. Mi filosofía se resume en tres palabras: infórmate, después decide.

-¿La legalización de ciertas drogas aumentaría la información en la sociedad?
-Con toda seguridad, pero la legalización debe ir acompañada de la educación. Las drogas no son buenas ni malas por definición. En el universo de las drogas, como en la vida real, las cosas no son blancas o negras, la verdad siempre adquiere tonos grises. En este sentido, fomentar la transparencia de la información y educar a la población en un buen uso de las drogas ayudaría a la toma de decisiones individual. No obstante, alrededor de las drogas se levantan enormes intereses: de grandes delincuentes, de compañías farmacéuticas, de miles de funcionarios que viven de los presupuestos que los Estados dedican a la lucha antidroga... La pregunta es: ¿a quién beneficia que haya drogas ilegales?

-Hábleme de su relación personal con estas sustancias legales e ilegales: ¿Fuma y bebe?
-Tomo una cantidad moderada de alcohol, generalmente vino, y los chequeos médicos que me realizo periódicamente no indican ningún perjuicio por ello. En cambio, no fumo tabaco. Solía hacerlo pero lo dejé. La decisión no fue tanto por los riesgos sobre mi salud como por el hecho de que había llegado a ser realmente dependiente. Era un precio demasiado alto. Estas decisiones son individuales y se basan sobre todo en aquello que sé sobre la droga y sobre mí mismo.

-¿Qué piensa de la heroína?
-En mi caso, al probarla, sentí una especie de paz somnolienta, lejos de las preocupaciones y el estrés. Pero también experimenté falta total de motivación, de alerta y de cualquier urgencia por hacer las cosas. Estoy en contra de la heroína porque, bajo sus efectos, nada parece ser importante.

-¿Y de la cocaína?
-Es una droga que despierta la agresividad, un estimulante que da una sensación de poder, de que estás en la cima del mundo. Pero es un poder ilusorio que desaparece cuando se desvanecen los efectos de la cocaína, sin que el individuo haya aprendido nada. Provoca un estado muy falso, sin aprendizaje, que lleva al individuo a un escape temporal de sí mismo.

-¿Y qué me puede decir de las llamadas sustancias psicodélicas?
-Los modestos riesgos de las drogas psicodélicas quedan compensados por su potencial de aprendizaje. Por esta razón he dedicado mis investigaciones a este área de la farmacología. Las enseñanzas que aportan los psicodélicos son un potencial, no constituyen una certeza. Puedo aprender pero no estoy forzado a hacerlo; puedo descubrir maneras de mejorar mi calidad de vida, pero sólo el esfuerzo individual comportará realmente los cambios deseados.

-¿Qué tipo de enseñanzas aportan estas drogas?
-Estoy convencido que existe una gran riqueza de información en nuestro interior, montones de conocimientos intuitivos acumulados en el material genético de cada una de las células. Una especie de biblioteca que contiene innumerables libros de referencia pero de la que desconocemos la puerta de entrada. Y sin una clave de acceso no hay manera de escoger la sabiduría que atesora. Las drogas psicodélicas abrirían la puerta de este mundo interior.
Esta búsqueda del conocimiento ha sido parte de la vida humana desde los primeros momentos de la conciencia. El conocimiento de la propia mortalidad, que nos diferencia del resto de los animales, da al ser humano el derecho, la licencia, para explorar la naturaleza de su alma y de su espíritu, para descubrir todo aquello que seamos capaces acerca de nuestra psique. Cada uno de nosotros, en un momento u otro de la vida, nos sentimos extraños en la travesía de la existencia y necesitamos respuestas a las preguntas que surgen del alma. Un buen uso de las sustancias psicodélicas puede ayudar en este viaje.

-¿Mantiene relaciones con el establishment científico, con la clase médica?
-Ante todo soy científico y creo en el método científico. Mantengo la comunicación y un diálogo constante con personas que ven las cosas de otra manera. Pongamos el caso del cerebro, por ejemplo. Los científicos se ven atrapados en el estudio del cerebro y no aceptan la idea de la conciencia. El cerebro es una parte de la historia. No sabemos la amplitud y extensión de la mente. La mayoría de la clase médica tiene una filosofía que no comparto. Tienen el objetivo de recuperar la normalidad si te ocurre algo que se considera anormal. Si uno se rompe una pierna, hay que recomponerla; si tienes una infección, hay que desinfectar. Está bien. ¿Pero qué ocurre cuando una persona está deprimida o piensa en el suicidio? Entonces el objetivo de recuperar la normalidad no vale. Hay que recurrir a la psiquiatría y utilizar técnicas que muchos profesionales de la medicina adjetivan con desdén y escepticismo.

-Finalmente, profesor, ¿qué ha aprendido a través de sus experiencias con la psicodelia?
-Que cuando abres la puerta de ti mismo, cuando viajas hacia tu interior, descubres muchas cosas. Y que puedes modificar tu vida para mejor. También he descubierto que el humor es fundamental para vivir.

Lluís Reales

 

Esta entrevista fue publicada en noviembre de 1998, en el número 210 de MUY Interesante.

Etiquetas: drogasquímica

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